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viernes, 20 de febrero de 2009

Psicoanálisis de la Adolescencia. Peter Blos. (Parte 7)

7. Postadolescencia
La transición de la adolescencia a la edad adulta esta marcada por una fase intermedia, la postadolescencia, que puede ser reclamada con derecho por ambos, y desde luego puede ser vista desde cualquiera de estas dos etapas. Sin embargo hay razones por las que la postadolescencia se analiza aquí como continuación de proceso adolescente, o más bien como su reflujo pálido. Estas razones se aclaran cuando pongamos al desnudo los pasos esenciales en la formación de la postadolescencia que representan la precondición para el logro de la madurez psicológica, el sujeto se describe aquí como postadolescente en general y correctamente referido como un adulto joven.
Aun después de que los conflictos de bisexualidad (principio de la adolescencia) y del desembarazo de tempranas ligas de objeto (propias de la adolescencia) han encontrado bases estables, y después de que las tareas selectivas de la vida han adquirido forma, definición y articulación a través de la consolidación de los roles e identificaciones irreversibles (adolescencia tardía): aun después de que estas fases de desarrollo son atravesadas con éxito, todavía le falta armonía a la realización total. En términos del desarrollo del yo y de organización de impulsos la estructura psíquica ha adquirido al final de la adolescencia tardía una fijación que permite al postadolescente volver al problema de armonizar las partes componentes de la personalidad. Esta integración surge gradualmente. Generalmente ocurre como preparación para o como coincidencia con la selección ocupacional... siempre que las circunstancias permitan al sujeto hacer la selección. La integración va de la mano con la actividad del rol social, con el enamoramiento, con el matrimonio, la paternidad y la maternidad. La apariencia del rol manifiesto del joven adulto –teniendo un empleo, preparándose para una carrera, estando casado, o teniendo un hijo- fácilmente empaña el estado incompleto de la formación de la personalidad.
De la experiencia clínica con adultos jóvenes, me inclinó a decir que uno de sus principales intereses es la elaboración de salvaguardas que automáticamente protege el balance narcisista. Este logro, desde luego, es asegurado sólo si las necesidades instintivas y los intereses yoicos, con su naturaleza frecuentemente contradictoria y sus satisfacciones inestables, han logrado un balance armonioso dentro de ellos mismos. Esto se completa si el yo tiene éxito en su función sintética. Los procesos integradores dominan la fase final de la adolescencia, y la adolescencia tardía se caracteriza por la consolidación de estos componentes, constituyentes esenciales de la vida mental que necesitan ser integrados en un todo funcional. Desde luego, el proceso puede ser llamado el logro del desarrollo en la organización de la personalidad que es específica para la postadolescencia.
Podemos resumir aquí y decir que el período que sigue al clímax adolescente de la adolescencia como tal es caracterizado por procesos integrativos. Al fin de la adolescencia estos procesos llevan a una delimitación de metas definibles como tareas de la vida; mientras que en la postadolescencia, la realización destos fines en términos de relaciones permanentes, roles, y selecciones del medio ambiente, se vuelven los más importantes. El yo fortalecido por el rechazo de los conflictos instintivos, se vuelve ahora visible y crecientemente absorbido por estos esfuerzos.
