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viernes, 15 de mayo de 2009

Como conseguir una empanada (chiste)

En estos difíciles tiempos de malaria y desocupación, es aún posible aplicar los conocimientos adquiridos para solucionar nuestros urgentes problemas alimentarios. Al respecto, sugerimos los siguientes métodos para robar una empanada:

1) Método guestáltico: a) Concurrir a la rotisería de la esquina munido de una lámina donde se alternan fácilmente la figura y el fondo. Mientras el empleado se halla entretenido percibiendo ora una vasija, ora una mujer, usted se guarda una empanada. Si lo descubren, sugiérale que mire bien la figura mientras usted huye por el fondo. b) Otra técnica consiste en persuadirlo de que el todo es más que la suma de las partes: compre seis empanadas y llévese ocho.

2) Método sistémico de la \"provocación\" (Escuela de Roma): Mientras habla con el rotisero, critique
abiertamente a los saqueadores de supermercados y a los ladrones de empanadas. Podrá así deslizar una empanada en su bolsillo sin que recaigan las sospechas sobre su persona.

3) Método pavloviano: Tómese un perro nuevo y condiciónelo para que, frente al sonido \"¡Fuera de aquí, ladrón!\", tome una empanada, salga huyendo del negocio y lo espere en la esquina.

4) Método fenomenológico-existencial: Timbrear las casas mostrando folletos similares a los de la iglesia evangélica pero con fotos de campos de concentración y el retrato de Víktor Frankl, fundador de la logoterapia, y solicitar empanadas para resolver el vacío gastro-existencial de los prisioneros. Si va acompañado de una señora con rodete, pollera por debajo de las rodillas, ojos de lagarto y sosteniendo \"La Náusea\" de Sartre, aumentará el efecto persuasivo.

5) Método de la desensibilización progresiva. El primer día, dígale a su rotisero que últimamente lo nota muy nervioso. Pídale que se relaje mientras agarra una servilleta de papel para llevársela a su hogar. Al día siguiente haga lo mismo con dos servilletas de papel, y luego con varios escarbadientes. Finalmente, el rotisero no ofrecerá resistencia cuando usted se lleve varias empanadas de un saque.

6) Método piagetiano: Tómese un bebé cualquiera y llévelo a la rotisería debajo del brazo, acercándolo inadvertidamente al mostrador. Avido de ejercitación sensorio-motriz, la criatura no podrá evitar tomar una empanada. Luego, márchese inmediatamente. Si el empleado se queja, defienda al niño diciéndole que el pobre está ejercitando la coordinación entre visión y prensión, y buscando nuevos medios para hacer desaparecer objetos.

7) Método skineriano del condicionamiento operante: Cada vez que vaya a la rotisería llévese descaradamente una empanada mientras le comunica al empleado una buena noticia (por ejemplo que ganó San Lorenzo, o que los gastronómicos quedarán exentos de ingresos brutos, etc). El hombre le permitirá llevarse siempre empanadas, habida cuenta que esa conducta permisiva estará siempre recompensada con una buena nueva.

8) Método lacaniano: Lleve una soga con el nudo borromeo. Mientras el empleado intenta infructuosamente desatarlo, usted forcluye una empanada y huye furtivamente.

9) Método kleiniano: incremente progresivamente la ansiedad paranoide del rotisero a límites intolerables mediante el argumento del inspector de la DGI ( Dirección General Impositiva. Podrá llevarse las empanadas que quiera cuando el hombre, con el yo ya escindido, intente ocultarse en el microondas agarrándose las dos cabezas.

10) Método psicoanalítico: Háblele al rotisero de la cuestión de la castración paterna señalándole los genitales y (con delicadeza), de la "intensa" relación que tuvo y tiene con su madre. Aproveche el estado de miedo (por sus genitales), culpa y confusión ( por lo de la mamá)del rotisero para llevarse las empanadas y mientras se retira lentamente, digale que la primer consulta es gratuita y dejele su tarjeta.



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viernes, 8 de mayo de 2009

Los virus psicoanalíticos (chiste)

Virus lacaniano: borra todas las “O” mayúsculas del disco duro, y atraviesa las “A”. Usted nota que algo falta, no sabe qué, pero algo falta.
Virus kleiniano: hay dos, el virus bueno y el virus malo; el bueno rompe el disco duro, pero luego lo repara; el malo, en cambio, lo fragmenta en pequeños discos que quedan así escindidos para siempre y frente a determinados programas adoptan posturas esquizoparanoides.
Virus winnicottiano: se activa con los juegos.
Virus histérico: ningún disco es lo suficientemente duro para él.
Virus fóbico: se encierra en el disco duro y no sale nunca ni se manifiesta, por temor a los ciberespacios abiertos (ciberagorafobia).
Virus obsesivo: se activa todos los días pares, a las 23 horas, 40 minutos, 23 segundos tres décimas, preguntándole al usuario si se activó a tiempo. Si uno le responde que sí, le vuelve a hacer la pregunta una y otra vez, agregándole las palabras “¿estás seguro?”.
Virus freudiano ortodoxo: se activa seis veces a la semana: durante 50 minutos exactos (salvo en febrero, que no), la computadora empieza a hacer chistes, lapsus, fallidos y nos cuenta sueños. Al técnico hay que pagarle tanto por las veces que viene como por las que no viene, para que el tratamiento sea efectivo.





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viernes, 19 de septiembre de 2008

El caso Gustavito Rudy (Parte 1)

También llamado "el pequeño Gustavo".

Profesor Doctor Karl Psíquembaum.

Introducción.

La técnica creada y desarrollada por el profesor Freud nos ha permitido a los analistas llegar a los más profundos recovecos inconscientes donde se esconden los fantasmas que acechan, acosan y rodean al ser humano.

Como el mismo creador [Freud, no Dios] lo señalara, el psicoanálisis es un camino abierto, y por ese camino se debe andar para seguir cuestionando, porque, como dijera el poeta [No olvidemos que el poeta muchas veces se adelanta al psicoanalista, mal que nos pese]: "Analista, no hay camino: se hace camino al andar"[Antonio Machado y Ballesteros, poeta y psicoanalista español, traductor de Psíquembaum. (N. del editor español.)]. Estos versos nos señalan, de alguna manera, cuestiones que ya habían sido interrogantes de Freud, quien con toda claridad expuso que sus seguidores iban a seguir formulando recursos técnicos que, de alguna manera, enriquecerían la teoría [Y la técnica, claro]

Todo ese párrafo viene al caso para señalar que, en ciertas ocasiones, el analista se ve obligado a replantear la modalidad del tratamiento, a recrearlo, a buscar e implementar nuevos recursos que, no por no ser ortodoxos, dejan de ser válidos.[ Con excepciones extremas, como la del sádico de Badén Badén, que les pegaba a los pacientes que no asociaban]

Es en casos como el que presento a continuación donde, de alguna manera, se pone a prueba al analista, la técnica, la teoría, etc. Es en estos casos donde se ve la gama de recursos que un analista inteligente (yo mismo, en esta ocasión) despliega frente al desconcierto que le producen las peculiaridades a las que se ve enfrentado.
Realmente, a veces ser analista constituye una verdadera aventura.


Primeras aproximaciones

La primera vez que tuve frente a mí al pequeño Gustavo, el encuentro estuvo marcado, como tantos otros avatares del psicoanálisis, por el azar.

Estaba yo en mi consultorio disfrutando de la extraña casualidad de disponer de un horario libre, cuando de pronto golpearon a la puerta. Fui a atender un poco intrigado, preguntándome cuál de mis pacientes habría cometido el acto fallido de equivocarse de horario en algo tan importante como su análisis. Aposté conmigo mismo que se trataba del "Hombre de los relojes" ["El hombre de los relojes", grave caso de neurosis obsesiva que atendí. Mi paciente controlaba las décimas de segundo que duraba la sesión, llegando a reprocharme amargamente cuando me demoraba más de medio segundo en atenderlo. Podía decir cuántas horas había vivido y, aproximadamente, qué había hecho en cada una, lo que no era tan complicado porque no había podido hacer casi nada, ocupado como estaba en controlar el tiempo. Este caso será próximamente publicado, por lo que mi relato del mismo se detiene acá. Espero que el lector haya quedado interesado en la continuación y lo busque con ahínco o con desesperación en las librerías] y perdí. No era. Ni tampoco se trataba de otro paciente. Era una joven que sostenía un niñito en brazos.

Recordé en ese momento toda la tradición fílmica y cuentística acerca de jóvenes que llevan niñitos en cestas para dejarlos al cuidado de otras personas, y tuve una sensación pesadillesca. Luego recordé que en todos esos casos la joven permanecía en el anonimato, al menos hasta la mitad del cuento, y recobré la tranquilidad. Permití a la joven que entrase.

Se presentó como una vecina de mi edificio y, antes de que yo pudiese pedirle asociación alguna con la palabra "vecino", me solicitó que cuidara por un rato a su pequeño Gustavo (ella lo llamó "Gustavito"); ella tenía que salir por un rato a realizar un trabajo y la niñera había faltado. Como el azar reunía a la falta de la niñera y la falta de ocupación de mi horario, acepté, no sin antes solicitarle que volviera antes de que transcurrieran cincuenta minutos, ya que esperaba a un paciente.

La joven se retiró y el pequeño Gustavo y yo quedamos a solas. Los primeros momentos permaneció en silencio, a lo que respondí quedándome en silencio yo también.
Comprendí que el recurso era efectivo, ya que, si el pequeño Gustavo no despertaba, yo no tendría que preocuparme.

Pero, al rato, Gustav irrumpió en llanto.
—¿Qué te ocurre, pequeño Gustav? —le pregunté.
Pero él siguió llorando, sin responder o, en todo caso respondiendo con su llanto. Pensé que tal vez meciéndolo conmovería su estructura y provocada una regresión que lo devolviera a la situación narcisista de la que parecía haber salido. Pero no resultó.


Decidí entonces recostarlo en mi diván para que estuviera más cómodo y, a mi vez, sentarme en el sillón para poder escucharlo mejor y descifrar eventualmente su demanda.


"Tal vez se haya hecho caca", hipoteticé. Pero al disolver el nudo de su chiripá no hubo señales ni huellas mnémicas, olfatorias o escatológicas que confirmaran mi presunción. Descarté momentáneamente la hipótesis.

¿Qué se había puesto en juego en el pequeño Gustav? ¿Cómo jugaría yo, a nivel transferencial, ocupando el lugar de su babysitter mientras su madre se hallaba ausente? ¿Serían los pañales representantes de la represión que frenaban la irrupción de su contenido interno en el exterior inundando así mi consultorio? ¿Pensaría el pequeño Gustav que su madre lo había abandonado? ¿Pensaría yo que la madre del pequeño Gustav había abandonado a su hijo? ¿Pensaría mi propia madre abandonarme? ¿Qué le ocurría al pequeño? Tal vez era demasiado pequeño como para pensar cosa alguna. Hasta podría estar realizan¬do la ecuación "pecho = pecho".

—Te estás comportando como un bebé que reclama el pecho mientras su madre se halla ausente —le interpreté.

El pequeño Gustav lloró más fuerte aún, confirmando lo acertado de mi interpretación. La reacción del pequeño Gustav tuvo, de alguna manera, un efecto doble, podríamos decir un doble sentido, como tantas veces ocurre en el devenir analítico. Por un lado, Gustav lloraba confirmando mi interpretación, pero, a la vez, la negaba con su propio llanto, ya que, lejos de aliviarse, parecía estar más angustiado aún. Por lo menos, yo lo estaba. No soporto oír llorar a un bebé.
Para calmar su angustia (y la mía) decidí tomarlo en brazos y acunarlo. Lo tomé, le dije: "Yo no soy tu madre ni soy mujer, luego, no puedo darte pecho, Gustavito". Al disolver tan bruscamente la transferencia, Gustavito casi se me cae al suelo.
En ese momento llegó la madre y se lo llevó, luego de agradecerme por haberlo cuidado. Habían transcurrido exactamente cincuenta minutos.

Pocos días más tarde, hallándome en mi consultorio, casualmente solo, buscando material sobre el tema "Analidad y analizabilidad", oí que llamaban a la puerta. Se trataba nuevamente de la joven madre que traía a Gustavito para que lo cuidara por un breve lapso. La niñera había vuelto a fallar provocando una fractura que sólo yo podía reparar. [El tema de las fracturas es, por cierto, motivo de amplia discusión clínica. Hay quienes aducen que las fracturas no son del terreno psicoanalítico y prefieren derivarlas a un traumatólogo, pero terminan cayendo en una trampa, en la trampa lingüística que tiende la misma traumatología. ¿O no toman acaso los psicoanalistas a los hechos traumáticos como valioso material? Es necesario, pues, discriminar claramente los campos, para evitarlos extremos de una derivación inadecuada, o de un psicoanálisis encorsetado. ]

Me hice cargo de la situación, dejando para otro momento mis estudios e investigaciones teóricas. La práctica me llamaba. Le pregunté a la joven qué debería yo hacer si a Gustavito se le ocurría tener hambre mientras estaba a mi cuidado. Ella me respondió que esto difícilmente ocurriría, ya que recién acababa de amamantarlo, pero que, de todas maneras, en el bolsito que me dejaba había una mamadera preparada. Evidentemente, la mamadera había sido erigida por la madre en objeto transicional. Ahora había que ver si el pequeño Gustav la aceptaba como tal. La madre, en todo caso, demostraba no ser abandónica.