La naturaleza bifásica de la estabilización de la personalidad, que se vuelve dominante después de que los estados caóticos de la temprana adolescencia y de la adolescencia en sí han pasado, requiere escasamente alguna documentación aquí. Una observación cuidadosa probará fácilmente el punto. Es interesante en esta conexión recordar la novela evolucionista de Goethe. Wilhem Meister, que presentó en dos partes; la primera se titula Años de aprendizaje (Lehrjahre), la segunda es llamada Años de divagación (Wanderjahre). Esta división está tomada de los pasos tradicionales que se usaban en la era preindustrial para volverse un artesano y un miembro del gremio, y refleja una progresión bifásica similar a la hecha anteriormente. En la primera etapa de la novela de Goethe, Wlhelm lleva una vida aparentemente de despilfarro y de escándalo, sin metas. Empieza como un aprendiz en el negocio de la familia, pero esta carrera comercial es pronto interrumpida por un amor apasionado por el teatro y la idealización de la vida del actor. Esto es seguido por una desilusión sobria de la que es rescatado por la influencia de un hombre mayor de una sabiduría intelectual y erudita. Todos estos sucesos son entrelazados con su amor romántico por una chica en crecimiento y una serie de apasionados affaaires sexuales y platónicos. La segunda parte de la novela, en agudo contraste, está dominada por las dos ideas de autolimitación y de trabajo. El tema de la renunciación implica la dedicación a un fin limitado. Wilhelm se vuelve un cirujano. Deja de ser atraído por muchas tentaciones de la vida y reduce sus muchas inclinaciones a aquellas que importan en su existencia actual. Ha cambiado de un individuo impulsivo, buscador y seguidor de ideales en un ciudadano del mundo. Se ha enterado de sus obligaciones sociales y del sentido de dignidad, derivadas de sentirse útil a sus semejantes.
Metafóricamente, el segundo periodo de Wilhem describe la actividad yoica de la postadolescencia, que prepara al joven adulto para el último escalón de su asentamiento. Este último paso es dado en el tiempo cuando las variadas tareas de la vida – en términos de necesidades instintivas e intereses yoicos – han alcanzado una organización satisfactoria y relativamente armoniosa que puede ser mantenida dentro de ciertos límites con una interacción de patrón con el medio ambiente y el ser.
Durante el periodo postadolecente emerge la personalidad moral con su énfasis en la dignidad personal o autoestima, más bien que en la dependencia superyoica y la gratificación instintiva. El yo ideal ha tomado posesión en varias formas de la función reguladora del superyo, y se ha convertido en heredero de los padres idealizados de la infancia. La confianza antes depositada en el padre ahora se une al ser y todo tipo de sacrificios son hechos con el fin de sostener el sentido de dignidad y autoestima. El temor moral del periodo postadolecente está bien explicado por Joseph Conrad (1900) en Lor Jim:
Eran solemnes, y también algo ridículas, como siempre son, esas luchas de un sujeto tratando de salvar del fuego su idea de lo que debería ser su identidad moral; esta noción preciosa de una convención, sólo de las reglas de un juego , nada más, pero tan terriblemente efectiva por su atribución de poder ilimitado sobre los instintos naturales, por las horribles penalidades de su fracaso.
Después de la terminación de la pubertad, una vez que la madurez física ha sido alcanzada, persiste una tarea psicológica cuya realización frecuentemente requiere muchos años. Erickson (1956) describe este periodo (postadolecencia) discutiendo a Bernard Shaw, quien “se concedió a si mismo una prolongación del intervalo entre la juventud y la edad adulta”. A este intervalo le llama Erickson una “moratoria psicosocial”. Shaw se automoldeó como escritor durante esos años intermedios. Por autodisciplina determinada se volvió adepto al oficio mediante el cual podría llegar mejor a un arreglo del trauma residual, con residuos conflictivos , dando así forma a las tareas de su vida. Después de que estas tareas de la vida se hubieron organizado, Shaw se aplicó a articularlas en el medio ambiente. Como el dijo: “ si no te puedes librar del esqueleto familiar hazlo danzar”. La moratoria psicosocial de Erickson es definida pro el como un periodo “durante el cual el sujeto, mediante la experimentación de un rol, libre puede encontrar un nicho en alguna sección de su sociedad, un nicho que es firmemente definido pero sin embargo parece ser hecho únicamente para él. Al encontrarlo el joven adulto gana un sentido asegurado de necesidad interna e igualdad social que será un puente entre lo que él era de niño y en lo que pronto se convertirá, y reconciliará la concepción de sí mismo y el reconcomiendo que su comunidad tenga de él.