El pequeño Gustav seguía dormido, transitando su narcisismo, por lo que llegué a la conclusión de que cualquier interpretación sería rechazada. Más aun, ni siquiera sería tomada en cuenta.

"Parece que está cómodo así", proyecté. El que estaba cómodo era yo. Hasta pensé en seguir con la investigación que estaba realizando previamente a su llegada. Pero no. La práctica irrumpe en el contexto suspendiendo a la teoría. El pequeño Gustav se puso a llorar y un extraño aroma comenzó a invadir el ámbito de mi consultorio. De alguna manera, lo anal se hacía presente. La tensión flotaba en mi consultorio. Era necesario cambiar los pañales de Gustavito.

"Esta no es tarea fácil para un analista", pensé. Tenía que abandonar mi lugar de analista en el que tan cómodo me sentía, para pasar al acto, al temido acto. Me vi comportándome como la madre o el padre del pequeño Gustav, actuando la transferencia como en mis peores pesadillas de principiante. Luego, lo real del cuerpo, más precisamente de los olores provenientes del cuerpo, me reclamó. Era necesario cambiar los pañales del pequeño Gustav, y rápido.

El cambio de pañales resultaba más complejo de lo que pensaba y decidí supervisarlo. "Una supervisión de vez en cuando no viene mal, ni siquiera a un analista avezado como yo", pensé. Pero el caso era: ¿con quién? Sin duda, tendría que ser un analista con vasta experiencia clínica y, en lo posible, que tuviera hijos pequeños.

Llamé finalmente a mi colega la doctora Anafreudiana Traumengarten, que había trabajado durante más de dieciocho años en psicoanálisis de niños, y además había criado a diecisiete sobrinos, por lo que obviamente sabría cómo cambiar pañales.

La doctora se sintió muy complacida ante mi pedido de supervisión, a pesar de que mi llamada había interrumpido la elaboración de un sueño (propio), dado que se hallaba durmiendo. Ella me explicó que la técnica psicoanalítica ortodoxa no había elaborado exhaustivamente el método para cambiar pañales, por lo que no existía mucha bibliografía al respecto, pero que, de todas maneras, ella misma podía darme alguna ayuda. Me previno sobre el especial cuidado que hay que tener con el material que se exterioriza al cambiar pañales, para evitar un posible desborde que podría llevar a graves ataques histéricos al analista.


Me comentó finalmente que cierta vez tuvo que cambiar cuatro pañales en una misma sesión y casi se psicotiza. "Evidentemente, la catarsis nos sigue sorprendiendo", siguió.

Le agradecí su invalorable ayuda y corté.
Estaba como al principio, o peor, pues la urgencia seguía siendo tal. En casos como éste hay que dejar de lado la ortodoxia, concluí, y llamé a mi mujer, la que, sin ser psicoanalista, sabe cambiar pañales. Lo hizo rápidamente, el pequeño Gustav se calmó y volvió a su estado narcisista, durmiéndose plácidamente.

Mi mujer permaneció un rato contemplándolo.

—Qué lindo bebé —dijo.
—His majesty, the baby —le contesté.
—¿A quién se parece más: a la mamá o al papá? —preguntó.
—Desconozco aún su juego de identificaciones —le respondí.
Odio que interfieran en mi tarea, me molesta muchísimo que alguien venga a interrumpirme, aun si yo mismo lo llamo, como ocurrió en este caso. Son las contradicciones del deseo y la defensa, qué voy a hacer.
Tomando conciencia de que me molestaba la presencia de mi mujer a pesar de que yo la había llamado, le pedí que se retirase. Lo hizo. En el camino, se encontró con la madre del pequeño Gustav, que venía a buscarlo.

—Qué hermoso bebé —le dijo mi mujer.
—Gracias, señora —le respondió la mamá de Gustavito mientras acariciaba al niño, tratando de reparar su abandono parcial.
—¿Cómo se portó Gustavito? —me preguntó.
Yo no suelo informar a los parientes sobre la conducta o material de mis pacientes, pero entendí que en ese caso sí cabía la información, considerando la edad del bebé y que en realidad no era paciente mío. No aún, por lo menos. No había pronunciado la regla fundamental del psicoanálisis. Así que le hice a la madre un breve comentario acerca de lo que había ocurrido.


—Veo que con usted se comporta mucho mejor que con la niñera —me confió—. ¿No aceptaría cuidarlo dos veces por semana?
De esta manera establecimos el contrato, fijamos horarios y honorarios. Gustavito sería mi paciente.


El tratamiento (Parte 2)



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viernes, 5 de septiembre de 2008

Ajedrez y psicoanálisis (Rudy)


Uno de los participantes del foro Buffet Freud del Congreso virtual de psicoanálisis preguntó:
–¿En qué se parece y en qué se diferencia un congreso de psicoanálisis de un torneo de ajedrez?
He aquí la respuesta de Buffet Freud:
–En ajedrez hay ELO, en psicoanálisis hay EOL.
–En ajedrez nadie mata al rey y luego se acuesta con la reina para finalmente descubrir que era hijo de ambos.
–En ajedrez nadie paga por las jugadas que no hace, y ...
–En ajedrez hay Jaques, y en los Congresos psi hay Jacques.
Y recomendó la lectura de los siguientes artículos
Envidia del peón, por Sigmundo Fallocorto;
Jaque a his majesty the baby, por Melanie Karpov;
Juanito, un caso de fobia a los caballos 4 torre, por Jacques Alrey;
El yo y sus defensas: diferencia entre la siciliana y la nimso-india
La angustia ante la pérdida de la torre, por Aldred Capablanca;
Cómo atravesar el objeto alfil, por Karl Korchnoi, y
Jaquean a un niño; El trabajo de un analista con su paciente; Escisión y escaque en la esquizofrenia (Spaltung und Schuitzerái).



Fuente: Página 12

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viernes, 29 de agosto de 2008

El caso Gustavito Rudy (Parte 2)

También llamado "el pequeño Gustavo" (Parte 1)

El tratamiento

Primeras elucubraciones teóricas

Me preguntaba cómo encarar el tratamiento del pequeño Gustav. Él no era, desde luego, mi primer paciente, yo sí era su primer analista, aunque este dato no tenga, tal vez, tanto peso teórico. Ubicar a un bebé de tan corta edad en una estructura psicopatológica me parecía complicado; mucho mejor sería ubicarlo en un moisés, pero yo no lo tenía, y no podía solicitárselo a la madre. Hubiera sido como pedirle a un paciente adulto que trajera a las sesiones su propio diván. [Esto, si lo pensamos, no estaría del todo mal. El paciente se sentiría más cómodo en su propio diván. El principal problema sería el transporte, pero todo analista que se precie podría contratar algún fletero de su confianza que se transformaría en "transportador terapéutico". Dejamos abierta la cuestión para un próximo congreso]

Pero, volviendo al pequeño Gustav: ¿habría ya atravesado el estadio del espejo? ¿Sería necesario proteger el diván con alguna cobertura plástica, dado que Gustavito no controlaba sus esfínteres? ¿Cómo actuaría en su estructura el pasaje de la babysitter a mí? ¿Cómo se manifestaría la organización oral? ¿Jugaría el chupete un rol fundamental en la transferencia? ¿Tendría el pequeño Gustav edad suficiente para ser neurótico?

¿Cómo interpretar sus berrinches, su llanto, sus quejas? ¿Como un rechazo al pecho bueno? ¿Como un reclamo a la madre que no vuelve a buscarlo y me deja aquí desesperado cui¬dando a Gustavito? ¿Como una manifestación de "angustia por sentirse abandonado"? ¿Como una emergencia esquizoparanoide? ¿Como una manera de sobrevivir como sujeto barrado frente a lo inexorable de la castración?

Tantas incógnitas me parecieron demasiado para un solo bebé. Podría decir que todas juntas abarcaban más espacio que lo real del cuerpo del pequeño. De modo que decidí enfrentarme a lo que viniese, y dejar que el juego de identificaciones del pequeño Gustav se pusiera en marcha, se desplegara en el tratamiento. Me tranquilicé, dejé sobre la mesa la mamadera que estaba tomando y me aboqué a esperar al pequeño Gustav.

Las primeras sesiones

Gustavito comenzó a concurrir puntualmente a su tratamiento traído por su madre, quien lo depositaba en mis brazos. Ella hacía, de vez en cuando, algún comentario sobre lo dormido que podía estar el bebé, y me pedía que lo protegiera del excesivo frío.

Yo asentía con la cabeza, en silencio, y pensaba en lo acertado de ciertos artículos teóricos que sostenían que "son los padres, de alguna manera, los que estructuran el deseo de sus hijos; los padres no son, tampoco, los generadores de su propio deseo, sino los abuelos; éstos a su vez han sido introducidos en la cultura por los bisabuelos y éstos por los tatarabuelos; se llega, finalmente, a una descendencia que se estructura a partir de un deseo primitivo, tal vez el deseo, según la teoría de Darwin, de algún simio". [Por la cual es posible que el objeto del deseo primitivo haya sido una banana]

Gustavito no parecía tener hambre, sueño o frío, no al menos como sensación transmisible. Más bien se acurrucaba dócilmente, o dormía, hasta que luego, sin que aparentemente mediara absolutamente nada, irrumpía en llanto.

Intenté interpretar su llanto por el lado de la angustia. Jamás pensé que el llanto de un bebé pudiera angustiarme tanto. "Tal vez debería revisar mi propio análisis", me dije con certera lucidez. Pero la resistencia se interpuso y terminé revisando los pañales del pequeño Gustav. No había nada. Es decir, algo había, pero era lo que tenía que haber. Gustavito no había atravesado ningún tipo de castración. Además, no era lacaniano. Era muy pequeño para poder seguir alguna línea psicoanalítica.


El pequeño Narciso, quiero decir el pequeño Gustav, provocaba diversos impulsos en los que lo rodeaban. Y en este ca¬so quien lo rodeaba era yo. Impulsos de protegerlo, alimentarlo, contemplarlo, alzarlo, gritarle para que se callara, y todos ellos cubrían, de alguna manera, su propio deseo, impidiéndole que se manifestara, actuando a la manera de la represión.

Comencé a preguntarme (otra vez) cuál era mi lugar. [Lo de "comencé" no es cierto. Yo siempre me interrogo acerca del lugar del paciente, del analista, del lugar donde dejé mi llavero, etc] Yo soy psicoanalista, pero fui contratado como niñera. Ahora bien, ¿acaso no somos los analistas una suerte de "niñera" de nuestros pacientes? ¿Acaso no los "cuidamos", no "sacamos a pasear los aspectos infantiles dormidos en lo inconsciente"? ¿No se dice que los pacientes "crecen" en nuestra compañía? El alivio que puede producir una interpretación, ¿no puede, de alguna manera, asimilarse al cambio de pañales, al ser descubiertos, reconocidos y "puestos afuera" elementos internos?

Entonces, ser la niñera del pequeño Gustavo era, de alguna manera, ser su analista, y ser su analista era ser su niñera. Había que ayudarlo a conectarse con su deseo, a ponerlo en marcha, a atravesar su fantasma que tal vez, del susto, no lo dejaba dormir.

Le comuniqué todo esto al pequeño Gustav, pero él siguió durmiendo profundamente tal como lo venía haciendo desde hacía un rato. Seguramente yo no me había dado cuenta, metido como estaba en mis propios pensamientos. El narcisismo (de él, claro) se volvía a hacer presente.

Me preguntaba si este quedarse dormido así, profundamente, tenía que ver con mi interpretación, si era una regresión relacionada con la puesta en marcha de sus defensas frente a lo angustiante de mi discurso, o si era, finalmente, mi tono de voz monocorde.

El análisis del pequeño Gustav continuó así durante varias semanas. Gustavito en lo suyo, y yo cuidándolo. Aprovechaba sus ratos de tranquilidad para leer, [Esto es muy común entre las babysitters] por ejemplo, algunos textos como "Psicoanálisis y maternaje", que me aportaron elementos teóricos, pero no resolvieron las incógnitas que, de alguna manera, seguían pesando en el tratamiento. ¿Cómo llegar a lo inconsciente del pequeño Gustav? ¿Cómo sacarlo de su narcisismo e inscribirlo en el deseo? Y, lo más grave, ¿qué hacer si se ponía a llorar desconsoladamente como a veces hacía?

Algunas sesiones más tarde ocurrió un hecho imprevisto, nuevo, sorprendente, que sólo un analista experimentado podría haber supuesto (y yo, lamentablemente, no lo hice). Gustavito, el pequeño Gustav, dijo "gu-gu".

Cualquier ser humano con un mínimo grado de sensibilidad se derrite frente a los primeros balbuceos de un bebé. Pero yo no era cualquier ser humano, era la niñera y, más aún, era el psicoanalista del pequeño Gustav, por lo cual en primera instancia interpreté el "gu-gu" como un impactante éxito terapéutico: se había roto el narcisismo y no había quien lo arreglara. Gracias a mi espera, a mi continencia frente a su incontinencia, Gustavito rompió la barrera represiva y dijo "gu-gu".

Pero como la completud no existe, aquí tampoco mi éxito había sido completo. [Menos mal, pues si hubiese sido completo, se habría desvirtuado el concepto de la inexistencia de la completud]

Gustavito había intentado comunicarse, decirme que su nombre era Gustav, pero el bloqueo resistencial que aún perduraba le impidió pronunciar su nombre completo limitándose a la primera sílaba: "Gu".

—Gu-gu —decía.
—Sí —le respondía yo—, te llamas Gustav, eres el pequeño Gustav, pero aún no puedes decirlo, y por eso dices "gu-gu". Tal vez pronto puedas vencer las dificultades y decirme tu nombre.

El pequeño Gustav reafirmó mi señalamiento repitiendo "gu-gu", al tiempo que emitía un sonoro y oloroso impacto por vía anal.

"Comenzamos a entendernos", pensé mientras reflexionaba acerca del lugar donde podía haber dejado el desodorante que había comprado a raíz de otro caso. [Se trata de "El hombre de los chanchos".] “¡La teoría se fusiona con la clínica dando lugar a la técnica!”, exclamé con total certeza delirante. Lo certero de mi exclamación me hizo dudar de la misma. ¿Y si "gu-gu" quería decir otra cosa? [Es un método para prevenir la psicosis que he creado: consiste en dudar sistemáticamente frente a cualquier certidumbre, hasta descartarla; lo llamo "Método del descarte".]

—¡Gu-gu-o! —dijo el pequeño Gustav, reafirmando, de alguna manera, mi duda. ¿Y esa "o" que antes no estaba y ahora está? ¿Será una especie de Fort-Da? ["Notá-acatá", según la traducción española de Antonio Machado y Ballesteros] En eso estábamos cuando llegó la madre a buscarlo, por lo que di por finalizada la sesión.


Desarrollo posterior del tratamiento

En las sesiones siguientes intenté verificar, a través del pequeño Gustav, varios postulados teóricos del psicoanálisis. Lo coloqué frente a un espejo para ver cómo reaccionaba, pero el pequeño siguió durmiendo sin darle trascendencia alguna al episodio, negando, renegando, en fin, dejando de lado los postulados teóricos de Lacan.

Intenté pesquisar la angustia del octavo mes, pero el pequeño todavía no tenía ocho meses de edad, por lo que me resultó imposible. Me preocupaba la posibilidad de que tuviera algún objeto transicional, pero, si eso ocurría, debía de ser fuera de los límites de mi consultorio. Tampoco se evidenció muestra alguna de pasaje a la posición depresiva (o sea que el pequeño no era lacaniano, pero tampoco kleiniano). En cuanto a la posibilidad de un Edipo temprano, sería muy difícil de verificar pues el pequeño Gustav siempre fue muy apegado a su mamá.

Éste es uno de los casos en que los analistas nos sentimos particularmente frustrados. Los pacientes no se esfuerzan para confirmarnos la validez de nuestras teorías, y, eso es muy malo para la práctica. Hay pacientes que insisten en ser distintos de lo que los textos indican, son pacientes rebeldes, heterodoxos, que no se identifican con ningún caso de Freud, Klein o Lacan, [Hubo, según refiere la bibliografía, el caso de un neurótico obsesivo que se identificó con "El hombre de las ratas"; "El hombre del hombre de las ratas", así se lo llamó, sabía de memoria los "Original Records" de Freud, y los repetía. Además, se enojaba con su analista pues éste no le interpretaba lo mismo que Freud. Se trataba, obviamente, de un caso de "obsesión por los obsesivos". Aparentemente también hubo un caso de "fobia a los fóbicos", pero no fue escrito] y el analista lo único que puede hacer para calmar su frustración es aumentarles los honorarios.

El pequeño Gustav seguía en lo suyo. Dormía, lloraba, se hacía pis y caca y decía "gu-gu", o "gu-guo", o hasta "gu-au", lo que me hizo pensar en un matiz de fobia a los perros, pero no hubo posteriores datos que lo confirmaran. Algunas veces el pequeño Gustav parecía interesarse por algo, ya que movía la cabeza en uno y otro sentido, pero finalmente llegué a la conclu¬sión de que no se trataba de nada en particular.

Si el pequeño Gustav estaba como buscando algo, pero no se trataba de nada concreto, era nuevamente mi lugar, como analista que era, el de investigar qué buscaba. ¿Se trataría de la madre? ¿Del padre que lo separara de una madre simbiótica? ¿Del objeto transicional? ¿Del objeto a? ¿Del chupete? Tamaña duda clínica me hizo interrogarme seriamente sobre la analizabilidad del pequeño Gustav, de los bebés, de los niños, y hasta sobre la mía propia, lo que me llevó a consultar de urgencia a mi analista, quien afirmó que yo era analizable, y me preguntó si yo intentaba parecer inanalizable para evitar pagar sus honorarios. Frente a tal respuesta, decidí seguir escuchando al pequeño Gustav, porque, si yo era analizable, ¿por qué él no lo iba a ser?

Por lo demás, Gustavito no asociaba nada. Sus "gu-gu", "gu-guo" y " gu-au" no remitían a ningún sitio. Lo que sí se fue notando a lo largo de las sesiones fue cierta sensibilidad ante la llegada de su madre, a la que saludaba haciendo pis, caca, llorando o haciendo "gu-gu".

Estos "gu-gu" con los que Gustavito saludaba a su mamá son clara prueba de su estadio narcisista. Si consideramos mi hipótesis de que "gu-gu" era una manera, bloqueada por la resistencia, de decir su propio nombre; entonces, al llamar a la mamá con su propio nombre (de él), demostraba un estadio simbiótico, indiscriminado, donde él es "gu-gu" y la mamá tam¬bién es "gu-gu", siendo ambos, por lo tanto, una sola persona.

Ahora, claro, si no consideramos mi hipótesis como verdadera, todo esto termina siendo falso. Los caminos por los que nos conduce la elucubración teórica son, como se ve, variados.

Un colega me señaló, oponiéndose a mi planteo, que si el pequeño Gustav usaba el "gu-gu" cuando llegaba su madre, era, justamente, para marcar una diferenciación. "Yo 'gu-gu'; tú no 'gu-gu'; ¿tienes tú cosita de hacer pipí?" [ Algo influido por el caso Juanito, tal vez.]

Otro eminente colega me sugirió que, en realidad, el "gu-gu" era una manera de llamar mi atención, de pedirme que operara como padre, estructurando la castración.
Opté por no consultar más eminentes colegas.

Reconocí que, frente a una situación tan compleja, todo lo que debía hacer era permanecer a la expectativa, en atención flotante, esperando alguna disrupción en el discurso por la que emergiera el deseo inconsciente del pequeño Gustav.

Mal que me pese, el discurso del pequeño era por demás coherente, o no, pero las incoherencias eran indistinguibles del resto: yo no podía saber cuándo Gustavito, queriendo decir "gu-gu", decía "gu-guo" cometiendo un fallido, y cuándo, por el contrario, ese "gu-guo" era exactamente lo que quería decir. El discurso del pequeño no era fácil de comprender, era apenas algo más fácil de comprender que el mío.

Cuando el pequeño Gustav llevaba ya varios meses de tratamiento, y se comenzaban a notar los efectos (en mi consultorio), un día la madre concurrió sola en el horario de la sesión, y me comunicó que Gustavito no vendría más, ya que ella había cambiado sus horarios y se quedaría a cuidarlo. Me abonó los honorarios, me dio las gracias, y se fue.

Yo me quedé pensando en lo frecuente de este tipo de episodios. "Cuando empieza a notarse la mejoría en los niños, los padres los sacan del tratamiento."


Epicrisis

Me he interrogado varias veces [Esta costumbre de interrogarme a mí mismo en diversas circunstancias, aun en aquellas en las que hay otras personas, me ha traído cierta fama de psicótico.] acerca de las circunstancias de la interrupción del tratamiento del pequeño Gustav. "La madre eligió la simbiosis, permanecer atada al pequeño manteniendo el vínculo simbiótico-narcisista-indiscriminado" fue una de mis primeras hipótesis. Esto me dio, de alguna manera, una idea diagnóstica que me hizo pensar en la gravedad del caso, aunque, debí reconocerlo, atenuada por la edad (del pequeño), que aún no había pasado los siete meses y cuyo contacto con la madre podía ser beneficioso para él, aunque no para mí, ni para mi propio narcisismo, que se sintió algo herido.

Si la madre de Gustavito elige el encierro frente a la apertura a la cultura, ¿por qué su anterior pedido de tratamiento? ¿O se trataba sólo de un pedido de cuidado tal como el que ella había manifestado? Podría ser que no hubiera nada detrás de todo el transcurso del tratamiento, de mis conclusiones y hasta de mi propia salud mental, por lo que finalmente descarté esta hipótesis. [No sin antes encontrar elementos teórico-clínicos que me permitieran tal descarte. He decidido no extenderme en exponer esos elementos de trabajo]

Decidí volver a reflexionar sobre el abandono. Tal vez realmente el cambio en el horario de trabajo de la madre tuviera un peso mayor que el que yo le otorgaba.

Tengo que destacar, en ese caso, la fragilidad de ciertas demandas de análisis, en pacientes como éste, en los que, en realidad, no hubo demanda manifiesta. La madre no la verbalizó, y el pequeño Gustav aún no disponía de un lenguaje verbal lo suficientemente amplio como para hacerlo por sus propios medios. En situaciones como ésta se puede discernir lo delicado de ciertos vínculos. El pequeño Gustav, si la madre no lo trae, no viene. Está totalmente determinado por el Otro o, en este caso, por la Otra. Él había llegado a través de un agujero, una carencia, la producida por la falta de la niñera. La falta lo trae, al provocar un síntoma, al romper la completud de la madre que no puede hacerse cargo. Luego la madre resuelve la situación, rellena la falla, vuelve al estado de completud, ocluye la angustia, y entonces el tratamiento del pequeño se transforma en síntoma, en señal de algo que ocurrió. "¿Para qué voy a llevar a Gustavito al tratamiento si lo puedo cuidar yo?", dice la madre, obviando, como dije, que el tratamiento del pequeño fue más que un simple "cuidarlo" [Muchas madres de adolescentes, y aun de adultos, razonan de igual manera invitando a sus hijos a permanecer a su lado. "¿Quién te va a interpretar mejor que tu mamá?", les dicen. Estos casos, sobre todo si las madres tienen éxito, suelen ser más graves que el de Gustavito; por lo demás, resulta desagradable ver a un adulto siendo amamantado (aunque sea a mamadera).]. La madre evita, así, el recuerdo de su propio agujero, de la posibilidad de estar en todas, de la castración, finalmente. Se apoya en su motivo manifiesto, válido, pero en este caso sólo como excusa, como medio para tapar el deseo del pequeño Gustav, de ocluir su "gu-gu" que no llegó a ser “Gustav” (ni ninguna otra palabra), su propio nombre, su identidad. La resistencia parecía haber ganado la batalla, lo que me produjo una sensación de enojo y frustración.

Vi un par de veces más al pequeño Gustav, en el pasillo. Ha pasado un largo tiempo desde su tratamiento. Gustavito gateó, caminó, y ahora habla, corre y juega, por el pasillo.
Aparentemente da muestras de independencia, aunque a veces es un tanto insoportable.






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viernes, 8 de agosto de 2008

Las crisis en psicoanálisis (Rudy)

PROFESOR DOCTOR KARL PSÍQUEMBAUM

El concepto de "crisis" en psicoanálisis ha ido variando con el correr de los tiempos de sesión y las elucubraciones teóricas pertinentes: no es lo mismo una crisis al iniciar la sesión, provocada, por ejemplo, por la ausencia del paciente, que una cri-sis al final de la sesión, una vez que el paciente ha manifestado explícitamente que no pagará nuestros honorarios ese día.

Pero vayamos al seguimiento histórico. El propio Freud fue protagonista de varias crisis. La primera fue en ocasión de su ruptura con la hipnosis, que llevó a cabo con un chasquido de sus dedos que le hizo olvidar todo lo que había investigado acerca de ese tema hasta el momento. Luego Freud rompió con la catarsis, en un violento estallido de cólera que le permitió aliviarse y continuar con sus estudios acerca del inconsciente. Posteriormente rompió con Jung, cuando éste lo denominó "arquetipo del autoritarismo", a lo que Freud respondió que hiciera con su madre lo mismo que Edipo hizo con Yocasta.

Luego Freud se encierra a estudiar y allí elabora el concepto de narcisismo. Finalmente, según estudios no muy fundamentados, estuvo a punto de romper consigo mismo (esto se desprende de textos que se le atribuyen apócrifamente, como "Yo, no-yo, ¿y a mí qué?", "Entre el yo y el superyó me quedo conmigo" y "La escisión del yo y sus consecuencias legales", donde se plantea un caso de esquizofrenia en la que una parte del yo escindido reclama la posesión del automóvil. Estas obras pertenecen en realidad a otros autores que han quedado reprimidos de la realidad psicoanalítica).


Como vemos, en la época de Freud las crisis del psicoanálisis pasaban por la conceptualización teórica, y no por la escasez de experimentación clínica dignamente remunerada (léase pacientes), como ahora.

Esta variación del concepto de crisis también puede ser explicada desde diversas vertientes. Hay quien explica el tema señalando las condiciones en las que operó Freud, y propone como solución trasladarse a Viena, y, de ser posible, al siglo XIX. Otros, en cambio, aclaran que lo que pasaba es que en la época de Freud había muchos menos analistas que ahora. Wolfgang Apfelstrudell, en su libro Pacientes eran los de antes (Patientes über Alles, en la edición alemana), nos describe esta situación: "Antes de Freud era muy difícil conseguir psicoanalista. Una persona quería atenderse, estaba dispuesta a recostarse en el diván, pagar los honorarios, que lo derivaran, en fin, cualquier sacrificio para analizarse, y nada, no se conseguía ni uno, ni por casualidad. Por suerte Freud percibió esta verdadera falla social y le puso remedio. A partir de él, todos los pacientes que quisieran analizarse podrían hacerlo y, si no lo hacían, se debería a algún tipo de resistencia, sin duda".

A partir de textos como el de Apfelstrudell, recordado entre sus pares y pacientes porque sus interpretaciones dejaban un dulce sabor en la boca, uno puede colegir que antes era otra época.
Ahora las crisis en psicoanálisis tienen un común denominador: el lugar del paciente. Es en este punto en el que se produce el vacío teórico al no poder conceptualizar el vacío práctico, que tanta angustia produce, y remite a un tercer vacío transferencialmente ubicable en el bolsillo del analista, que ha sido abandonado por su paciente tal como el mismo paciente fuera abandonado por su propio poder adquisitivo.

En su conocido texto "¿Quisiera alguien recostarse en mi diván?", Pier Paolo Psicozzi nos comenta el tema con crudo realismo: "El paciente está pasando a ocupar la fantasía inconsciente, consciente y pudiente del analista. Muchos profesionales han debido aplicar su herramienta de trabajo a otras disciplinas. Por ejemplo, la sociología: hay analistas que alquilan su diván a personas desalojadas que no tienen donde dormir. Otros han ido más lejos aún, y lo alquilan a parejas, por turnos de cincuenta minutos. Si los locatarios así lo desean, el servicio se transforma en 'especial' agregando el analista un número vivo en el que les relata fantasías eróticas sumamente excitantes para ponerlos en clima".

Como puede desprenderse de una lectura entre líneas de este texto, el concepto de "paciente difícil de encontrar" ha llegado a la teoría. Podríamos aquí recordar un viejo concepto psicoanalítico, aquel que sugiere que los poetas saben adelantarse a los conocimientos científicos. Se trata en este caso del chileno Pablo Neruda, quien supo percibir con especial nitidez lo que ocurre en una relación terapéutica en la que el constante silencio del paciente presagiaba un pronto abandono del tratamiento. Así pensó Neruda: "No me gusta cuando callas, porque estás como ausente". Luego el "no" fue interpretado como una negación del conflicto y quitado del verso, en una elaboración secundaria del mismo.

Decimos entonces que en la actualidad las crisis pasan por la escasez, por la falta, como diría un lacaniano, o bien un kleiniano que tampoco tuviese pacientes. Es entonces función de los psicoanalistas intentar explicar las crisis o dedicarse a otra cosa; o bien intentar explicar las crisis y dedicarse a otra cosa.

Podemos pasar ahora a ver los distintos caminos que tomaron diversos analistas frente a la crisis. Quiero decir, a qué otras cosas se dedicaron.

Al analista en crisis con su profesión se le presentan varias alternativas. La primera es elaborar este conflictivo tema en su propio análisis, lo cual, si no resuelve su problemática, por lo menos contribuirá a solucionar la de otro profesional, su analista. Podrían incluso establecerse situaciones en las que cada analista tuviera a varios "en crisis" como pacientes, según propuso un avezado profesional cuyos conocimientos matemáticos eran nulos.

Tratemos ahora de conceptualizar cuáles serían las actividades alternativas para un analista. Podría, por ejemplo, dedicarse al periodismo. Esto implicaría una primera e importante dificultad, ya que es muy difícil conseguir notas, reportajes y primicias sin salir del consultorio. Por otro lado, tendría que renunciar a su Weltanshbauung (cosmovisión), en caso de tener una. Si no, se corre el riesgo de transmitir informaciones como ésta: "Berazategui, Argentina, urgente: un feroz malviviente eliminó a balazos a su mujer, pero en realidad quería matar a su madre, por haber elegido a su padre cuando él era pequeño"; o bien: "La policía reprimió duramente una manifestación del inconsciente popular, esgrimiendo su falo. Por su parte, el secretario de la central obrera solicitó un urgente aumento salarial, ya que el hambre no admite subrogados", terminando el flash informativo con un "Hay más significantes para este boletín".

Otra profesión cercana, muchas veces intuida por los analistas, es la de poeta. Muchos analistas proyectaron sus fantasías en ese sentido, pero vivir de la poesía es aun más difícil que vivir del psicoanálisis. Así y todo, hubo grupos de analistas que formaron "talleres de estudio lírico freudianos", que intentaron ponerles rima a las obras completas de Freud (en alemán), luego a las de Lacan, y finalmente, al no lograr un acuerdo, terminaron desarrollando diversas líneas psicoanalíticas.

Famoso fue el grupo "Le Vers Lacanien", traducido como "El verso lacaniano", que se reunía en sesiones de hasta cincuenta minutos con el fin de asociar poéticamente. A la primera palabra "coherente", la sesión se interrumpía, pues consideraban a la coherencia una "resistencia a poetizar". En homenaje a este grupo, publicaremos un "poema lacaniano" o "lacanema", el cual no fue desarrollado por el grupo homenajeado —que jamás logró coordinar una sola estrofa, dado que su propia metodología se lo impedía—, sino por un analista y paciente lacaniano en momentos en que se parapetaba tras el diván convertido en trinchera ante un ataque de la escuela alemana.

LACANEMA

Podría asociar los significantes más tristes esta sesión.
Asociar, por ejemplo, con la melancolía
la miel que algún anciano, en su lancha, olía
o la mela que un anco, en una lan colía
pero, tal como dije, asociarlo podría
potencial que remite a un otro remitente
que de afuera recibe, como un Otro presente
lo que un yo de ficción, defección le enviaría.
Podría asociar matemas muy tristes esta noche.
pero no lo voy a hacer. ¡Viva la resistencia!

Con un criterio claramente materialista y con fines de lucro, un supervisor poético decidió tomar algunas de las frases más logradas de sus alumnos y transformarlas en "pósters psi". Si bien se trataba de pequeñas estrofas, generalmente de contenido superficial, y con ilustraciones simples (un retrato del inconsciente, un diván iluminado por el sol, una lámina del test de Rorschach), eran muy solicitados por pacientes y analistas, que se los regalaban a sus respectivos analistas y pacientes, con motivo del fin de año, o para felicitarlos por una brillante interpretación, o para solicitarles que no abandonaran el tratamiento, o como manera de recordarles el pago puntual de los honorarios.

Algunos de los afiches, los más famosos quizá, decían frases como: "Amar es dar lo que no se tiene a quien no lo es", "Un analista que da consejos más que analista es un terapeuta de apoyo", "Al objeto a ¿por qué no lo atravesamos juntos?", "Hoy puede ser el comienzo de algo transferencialmente importante", "Dejemos aquí por este año, lo espero el primer martes del año que viene, en su horario", "Año nuevo, honorarios nuevos", "Ahora hay que poder elaborar" (tarjeta de condolencias), “Deseo tu falta” (declaración de amor), "Sos la completud de mi imagen narcisista" (para simbióticos), "Sublimemos nuestros impulsos sexuales en sus fines y objetos" (a un amigo) o hasta "Con una imago como la tuya, el deseo circula mucho más fluidamente" (para iniciar una relación amorosa).

Pero no sólo a la poesía se han dedicado los analistas en crisis. Un grupo de profesionales provenientes del kleinianismo, puso un "taller de reparación de objetos". La propuesta era interesante, el problema es que los clientes no se convencían de que el problema estaba en ellos, y no en la heladera, lavarropas o televisor que habían llevado a arreglar.
Es claro, entonces, que el concepto de crisis en psicoanálisis es complejo.
Por eso, es en mi condición de escritor que solicito que la dejemos aquí, por hoy.






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viernes, 1 de agosto de 2008

Un típico caso de paranoia y las especulaciones teóricas pertinentes ("caso Erika") Rudy


DOCTORA ANAFREUDIANA TRAUMENGARTEN
TEXTO ESTABLECIDO POR: RUDY

Prrróloco

El sekimiento de éste kaso cllínnico me ha llevado a plantearrr algunas dudas, lo kie me hitzo sentirr muyy ancustiada, al punto tal kie estuve pensando serriamente la posibilidad de psicoanalizarrrme, tal como me lo sugirrierra varias veces mi colega y amigo herr prrofesorr Karl Psíquembaum.
Lueco de haberr kónsultado a varrrios kólegas, ninguno me convenció, ya quié, dada mi condición de experrimentadísima psikanalista, requerrirría un prrófesional de kran experriencia, adecuados conocimientos y kie no me kobrarra honorrarios.
De modo kie, finalmente, decidí kie la amustia erra contrratrransferrencial, y se debía a cierta proyección de mi paciente, kie prrovokaba una térrrrible pikazón en mi pecho cada vez kie comenzaba una sesión de su tratamiento.

Este piekazón de mi pecho bueno, erra, en realidad, la kausa de mi ancustia y muís dudas. ¿Erra una sómatizacion mía?. ¿Erra una proyección? ¿Errran pulkas? ¿¡Errran piojos!? ¿¡Errra sarrrrrrrna!'?
A falta de analista, kónsulte con un derrrmatólogo, kien me explico kie erra una problema psíkiko, y me recomendó un analista parra mí y otrro parra mi paciente.
No le hice caso y seguí investigando.


Fynalmente krrreio haber descubierrto serrrios elementos quie sin duda énriqueceran la teorría psikanalítica, laprráctika y la klínica, porr lo kie decidí publicar este kaso.
Kónvencida porr mis amñigos, he kóntratado un kórrektor para kie adekue el texszkto de este caso a la órtocrafiya castellana.



Las entrevistas

Nunca voy a olvidar la primera entrevista con Erika. [Así decidí llamar a mi paciente para mantener el secreto profesional. En realidad, se llamaba Dora] Tampoco voy a recordarla nunca, porque me provoca escalofríos. Erika llegó sin que yo lo notase, pues estaba durmiendo la siesta en mi sillón favorito, que, casualmente, es el mismo que utilizo para atender.


En un momento dado desperté y la vi sentada junto a mí, lo que me hizo lanzar un contratransferencial aullido de terror. Esto me hizo pensar que Erika tenía mucho miedo a su primera entrevista conmigo; que por dentro estaba sumamente asustada, aunque parecía estar de lo más tranquila.


Me refregué los ojos y bostecé, también contratransferencialmente. Erika intentaba tapar su terror mostrando aburrimiento.


"Típico caso de paranoia", pensé. "Erika disimula terror con aburrimiento y lo proyecta en mí."
Me maravillé por mi rapidez diagnóstica y decidí aumentar los honorarios, dada mi eficacia profesional. Luego recordé que Erika estaba presente y le pregunté su nombre.


—Dora —me dijo.
"Típico caso de fijación histérica", pensé. Ella dice llamarse Dora como la famosa paciente de Freud que inspiró el "caso Dora¨ (Que, en realidad, no se llamaba así), pero para mí que se llama Eduviges.
Decidí llamarla Erika.
—¿Qué edad tiene, Erika? —le pregunté.
No me respondió.
Su silencio era por demás elocuente. Erika estaba angustiada frente a este nombre impuesto por mí, tal como la angustiaba cualquier tipo de norma, límite o regla impuestos por la sociedad, que se le tornaba totalmente persecutoria.


"Típico caso de paranoia", volví a pensar.


Erika permanecía en silencio, tal vez esperaba algo de mí. Yo también permanecía en silencio, como esperando algo de ella. Al fin y al cabo, ella era mi paciente y nadie la había obligado a venir.


"Típico caso de primera entrevista", pensé.
Decidí que esta competencia de "quien se queda más tiempo sin hablar, gana" no tenía sentido (Algunos analistas ortodoxos sí les otorgan sentido a estos verdaderos "torneos de resistencia", en los que demuestran tener aun más resistencia que el paciente. Conozco un caso en el que, luego de tres años de silencio, el analista decidió reclamar sus honorarios, y el paciente, que era mudo, abandonó el tratamiento. No era sordo.) y opté por hablar yo.


—¿Qué le ocurre? —pregunté.
—¿A quién? —respondió.


Su respuesta era por demás elocuente. Típico caso de paranoia, insistí; la paciente se escinde de la pregunta cual esquizofrénica, proyecta hacia otros como paranoica, permanece indiferente cual histérica, y evita responder a la mejor manera de una fóbica.


"Típico caso complicado", pensé.( En realidad, lo único claro es que el de Erika es un caso típico) Erika, con su silencio y sus respuestas esquivas no ayuda a mi labor interpretativa, lo que puede pensarse como una clara resistencia a nivel transferencial. "Vaya una a saber quién soy yo para el inconsciente de Erika", pensé. "Vaya una a saber quién soy yo", seguí, presa de una crisis de identidad en la que Erika me metía, tal vez proyectando transferencialmente su propia crisis de identidad.


Decidí dar por terminada esa entrevista. Miré mi documento para recordar mi nombre, y me volví a dormir.


Segunda entrevista

A la segunda entrevista Erika no vino.
Me senté a esperarla en el horario convenido y, pese a la somnolencia que me aquejaba, intenté pensar acerca de lo que había ocurrido en la entrevista anterior (Para evitar pensar en su ausencia. Me ponen muy triste las ausencias) y llegué a la conclusión de que algo le pasaba a Erika. Algo le debía estar pasando, por lo cual no venía, y debía ser algo muy grave; sólo así podía comprenderse su ausencia en este momento en el que tanto necesitaba mi ayuda. Mi agudo olfato profesional me hizo oler algo muy raro. Me dirigí hacia la cocina de mi casa y apagué el horno que había dejado encendido por error, dentro del cual había una torta quemándose.


"Esta torta", pensé, "bien podría ser Erika, quemándose simbólicamente a causa de que yo la dejé abandonada en el horno, a lo que ella respondía ausentándose. Típico caso de paranoia".
Esta brillante interpretación fue interrumpida por un bostezo. Otra vez los aspectos simuladores de Erika intentaban llenar la escena de sueño para evitar la angustia.


Fue en ese preciso momento cuando me empezó a picar el pecho bueno, lo cual me llamó poderosamente la atención e hizo que dejara de preocuparme por la ausencia de Erika. Se me ocurrió que ella trataba de compensarme de su ausencia con la picazón, proyectándola en mí. Otra típica proyección paranoica —por lo demás, terriblemente molesta—. Decidí dar por terminada la segunda entrevista.


Tercera entrevista

Llegada la hora de la entrevista de Erika, ella no vino, pero la picazón de mi pecho se hizo presente. Comencé a preguntarme qué aspecto del inconsciente de Erika podía estar jugando en este síntoma que se reproducía contratransferencialmente en mi cuerpo. Llegué a la conclusión de que se trataba de una "imago picarona", pero sólo como hipótesis.


Le interpreté a Erika que por algún motivo le resultaba muy difícil venir (Diría que imposible), como tal vez le había resultado difícil esperar a que su madre le diera de mamar cuando ella lo solicitaba con urgencia. La interpretación dio en el blanco, pero Erika no estaba allí. La única respuesta fue el silencio. Yo opté por tomar este detalle como un dato más, y como un elemento resistencial a tomar en cuenta. Propuse trabajar dos veces por semana y, como Erika no respondió, interpreté su silencio como acuerdo.


Recordé las palabras de mi amigo y colega Karl Psíquembaum (No deseo aclarar en qué circunstancias me lo dijo): "Es frecuente que los pacientes ausentes no respondan a nuestras interpretaciones".


Pero Erika fue más allá. Se quedó en silencio durante todo el contrato, lo que pudo haber tenido graves consecuencias en su tratamiento si yo no lo hubiese tenido en cuenta.


El tratamiento

Durante las primeras sesiones siguió manifestándose la terrible picazón del pecho bueno que coincidía con el lapso correspondiente a la sesión de Erika. Ella, por su parte, no vino nunca.
Es claro que Erika trataba de evitar que yo me angustiara, lo que en realidad era una manera de evitar, identificada conmigo, su propia angustia frente a su madre ausente cuando ella, bebé, quería mamar.


Sólo así podía entenderse la constante picazón que me aquejaba y la permanente ausencia de Erika, que, por lo demás, ni siquiera venía una vez por mes a pagar mis honorarios. Parecía ignorar mi existencia. Más de una vez, dada la elevada suma de dinero que me debía, pensé en suspender su tratamiento.


Pero en esos momentos la teoría acudió en mi ayuda y reconocí que eso hubiera sido un acto psicopático, un acting, sería repetir una escena traumática infantil, el abandono de una beba, tal como lo había hecho su madre (Y la mía).
El tratamiento de Erika prosiguió su accidentado curso.


Fragmento de una sesión

Rasc-rasc. Froto mis uñas contra mi pecho. El escozor calma. Le pregunto a Erika:
—Así que tampoco has venido hoy, ¿eh?
Erika sigue sin responder, sin venir, sin nada. Opto por llamarla por su nombre de pila, Dora (Un colega me señaló una posible explicación del caso, mediante una condensación del nombre "de pila, Dora" con "depiladora", y me dijo que tal vez ése fuera el trabajo de Erika, y que, al tener que trabajar en su horario de sesión, no pudiese venir. No lo creo; es muy complicado), y hasta "Dorita", o "querida Dorita", pero no obtengo respuesta.
El silencio ausente me hace sospechar un mutismo esquizofrénico, pero mi experiencia clínica me dice que debo esperar, que debo respetar el tiempo de esta paciente, y que algún día volverá. Yo no debo ser una madre castradora, ni una abuela represora, ni una tía autoritaria, ni siquiera una vecina chismosa.


"Típico caso de paranoia", volví a pensar. Evidentemente, mis pensamientos se repetían merced a la red transferencial tejida por Erika, y al sueño contratransferencial que me invadía. Di por concluida la sesión.


Fragmento de otra sesión

La sesión comienza en silencio. Hoy se cumplen 234 sesiones sin que Erika haya concurrido a una sola. La picazón es muy grande y me tienta rascarme. Estoy segura de que Erika no lo notará si lo hago; claro, no se dará cuenta a nivel consciente, pero ¿y lo inconsciente? ¡Ah, ésa es la pregunta! Es claro que a nivel inconsciente Erika percibe que me pica y, peor aún, si me rascara, lo tomaría como un hecho compensatorio a consecuencia del daño que ella, en su fantasía proyectada, le infligiera a mi pecho, que en realidad es el pecho de su madre, que en realidad es su propio pecho, que en realidad es un pecho pero no se sabe de quién es... Perdón, ¿alguien vio un pecho por ahí?


"Típica situación esquizo-paranoide", pensé. Decidí no rascarme, verbalizar la transferencia en lugar de actuarla.
—¿Te molesto si me rasco? —le pregunté, interpretando su angustia.
Erika se mantuvo en total, hermético silencio. Sin embargo, la interpretación trajo cierto alivio, ya que, después de verbalizarla, me rasqué durante varios minutos, con la consecuente disminución de mi picazón.


Erika permanecía indiferente. En realidad, no permanecía.
Di por finalizada esta sesión.


El seguimiento

Seguí investigando el caso y mis asociaciones sobre Erika me ayudaron a aproximarme a sus fantasías inconscientes.(Tuve que usar mis asociaciones, porque no disponía ni siquiera de una de Erika)


—¿De modo que tú ves en mí a una madre que no te alimenta? —deliré.
El silencio de Erika, más que elocuente, fue silencioso. Una vez más mi interpretación había dado en la tecla, aunque yo no sabía en cuál. Lo importante es que la picazón cedió.
Era evidente que Erika proyectaba transferencialmente hacia mí la bronca hacia la madre que no la alimentaba. Era algo así como: "Yo la odio (porque no me da de mamar) —> Ella me odia —> Yo me rajo".


(Creo innecesario destacar que se trata de un caso típico de paranoia. A esta altura del relato, los lectores avispados ya se habrán dado cuenta.)


Erika se sentía perseguida por su madre y, transferencialmente, por mí. Para evitar ser dañada, y, proyectivamente, dañarnos, se ausentaba, tomaba distancia, se borraba.
Una vez más, había acertado. Me felicité y prometí gratificarme con una porción de torta de chocolate ni bien finalizara la sesión. Le comuniqué todo esto a Erika, menos lo de la torta, y ella no me respondió. "El que calla, otorga", pensé. ( Frase tomada del refranero psicoanalítico. [Cfr. Jean-Delaparole: Les refrans et sa relation avec l'inconsdence])
Le di el alta a Erika, ya que habíamos resuelto los nudos más complejos de su personalidad, pero, así como no había venido, tampoco se fue.


Por ese motivo hubo que dedicar algunas sesiones al duelo por la finalización del tratamiento. Más que algunas sesiones, fueron varios años, ya que Erika continuaba sin irse. Finalmente, opté por citar a otro paciente en el horario de Erika. Éste se recostaba en el diván sin notar la ausencia de Erika, y así se fue elaborando el duelo.


Epicrisis

Casos como el de Erika no se presentan a menudo en nuestra práctica. Ausencias que dicen todo lo que una posible presencia podría ocultar. Relaciones transferenciales persecutorias e interpretaciones que caen en el vacío total. A veces, los poetas se adelantan, con sus fantasías, a la ciencia. Vean, si no, esta frase de Pablo Neruda: "Me gustas cuando callas porque estás como ausente". Podría adaptarse perfectamente al caso Erika, aunque aquí diríamos: "Cuando estás ausente, callas". Erika, la ausente; Erika, la perseguida; Erika, la que en realidad se llamaba Dora, o Eduviges, o, por qué no, Epicrisis.


Erika buscó una salida histérica a una paranoia, haciéndose llamar Dora. Cuando mi brillante interpretación de la primera entrevista puso esto al descubierto, mostró lo que en realidad era, un ser vacío, ausente, abandonado, que proyectaba esta situación abandonando a los demás.
Es difícil trabajar con estos típicos pacientes paranoicos, porque a menudo interrumpen el tratamiento.
De todos modos, caben unas últimas reflexiones sobre la problemática de Erika. Sin duda, la madre la trataba como si ella estuviera ausente, no acudía a sus llamados pidiendo ser alimentada, le daba lo mismo que Erika estuviera o no. Del padre podemos decir que Erika no lo mencionó nunca, lo que nos habla de una figura ausente que, junto a la madre abandónica, lleva a esta joven a una problemática edípica que la conduce a la paranoia.
Nunca más supe nada de Erika.


Apéndice del doctor Jean-Jean Dusignifiquant

Para comenzar, diré que me parece extraordinario el relato de la doctora Traumengarten, colega con la que tengo el gusto de compartir cursos, conferencias y pacientes.


Su transcripción es de un discurso vívido, que transmite totalmente lo por ella sentido durante el caso, al punto tal que los bostezos que ella dio al comienzo de la primera entrevista me fueron transmitidos a lo largo de todo el relato, impidiéndome en algún momento seguirlo atentamente.
La claridad con la que nos muestra lo ocurrido a Eduviges (¿por qué llamada Erika? Es totalmente arbitrario) es, por momentos, brillante, y en los otros momentos, tal vez los más extensos, no.


Un primer detalle que quisiera articular es el hincapié que hace la doctora en la contratransferencia. Más que hincar el pie, lo mete hasta el fondo. Esto la lleva a considerar válidos un montón de señalamientos e interpretaciones realizados a una paciente que, en realidad, no estaba allí, no existía como paciente, no asociaba, ni nada. ¡Ni siquiera daba cuenta de los honorarios!


Por otro lado, es por demás elocuente la omisión de un detalle que cualquier alumno de primer año de mi escuela hubiera advertido: la metáfora.


¿Qué otra cosa, sino la metáfora, nos permite conocer a Eduviges?
Eduviges se fue. Eso quiere decir que "se las picó". Se las picó bien picadas, y este irse, al no ser verbalizado por la analista, es el motivo de "la picazón" que aqueja a la doctora en el pecho por ella llamado "bueno". El irse simbólico no verbalizado vuelve entonces desde lo real del cuerpo de la analista.


Si esto hubiera sido dicho, nada hubiera pasado.
Quiero terminar mi intervención volviendo a señalar la riqueza de este relato, y agradeciendo a la doctora Traumengarten por llamarme para que le señalara los errores, humildemente.


Apéndice del doctor Karl Psíquembaum

No creo que sea correcto titular de esta manera este trabajo, pues, para hacer honor a la verdad, mi apéndice lo he perdido en una operación, cuando contaba con la tierna edad de diez años. Pero vayamos al trabajo. He leído con particular detenimiento el texto de la doctora Traumengarten, colega y amiga, y la no menos brillante acotación del doctor Dusignifiquant, no menos colega ni amigo. ¡Cuán brillantes me resultan ambas ponencias! ¡Qué orgulloso me siento de que hayan seguido mis enseñanzas! Sin embargo, hay ciertos detalles que escapan en este "Caso Ernestina" (¿por qué llamada Eduviges, o Erika?) a la preclara intuición y profesionalísimo accionar de ambos colegas.


Anafreudiana no se preocupa porque Ernestina se haya ido, y repite de alguna manera lo que ella misma denuncia en la epicrisis: se hace cargo, en la transferencia, del rol de madre a la que no le importa si su hija está presente o no.


Jean-Jean denuncia algo semejante a esto, pero remite toda la picazón, síntoma sin duda peculiar, a una mera metáfora: "Yo me las piqué, ahora a ti te pica", redice el brillante analista francés. Pero la picazón que aquejaba a Anafreudiana era insoportable, y nada metafórica. Le picaba en serio, según me comentó.
Pensemos un poco. ¿Qué es la picazón?


La definición nos lleva a separar dos componentes. Por un lado, el “prurito”, aspecto que simboliza la represión. "Prurito" se usa vulgarmente como sinónimo de "prejuicio": "No hice tal cosa por prurito", se dice.


Por el otro lado, es una sensación de escozor que invita a rascarse. Es una sensación relativamente agradable, relativamente molesta, más suave en todo caso que el dolor. Hay suavidad, placer, dolor y tensión en la picazón, sobre todo si se debe esperar para poder satisfacerla, como en este caso. Se produce cada vez más placer, tensión y molestia, hasta que de pronto, con gran placer, cede. Además, "invitación", término que le otorga una cualidad "compartida" a la picazón. Uno invita, otro rasca.
A esta altura de los hechos y la teoría, no podemos dejar de otorgarle a la picazón un contexto sexuado. O sea, la sensación de Anafreudiana era claramente sexual, ubicada en su pecho bueno.
Pero el caso es que los pechos son dos, y si a ella le molestaba uno solo, bien podríamos sospechar que en realidad no era el pecho a lo que inconscientemente afectaba esta "picazón" (que a esta altura bien podríamos denominar "calentura").


Si aplicamos la ecuación pecho = pene, asociados además por la silaba “pe” con la que ambos comienzan, resulta que la doctora Traumengarten sentía claros deseos de penetrar a su paciente (calentura inconsciente en su pene, del cual ella carece, pero su inconsciente no lo sabe). Anafreudiana estaba entonces enamorada de Ernestina, y le resultaba, como a cualquier otra enamorada, insoportable la ausencia de su amada.


Así, la espera de Anafreudiana se entiende como la de una amante desesperada que sufre su soledad.


Debo destacar finalmente la excelente calidad de este relato, que lleva a la discusión psicoanalítica a su más alto nivel.



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viernes, 25 de julio de 2008

Homenaje a Melanie Klein (Rudy)


PROFESOR DOCTOR KARL PSÍQUEMBAUM
Melanie Klein fue una célebre psicoanalista inglesa que intentó reparar la teoría freudiana, ya que sentía por el creador del psicoanálisis envidia y gratitud a la vez. Se podría decir que Melanie es la fundadora de la escuela inglesa (English School) ya que antes de su llegada los británicos sólo practicaban el anglicanismo. Sin embargo, por un lado hubo psicoanalistas anteriores a Klein, como Abraham, por ejemplo y, por otro lado, la tradicional English School ya existía, aunque debemos decir que en su interior pasaba cualquier cosa menos psicoanálisis. Después de Melanie Klein muchos establecimientos de enseñanza dividieron a sus alumnos en dos grupos: los del claustro bueno y los del claustro malo.
A Melanie no la detenía en absoluto el hecho de ser una mujer insertada en una sociedad falocéntrica: "Eso del falo va a ser un invento de los lacanianos", solía decir sin que nadie entendiera nada, para luego agregar: "No tengo nada que objetar a mis teorías; a lo hecho, pecho bueno".
Para comprender a Melanie Klein debemos también hacernos una idea de la sociedad en la que vivía, la inglesa. De allí se explica su división topológica entre el "yo", por un lado, y los "objetos", por el otro, siendo el objeto de mayor peso en su teoría el paraguas, que no sólo es fálico, sino que también sirve para protegerse en caso de lluvia, tan común en Londres.
Melanie Klein describe en la evolución temporal dos fases: la primera, esquizo-paranoide, se puede observar en cualquier día londinense: llueve, al rato sale el sol, se nubla, vuelve a llover, y así. Ése es el componente esquizo.
El componente paranoide vendría a ser la reacción de cual¬quier individuo que se haya propuesto salir a la calle, y deba porerse las botas, el piloto, la malla, el pulóver, una remera o camisa fina, la corbata, y, fundamental, el chaleco de fuerza. Un individuo que estuviera en su sano juicio llegaría a pensar que se trata de un complot contra su persona. Y tal vez no estaría equivocado.
La segunda fase que describe Melanie Klein es la llamada depresiva. Ésa podemos observarla cuando el tiempo se estabiliza, y los ingleses se quedan sin tema de conversación.
Un psicoanalista joven realiza esta crítica: "¡La doctora Klein hablaba de fase depresiva porque no conoció a los Beatles! Es posible, no lo sabemos, pero lo cierto es que le debe de haber resultado muy difícil trabajar en Inglaterra, más aún dado que ella no nació allí. Lo primero que descubrió Melanie Klein cuando decidió fundar la escuela inglesa es que para ello debía viajar a Inglaterra; si no, todo le iba a resultar demasiado complicado. Lo segundo que descubrió fue que los analistas ingleses hablaban en inglés, por lo que aprendió el idioma, ya que no sólo los analistas ingleses lo hablaban, sino que los pacientes, seguramente identificados con sus terapeutas, también lo hacían. Luego iría descubriendo otros aspectos de la sintomatología característica de la región, como el sábado inglés, el budín inglés, la sopa inglesa, los piratas, y hasta el inglés de los huesos, caso clínico que luego diera lugar, cambiados los nombres, a una famosa novela del autor argentino Benito Lynch.
Veamos ahora un fragmento de una típica sesión de psicoanálisis inglés. Dicen que después de Melanie Klein el psicoanálisis se convirtió en una de las mayores aficiones de los británicos, sólo superada por el fútbol, el té, el cricket y las críticas al gobierno, además de las conversaciones sobre el tiempo, claro. Dicen que hasta llegó a haber tribunas en algunos consultorios, y la gente iba a alentar al terapeuta o al paciente, según sus preferencias, o sus transferencias. No podemos afirmar que haya sido Melanie Klein la analista de esta sesión, pero tampoco lo negaremos.
La acción transcurre en el consultorio. Ya está la analista, y llega el paciente P.

A.: Buenas tardes.
P.: Son buenas las tardes, ¿no lo son?
A.: ¿Usted qué piensa?
P.: Creo que debería cerrar el paraguas, ¿no lo cree usted?
A.: Eso lo debe decidir usted.
P.: Si las tardes son buenas como usted lo dijo, yo debería cerrar mi paraguas, pero me temo que esté fuertemente lloviendo, ¿no lo está?
A.: Y usted usa el paraguas para protegerse, claro.
P.: Lo que ocurre es que suele llover, ¿es que acaso no suele?
A.: Ahora no está lloviendo. Ahora sí. Ahora no. Ahora sí. Bueno, pero de todas maneras estamos en el consultorio, un lugar protegido. ¿No recuerda usted otros lugares en los que se haya sentido protegido, en su vida?
P.: ¡Oh, sí, por cierto! Recuerdo los viejos buenos tiempos de Carbuncle's School.
A.: ¿Su colegio secundario?
P.: Oh, no, de ningún modo es así: Carbuncle's School era mi perro.
A.: Pues es un nombre extraño para un perro. Más bien parece el nombre de un colegio.
P.: Lo que pasa es que yo aprendí mucho de él. Era como un padre para mí. Me enseñó a defenderme en la vida.
A.: ¿Era un perro con mucha experiencia?
P.: No, mordía. A mí me mordía. Si no hubiera logrado escapar de sus persecuciones no estaría aquí ahora, ¿o acaso estaría?
A.: Es usted un tanto indeciso.
P: ¿Lo soy?
A.: Sí, lo es. Por lo pronto, no ha cerrado usted el paraguas ni se ha recostado en el diván.
P: ¿Es que acaso debiera haberlo hecho?
A.: Sí, debería. Y ahora siéntese que tomaremos el five o'clock test.
P.: ¡Cielos, son las five o'clock tea! ¡En efecto, lo son!
A.: ¿Qué asocia usted con esa hora?
P.: ¡El té, el té! Recuerdo a mis padres discutir acaloradamente porque mi madre quería servir el té con limón, y mi padre reclamaba una nube de leche en su taza. ¡Todas las tardes lo mismo!
A.: Y usted, escuchándolos...
P: Sí, yo escuchándolos escondido, ¿no es así? Ellos creían que tomaban el té a solas, y yo los escuchaba cómo se iban poniendo, y luego tomaban una y otra taza, ¡una y otra taza!
A.: Y esto quedó grabado en su mente.
P: En efecto, quedó grabado, ¿no es así?
A.: Y por eso usted no cierra su paraguas, teme que lo salpique una gota de la nube de leche de su padre, claro está.
P: Claro está, ¿está claro?
A.: Dejemos aquí por hoy.
P: ¿Cree usted que deba cerrar el paraguas? No parece estar lloviendo, ¿parece?

Cualquier analista actual comprenderá el durísimo esfuerzo que implicaba para Melanie Klein y sus seguidores la tarea de analizar ingleses. (Tal vez cuando la escuela japonesa o la vasca nos hagan llegar sus escritos nos encontremos con un nuevo tipo de desafío. Por ahora es poco lo que sabemos al respecto.)
Si nos detenemos en la sesión transcripta, comprendemos por qué Melanie Klein no tomó en cuenta la teoría significante: en Inglaterra, un significante remite a otro significante, pero a otro cualquiera, más determinado por el estado del tiem¬po que por la estructura del sujeto. Vemos además la importancia de los objetos. En este caso, el paraguas no era un falo que diese poder como habría interpretado un lacaniano, sino un objeto protector, casi materno, dentro del cual él podía crecer seguro. Este sentimiento es, sin duda, común en Inglaterra, y hasta tal vez sea alentado por los fabricantes de paraguas. ¿Qué podemos decir del perro, que quedó ubicado en el esquema libidinal del sujeto como un padre castrador? Con un buen análisis temprano, digamos casi de nacimiento, el sujeto hubiera encontrado un objeto transicional, por ejemplo un hueso, con el que calmar a un padre tan agresivamente canino. Pero no fue así.
Más allá de este caso, otro mérito de Melanie Klein, que debemos señalar, es el del desarrollo de la identificación proyectiva. Otra vez nos maravillamos ante su percepción, si recordamos que realizó esa teorización en Inglaterra. Si hubiera pertenecido a la escuela francesa de Lumière, o a la norteamericana de la Metro Goldwyn Mayer, todo habría sido muy simple. Pero no, fue en Inglaterra.
Vemos entonces lo dificultoso que ha sido el desarrollo de la escuela inglesa de Melanie Klein. Evidentemente, lo suyo no fue un juego de niños.


Acotaciones

No puedo agregar nada a las emocionantes palabras del doctor Psíquembaum. Me gustaría poder acotar algún comentario, señalar algunos de sus aciertos, pero no estoy en condiciones de hacerlo. Me quedé dormida al comenzar a leer el escrito.

Doctora Anafreudiana Traumengarten


Interesante la postura del doctor Psíquembaum al explayarse sobre la escuela inglesa, pero olvidó un aspecto, quizás el paradigma del psicoanálisis inglés. Esa frase que estaba en todos los consultorios, al menos según la leyenda: "Time is money".

Phillip Twentydollars


La teoría kleiniana me parece absurdamente complicada. ¿Qué quiere decir "acaso"?

Doctor Alain Supositoire


La teoría kleiniana es uno de los grandes capitales del psicoanálisis. Y ya conocen los lectores lo que yo opino del capitalismo.

Licenciado León Neurotsky




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viernes, 18 de julio de 2008

El otro (Rudy)


PROFESOR DOCTOR KARL PSÍQUEMBAUM
Introducción

Mucho se ha hablado en psicoanálisis de la incidencia de otros en el mundo, en la cultura y en el mismísimo tratamiento. Tal vez queden algunos aspectos teóricos que resolver al respecto, como ser si esos otros van con mayúscula o minúscula, si es "otro" en singular u "otros" en plural, si cabe hablar de "un otro", "varios otros", "otros otros", y hasta de "otro sotros" por una deformación lingüística de ésas que tanto les gustan a nuestros colegas lacanianos. No se ha resuelto aún si el lugar del otro puede ser ocupado por uno en tanto y en cuanto le ceda el asiento ni bien el otro se haga presente, ni muchos otros interrogantes, y muchos interrogantes otros. Pero hay algo que nadie pone en duda a esta altura de la terapia: "En una relación psicoanalítica que se precie de tal, el otro siempre es el portero o encargado del edificio en el que vive el analista". Y esto, no hay escuela que haya podido desmentirlo. Al portero, digo.
Tal vez algún lector sienta ciertas dudas ante la temeridad de la afirmación que acabo de cometer. Es posible que se trate de un lector que no se analice, o cuyo analista viva en una casa, o bien, y ésta es sin duda mi opción predilecta, que quien esté leyendo este artículo y cuestione lo antedicho sea el encargado del edificio en el que vive algún psicoanalista. Y que haya comprado este libro para entender mejor a su consorcista predilecto, o a los pacientes del mismo, y piense que leyéndolo se enterará de insondables secretos de la vida del licenciado ese del 9° "G".
De todas maneras, mi intención no es polémica sino ilustrativa. El lector juzgará si, a partir de los ejemplos que he de presentar, merece el encargado la categorización por mí propuesta. Discutiremos y llegaremos a un acuerdo, como suele ocurrir entre analistas, o bien no nos pondremos de acuerdo, como suele ocurrir entre analistas.


Caso 1: Cuéntame tu vida

Un paciente se dirige al departamento de su analista. La puerta de calle está abierta pues el portero eléctrico no funciona. Pero el de carne y hueso sí.
PORTERO: ¿Adónde va?
PACIENTE: Voy al 9° "G", a lo del licenciado Neurotsky.
PORTERO: ¿Y por qué motivo va?
PACIENTE: Angustia.
PORTERO: ¿Está angustiado el licenciado? ¡Qué raro, hoy por la mañana cuando vino de la verdulería parecía estar lo más bien! ¿No me estará mintiendo usted, no?
PACIENTE: ¿Mentirle? ¿Por qué iba yo a mentirle a usted?
PORTERO: ¡Y qué sé yo! Yo no soy psicoanalista (sic). Por ahí usted me miente porque en lugar de ir a lo del licenciado Neurotsky quiere ir a lo de la rubia del 8° "G", que está fuertísima, y dicho sea de paso ¡lo tiene loco al licenciado! Él se la come con los ojos, le sale espuma por la boca, y ella ni bola le da, ¡es una histérica, esa mina; figúrese que ni a mí me da bolilla! Por ahí es eso lo que lo tiene angustiado al licenciado, ahora que lo dice...
PACIENTE: No, el que está angustiado soy yo.
PORTERO: Ah, ¿ve que yo tenía razón? A usted tampoco le da bola la rubia, y usted se angustia, y después me viene a decir a mí que quiere ir a lo del licenciado Neurotsky, ¡vaaamos!, ¿se cree que nací ayer, yo?
PACIENTE: Escúcheme, por favor, acá hay un error...
PORTERO: ¿Sabe que tiene razón, usted? Hace muy mal la rubia en no darle bola al licenciado. Él es un tipo culto, tiene su pinta, debe hacer buen dinero con la historia esa de interpretarles los sueños a los giles. Pero, entre nosotros, lo que pasa es que el tipo es muy mujeriego. Cada tanto se aparece con una mina distinta. ¡Cada bagayo! Se ve que es un desesperado, el licenciado. Si hay días que está con una, y acá abajo hay otra esperando. ¡Uy, las que debe hacer en ese diván!
PACIENTE: Mire, es mi hora...
PORTERO: Pare, pare que le termino de contar, ¿ve que usted me engaña y quiere ver a la rubia? Si de verdad tuviera hora con el licenciado, no estaría tan apurado por entrar. ¡Es más aburrido el tipo ese! Meta leer libros, fumar en pipa y hablar leeento, pausaaaado, como si cada palabra que dice fuera importante. ¡Yo no sé quién se cree que es! Pero la rubia igual no le da bola, ¡jajajá!
PACIENTE: Quiero entrar, ya perdí veinte minutos de mi sesión y...
PORTERO: ¡Eh, no se ponga así, no se angustie! Mire, la rubia por ahora está con otro tipo, y si es por el licenciado, mucho no va a notar que usted no está. Seguro que aprovecha para leerse otro capítulo de la novela esa de la mina que se llamaba Dora pero que en realidad no se llamaba Dora, que les tenía miedo a las ratas y que tenía un pibe que se llamaba Juanito pero le decían pequeño Hans, que tuvo que atra¬vesar un bosque y se lo comió un hombre lobo.
(El PACIENTE se crispa, cierra los puños.)
PORTERO: Uy, cómo se puso. La verdad es que es apasionante la novela esa. Déjelo al licenciado que siga leyendo tranquilo, déjelo aquí por hoy y vuelva el próximo martes, que por ahí la rubia está libre, ¿le parece?
(El PACIENTE se va y da un portazo.)
PORTERO: Eh, espere, que me faltaba contarle una cosa que... Parece que no le interesó lo de la rubia, ¿no será medio homosexual? Ya sé, se lo voy a preguntar al licenciado Neurotsky la próxima vez que lo vea.


Caso 2: Psicoanálisis muy profano

La señorita Ramírez está por tomar el ascensor rumbo a la sesión con su analista, el doctor Supositoire.

PORTERO: ¿Adónde va?
SEÑORITA: ¿Cómo que adonde voy? Voy al 4° "G".
PORTERO: ¿A lo del doctor? Qué raro, porque todos los martes a esta hora suele venir una mujer.
SEÑORITA: Yo soy una mujer.
PORTERO: Sí, ya lo sé, pero yo decía otra, una morocha, con pelo lacio y cara...
SEÑORITA: Yo era morocha y de pelo lacio. Me teñí y me hice la permanente. ¿Qué iba a decir de mi cara?
PORTERO: ¿Y la estética, también se hizo la estética? Le pregunto porque la veo muy mejorada, ¿sabe? Porque, entre nosotros, cuando usted empezó a venir, yo me dije... humm, esta mina está más loca que una cabra, pobre doctor los pacientes que le tocan; seguro que ésta es psicópata, esquizofrénica o por lo menos melancólica con tendencias autodestructivas incoercibles.
SEÑORITA: ¿De dónde sacó eso?
PORTERO: De su manera de tocar el timbre. Usted sabe, yo soy muy psicólogo, y tanto estar acá en este edificio lleno de analistas, neuróticos y algún que otro perverso polimorfo, uno se va formando, va adquiriendo práctica. Además, tengo un supervisor de primera.
SEÑORITA: ¿Supervisor?
PORTERO: Sí, Rodríguez, el encargado del edificio verde que está ahí en la esquina, ¿lo ve? Rodríguez ya es nuestro didacta, todos los encargados de la cuadra supervisamos con él. Y alguno de los analistas, también, no le voy a mentir, pero hablemos mejor de usted: la lleva bien el doctor, ¿no?
SEÑORITA: Bueno, sí, el doctor es como un padre para mí...
PORTERO: ¿Usted lo dice en el sentido edípico, o simplemente porque se hace cargo de sus angustias y frustraciones, a la vez que le pone límites que le permiten y al mismo tiempo le prohiben desarrollarse como persona? Porque no es lo mismo, ¿vio?
SEÑORITA: Mire, yo preferiría no hablar de esto porque...
PORTERO: Sí, sí, claro, la resistencia, ya lo veo. Usted se comporta conmigo como si yo fuera su madre que la va a retar por algo que usted imaginó con el doctor Supositoire, que vendría a ser su padre, es decir como si usted ocupara el lugar que en realidad me corresponde a mí, por eso le da culpa y se oculta, y actúa ese deseo de ocultarse haciéndose la permanente y tiñéndose el pelo, que por otra parte no le quedaba nada mal antes, le daba un aspecto psicótico muy atractivo.
SEÑORITA: ¡Escúcheme!
PORTERO: No hace falta que me lo pida como un niño a su madre. Yo ya la estoy escuchando.
SEÑORITA: Usted está actuando como si fuera el doctor y...
PORTERO: ¡Lindo truco, el suyo! Yo le dije primero que usted actuaba conmigo como si yo fuera su madre y el doctor su padre edípico; ahora usted me pone a mí, su madre, en el lugar del doctor, su padre, con lo que las figuras quedan indiscriminadas, ya no se sabe quién es mamá y quién es papá, y encima después usted me interpreta esto poniéndose usted misma en el lugar del doctor y a mí en el lugar suyo, con lo que quedamos los tres aglutinados en una pelota que...
SEÑORITA: Pare, pare, que a usted nadie lo metió en nada. Yo me atiendo con el doctor, ¡y listo! (Toma el ascensor.)
PORTERO (desde abajo, le grita enojado): ¡Y yo qué soy, el portero excluido soy!


Caso 3: Consorcio terminable o interminable

El licenciado Freudenlerner, joven analista, abre la puerta de calle del edificio en el que tiene su consultorio, y antes de que tome el ascensor, llega el portero.

PORTERO: Ay, licenciado, tengo una mala noticia para usted.
FREUDENLERNER: ¡No me diga que cortaron la luz!
PORTERO: Si fuera eso nomás. No, lo que le quiero decir es que su paciente de las 16, vio, ese medio neurótico con ciertos rasgos adictivos, bueno, ése, no va a venir más al tratamiento.
FREUDENLERNER: ¿Y usted cómo lo sabe? ¿Acaso mi paciente vino y habló con usted?
PORTERO: Pero no, licenciado. ¿Cómo va a hacer eso? ¿Y el secreto profesional? No, lo que pasó es que hace un par de horas, cuando creía que nadie lo veía, pero yo lo vi, solicitó una entrevista con el licenciado del 5° "J".
FREUDENLERNER: ¡¿Goldstein?! No puedo creerlo. ¿Cómo me va a hacer una cosa así? ¡Si estudiamos juntos, fuimos al mismo grupo de Lacan, hasta tenemos ciertos acuerdos teóricos alrededor de la transferencia y las pulsiones! ¡La de noches que habremos pasado meta pipa y catarsis hasta que nos echaban del bar! ¡Y encima con ese caso tan atractivo!
PORTERO: Así son las cosas, licenciado, el analista es siempre el último que se entera. Todo parece estar muy bien, hasta que un día la transferencia se disuelve y el paciente se va sin dejar huellas mnémicas. Pero recuerde que los lacanianos no lloran.
FREUDENLERNER: Se ve que usted sabe de esto, ¡eh!
PORTERO: Es que acá se ve cada cosa. Mire, conocí pacientes que dejaron a sus analistas por otros, analistas que dejaron a sus pacientes por otros, pacientes que se analizan entre ellos, tipos que practican el análisis con sus propias cuñadas, sobrinas o consuegras. Tipos que se analizan con dos al mismo tiempo. Analistas que no reconocen a sus pacientes. Tipos que se analizan en el ascensor. Altas o interrupciones antes de tiempo. Mire, hubo uno que se analizaba con el licenciado del piso 15°, pero un día que no andaba el ascensor conoció a una licenciada del primer piso, y ahí están, ¡cada vez que se corta la luz el pobre de arriba cree que su paciente falta por causa justificada y no le cobra la sesión, y el otro aprovecha y se recuesta en el diván de ella! ¡Mire si no habrá casos!
FREUDENLERNER: Me convenció, voy a dedicarme a vender zapatos, como quería mi papá. (Se va.)
PORTERO (por el portero eléctrico): Hola, ¿Gómez? Sí, mire, voy a tener un departamentito apto profesional como el que quería para su cuñada, se está por desocupar, ¿le interesa?


Tal vez estos casos alcancen, tal vez no, pero creemos que como pruebas son más que fehacientes. Y si no, baje y pregúntele al portero.





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viernes, 11 de julio de 2008

Identidades (Rudy)


JAMES "JIM" TRAUMENGARTEN

Primera entrevista

Estaba en mi consultorio. Era de noche. Llovía. Estaba en penumbras. Hubiera querido leer alguno de mis textos favoritos, pongamos por caso una novela de Phillip Marlowe, pero varios hechos me lo impidieron. Primero, que hacía poco tiempo había devuelto la mayoría de mis libros a sus legítimos dueños; segundo, que me resulta difícil leer en penumbras y si prendía la luz perdía todo el clima; y tercero, alguien golpeó a mi puerta y me dispuse a ver quién había sido el agresor que se había aprovechado de la imposibilidad de mi puerta de devolverle el golpe.
¡Pobre mi puerta, cuántas veces habré sido su única com¬pañía en esas noches de divanes deshabitados!
Mientras pensaba todo esto, mi puerta volvió a ser golpeada. No pude más, me paré raudo y enarbolando el tercer tomo de las Obras completas (el único que me quedó sin empeñar), abrí la puerta.
El agresor había sido un hombre de mediana edad y una es¬tatura de unos cuarenta años, más o menos, a quién increpé duramente:
—¿Por qué golpea a mi puerta?
—Es que no hay timbre.

—¿Y qué? ¿Acaso pensaba golpear al timbre? ¿No puede canalizar sus pulsiones agresivas con algún objeto que sí se pueda defender?
—No...
—¿No qué, no pensaba golpearlo o no puede canalizar su agresión?
—No pensaba golpearlo... sólo quería tocarlo...
—Ya veo, fetichista, quería usted gozar con mi timbre y ante su ausencia le echa la culpa a la puerta y la golpea...
—No, en realidad todo eso lo hacía para verlo a usted...
—Ah, ¡voyeurista! pero para que lo sepa, yo no gozo exhibiéndome, y mucho menos gratis...
—Puedo pagarle...
—Adelante, ¿qué desea? —.El tipo me cayó mejor. Alguien que piensa pagarme tan malo no podía ser.
—Consultarlo, ¿doctor Traumengarten...?
—Sí, ése es mi nombre ¿Qué más desea saber?
—No, no deseo saber, deseo que me ayude a encontrar a Charlie. ¡Estoy desesperado!
—¿Y por qué no consultó a un detective?
—Consulté, pero él fue quien me mandó aquí.
—Ya veo... ya veo... —.En realidad, no veía nada. Como ya dije, estaba en penumbras.
¿Quién sería este Charlie, y por qué estaba mi cliente tan desesperado por encontrarlo/a? ¿Sería su novia? ¿Sería su hijo? ¿Sería su padre? ¿Sería su pene? ¿Sería una alucinación? ¿Qué habría hecho que un detective privado rechace el caso, con los cincuenta jugosos, deliciosos dólares diarios más gastos que ello implicaba?
Mientras yo reflexionaba sobre el caso, el tipo se me tiró encima y me imploró:
—¡Ayúdeme, ayúdeme, tengo que encontrarlo!
Para sacarme las dudas y a mi cliente de encima, le pregunté si tenía una foto
Tenía. Sacó una foto y me la alcanzó. La miré.
—¡Una foto suya no, una de Charlie! —le grité.
—Es que ésta es una foto de Charlie —me dijo.
Era igual que él, pero más joven.
—No entiendo, ¿Charlie es su hermano mellizo más joven? —le pregunté, como si alguien pudiera tener un hermano mellizo varios años más joven.
—No, él no es mi hermano...
—¿Un hijo suyo logrado por clonación?
—Noooo, no es mi hijo...
—¿Su padre?
—No, Charlie..., Charlie es...
—¿Charlie es?
—Charlie es...
—¿Sí, quién es? —pregunté, ya harto.
—¡Yo! —respondió otra voz, detrás de la puerta. Pude reconocer el vozarrón de Marco, el encargado, que venía a cobrar las expensas. Pero mi cliente ya estaba desmayado.


Marco entró agitando unos papeles con aspecto de recibo o de boletas impagas. Le di otras que ya tenía, para que las tirara todas juntas a la basura, pero no cayó en la trampa. Soy muy mal psicópata, y él es de los buenos.
—Vea dotor, o me paga o le rompo todo el consultorio.
—Rompa tranquilo, Marco, que acá no queda nada por romper. Mi diván es imaginario, los sillones están tan rotos que otro corte no les haría nada, y el retrato de Lacan que puse cuando empeñé el de Freud, también está empeñado.
Marco miró para todos lados, y finalmente agarró el tercer tomo de las Obras completas y se lo llevó.
—Cuando me pague se lo devuelvo, dotor... Mientras tanto voy a leerles un cuentito a mis hijos... A ver éste... "Los que fracasan al triunfar"...
Y se fue. Intenté reanimar a mi paciente-cliente, a quien la impresión de alguien dijera ser Charlie le había provocado tremendo desmayo.
Finalmente recobró el conocimiento, más otros conocimientos que nunca había tenido
—¿Ése... era Charlie?
—No, era Marco.
—Menos mal...
—¿Cómo "menos mal"? ¿No era que usted quería encontrar a Charlie? ¿No hubiera sido una suerte que justo Charlie estu¬iera aquí? —le pregunté, aunque enseguida entendí. Si Charlie hubiera sido Marco, habría sido muy distinto del de la foto. Hubiera sido como buscar otro Charlie. U otro marco.
—No... —sollozó—. ¡Charlie con otro, no!
—Pero no entiendo, ¿Charlie es...?
—No es lo que usted piensa, doctor! —me dijo, pero yo pen¬saba diez mil cosas, había que ver cuál de esas diez mil no era.
—A ver si me lo dice de una vez. ¿Quién es Charlie?
—¡Yo!
—¿Usted es Charlie?
—Bueno, no exactamente yo, digamos mi yo; no, a ver, tal vez se podría decir que es mi narcisismo, mi ideal del yo, mis identificaciones, si fuéramos lacanianos diríamos mi moi o mi "je", o bien podríamos decirle mi self... hace tiempo que lo he perdido, no tengo narcicismo, ni personalidad ni nada, estoy... ¿Entiende por qué me puse tan mal cuando apareció Marco? ¡Era como si me hubiera robado el "yo"!
—Mire, Marco es capaz de hacer cualquier cosa para que le paguen, pero jamás llegó a llevarse el narcicismo de nadie, tranquilícese, Charlie.
—¿"Charlie"? ¿Usted me acaba de llamar "Charlie"?
—Sí, ¿no dijo que usted era Charlie?
—Doctor, no me haga bromas... ¡le estoy diciendo que me he perdido, que no tengo yo, que no tengo narcisismo!
—¿Tiene como para pagar cincuenta dólares dos veces por semana?
—Sí.
—Entonces no está todo perdido —le dije. Y le propuse iniciar tratamiento.


Primeras sesiones

El tratamiento de este caso no fue simple, sin duda. El paciente llegaba, me preguntaba si había alguna novedad, me pagaba y se iba. Bueno, tampoco era demasiado complicado, pero yo me preguntaba si quería tener ese tipo de tratamiento con un paciente. Y me respondía que sí, ya que en poco tiempo más podría recuperar mi diván, mi retrato de Lacan, mi retrato de Freud (al que había reemplazado con el de Lacan) y, tal vez, hasta pagar el alquiler del diploma, y comprarme un sandwich.
Pero había algo en este caso que me incomodaba. Era un clavo en mi silla. Con un martillo lo arreglé, y seguí pensando.
Tampoco tenía demasiado que hacer, así que finalmente me fui a dar una vuelta.
Era de noche. Nublado, frío, con un diez por ciento de probabilidades de mejoría, la visibilidad ambiental reducida. Decidí entrar en el primer boliche que encontrara.
El boliche en el que entré se llamaba "Narcisismo". Un gorila desaliñado que estaba en la puerta no me quería dejar entrar, pero cuando me vio de cerca creyó que se trataba de él mismo (éramos increíblemente parecidos) y me permitió el acceso. Yo ya sabía que no era fácil la introducción al "Narcisismo", pero lo había logrado.
Se me acercó otro matón.
—Quiero hablar con el jefe —le dije.
—Con él estoy hablando —me contestó.
¿Cómo? ¿Entonces el jefe de este lugar era yo? No entendía nada. Le mostré la foto de Charlie.
—¿Conocés al yo de este tipo?
—Aquí no entra ningún yo... —me contestó—. Éste es un lugar desente (sí, lo pronunció con "s"), o sea, de deseos.
—Querrás decir "deseante".
—-No se haga el analista conmigo... Si dije "desente" es porque quise decir eso.
—Mirá, amigo, yo estoy buscando al yo de este hombre y...
—Yo no soy tu amigo, la amistad es la sublimación de pulsiones homosexuales, coartadas en su fin —me respondió—. Y ¡si te vuelvo a ver por acá te mato! ¡Nadie me trata de homosexual!
Éste era realmente un sujeto peligroso, y no tenía objeto seguir interrogándolo, así que me fui.
Intenté volver por la puerta de servicio, al costado. Ese lugar me parecía sospechoso.
Entré. Estaba lleno de chicas, señoras, señores, ancianos y niños. Todos eran iguales a mí.
Salí nuevamente, porque temí que si me quedaba en ese sitio, sería para siempre.
En un callejón cercano me pareció ver al yo de mi paciente corriendo. Lo corrí, pero cuando llegué no había nadie.
Esto me resultó sospechoso. Entonces agarré por la solapa al primer transeúnte que pasaba y le dije:
—Cantá.
Y el tipo cantó un tango. No me gustó.
"Acá debe estar metida la mafia", pensé, "pero si mi paciente siente que la mafia secuestró a su yo, la cosa le va a resultar muy cara, digamos varios años de tratamiento".
Una bella mujer se me cruzó en el camino.
—Cincuenta dólares —me dijo.
—Es lo que cobro yo —le respondí.
—No me vas a comparar —dijo—. Yo tengo piernas mucho más interesantes.
—Sí, pero yo sé mucha técnica.
—Yo tengo lo mío, y también sé mucho —dijo.
Entonces le mostré la foto.
—¿Quién es ése, tu mejor cliente, que llevás la foto? —me preguntó, sin imaginar cuán cerca de la verdad estaba.
—¿Has visto al yo de este tipo? —le pregunté.
—Ni al yo, ni al pene —me respondió.
Seguí mi camino.
Dos matones se me cruzaron. Uno me agarró de la solapa, el otro me pegó, y me dijo:
—Te recomendamos no interferir.
—¿En qué?
—En nada.
—Pero...
—No opongas resistencia, o no podrá seguir el tratamiento, ya lo sabés —me dijeron. Y se fueron.
Decidí ir al bar de Tom a pensar con cierta tranquilidad. Aluciné un taxi, me subí a él, y empecé a caminar rumbo al bar.
Mientras caminaba me puse a pensar en las elucubraciones teórico-técnicas de un caso como éste.


Dudas teórico-técnicas

Ayudar a un sujeto a encontrar su yo que se ha perdido, es sin duda un trabajo difícil. Vaya a saber si el yo ha sido secuestrado, asesinado, o simplemente huyó con otra persona que lo tratara mejor, le prometiera más sexo, o simplemente un superyó menos exigente y un ello más imaginativo. Nada semejante parece existir en la casuística de Freud, ni en los archivos de la policía. No es común que un individuo llame al comando radioeléctrico para denunciar que le robaron el yo. Si se tratara de un objeto, todavía, pero ¿el yo?
Por otro lado, técnicamente me encontraba con una dificultad. Suelo llamar a mis pacientes por un nombre en particular. En general, es su propio nombre. Y, si el caso llegara a ser publicado, cambio el nombre por otro. Pero en este caso, mi paciente declaró que su nombre había huido junto a su yo, que no tenía más nombre. Por lo tanto, no podía usar su nombre verdadero. Y tampoco un nombre falso, porque corría el riesgo de que el nombre que yo eligiera como falso terminara siendo el verdadero del paciente.
Tal vez un lector avezado me dirá que el nombre del paciente debe ser "Charlie", ya que así llamó a su yo. Pero ¿y si él usó a su vez un nombre falso?
Decidí que lo mejor para este caso sería un buen interrogatorio.
Me pregunté a quién interrogar. Mientras tanto, había llegado al bar de Tom. Le pagué al taxista imaginario con billetes tan imaginarios como el taxi, y fui hacia una mesa.
Me pregunté el por qué de la alucinación del taxi. Me dije que era por la crisis, la falta de dinero, y me prometí que la próxima vez alucinaría un subte.
Tomé la foto de Charlie, y con ella en el bolsillo me dirigí a la mesa. Pensé en pedir otra vez mi trago favorito, el "whisky a crédito", pero recordé que Pete, el mozo, me había alertado que en ese bar el whisky era bueno, pero el crédito no. Finalmente no pedí nada, le dejé a Pete la habitual propina (no suelo dejarle nada) y cuando vino a recriminarme, lo tomé de la solapa, y le dije:
—¿Dónde está Charlie?
—Ah, sí, el jueguito ése... Pero ¿no se llamaba Dónde Está Freddy?
¡De modo que era Freddy y no Charlie el nombre de mi paciente! ¡Me había engañado todo el tiempo! Decidí volver a mi consultorio y atenderlo. ¡Ya vería ése quién era yo! ¡Y ya vería yo quién era él, o al menos lo intentaría!
O como dijo el esquizofrénico: "¡Ya va a ver ése quiénes soy yo!".


Sesión siguiente

Entra el paciente y lo saludo:
—Hola, Freddy, haz de cuenta de que aquí hay un diván y recuéstate.
—No, eh, mire, soy yo... No sé si me equivoqué de consultorio, de hora o de cuerpo, pero yo no soy Freddy.
—Ah, ¿no? ¿Y entonces, quién eres?
—Charlie.
—¡Lo sabía, siempre lo supe, habías estado todo el tiempo allí! Nunca dejaste a mi paciente y pretendías engañarme!
—Oh, yo... Es que... no, digo, eh...
—¡Ponte de acuerdo, que eres fóbico, no obsesivo!
—Bueno, sí, es verdad, mi yo soy yo.
—¿¡Por qué lo hiciste!?
—Bueno, es que... me sentía solo, y...
—Ya veo —dije—, ahora vete de aquí y no vuelvas nunca más.
—Pero... ¿y el tratamiento?
—Oh, ya veo... Todo esto era un truco para poder contactarte conmigo e iniciar tratamiento... Debías esconder tu demanda de análisis detrás de una excusa que engañara a tu propio yo y sorteara las defensas para...
—No, no es eso, es que no sabía si usted me atendería si yo no le daba un motivo lo suficientemente angustiante.
—Pero Charlie, hay un motivo de análisis mucho más simple que podías haber traído y a mí me hubiera conmovido des¬de un principio.
—¿Cuál?
—Cincuenta dólares la sesión...




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