En un estudio del periodo postadolecente en el hombre, Braatöy (1934) enfatizó su mortalidad psíquica elevada; es la época en que la enfermedad mental frecuentemente alcanza un estado manifiesto. Concluyó que en este periodo que llamó “interregnum”, por ejemplo, estando entre la pubertad y la edad adulta, hace demandas integrativas en el yo que someten a un esfuerzo excesivo su ingenio en más de un adulto joven, y el resultado es un fracaso para llevar a cabo la organización de la personalidad postadolecente.
Como siempre en la progresión de los estados del desarrollo, un fracaso es cualquiera de ello es debido ya sea a un prerrequisito de desarrollo insuficientemente completado o a un obstáculo insuperable que evita el cumplimiento de la etapa.
Con esto en mente, se puede decir que un fracaso para completar el proceso adolecente ocurrirá siempre que no se logre la organización de un ser estable, o siempre que el yo deje de convertir cualquier conflicto yosintónico; estas dos constelaciones dirigen a un cumplimiento desviado de la tarea postadolecente. Un fracaso puede tomar la forma de impedir la integración de esfuerzos diversos y contradictorios, en un esfuerzo de mantener por así decirlo, las puertas abiertas para hacer muchas vidas posibles. Este atolladero evolucionista será discutido en el síndrome de la adolescencia prolongada. A lo que se ha dicho aquí debe añadirse que el cumplimiento parcial de la tarea de cada fase y la consiguiente formación de compromisos con la regla más que la excepción.
Un bloqueo típico encontrado atravesando la postadolescencia es al que me referiré como “la fantasía de rescate”. En lugar de vivir para dominar las tareas de la vida, el adolescente espera que las circunstancias de la vida dominaran la tarea de vivir. En otras palabras, espera que la solución del conflicto puede ser aliviada o eliminada por completo por el arreglo de un medio ambiente benéfico. En este caso parece que la dependencia original en el medio ambiente especialmente la madre como la extinguidora de tensiones y la reguladora de autoestima, nunca ha sido abandonada. La sobreevaluación de los padres ha sido transferida al medio ambiente, que, según su fantasía, podría si quisiera dotar de suerte y fortuna al niño elegido.
Obviamente la fantasía de rescate está íntimamente relacionada al romance familiar y a los sueños diurnos típico de la adolescencia, los que en la postadolescencia frecuentemente alcanzan una urgencia particular, persistencia y elaboración de contenido. “Si esos sueños diurnos son cuidadosamente examinados, se encontrará que sirven como cumplimientos de deseos y como una corrección de vida actual. Tienen dos direcciones principales, una erótica y una ambiciosa - la erótica habitualmente también se oculta tras la última (Freud, 1909, b ). Tales fantasías más o menos disociales son pensamientos íntimos y guardados que frecuentemente dan crecimiento a perturbaciones neuróticas. Las fantasías histéricas tienen según Freud (1908), “ Una fuente común y un prototipo normal, que se encuentra en los llamados sueños diurnos de la juventud”. Desde luego, estas fantasías saltan a la existencia tan temprano como la propia adolescencia, pero su abandono se puede volver un esfuerzo mayor de la postadolescencia.
La formación de la fantasía adolescente de rescate no debería de ser confundida con esas varias condiciones concenientes al amor descritas por Freud (1910), que son expresadas por “el impulso de recatar al amado” . la diferencia reside en el hecho de que la última fantasía está marcada por el deseo de rescatar a alguien, mientras que la fantasía del adolescente de recate que describo se refiere al deseo, o más bien, a la esperanza de ser rescatado por una persona, por circunstancias, privilegios, o por buena fortuna o suerte. Las formas de rescate adolescente son, desde luego muchas. Lo que se expresa fácilmente representa solamente el aspecto comunicable de la fantasía; la mayor parte permanece sumergida. Lo que oímos son versiones simplificadas de un proceso complejo de pensamiento, que puede tomar las formas siguientes: “si sólo tuviera un trabajo diferente”; “si sólo pudiera vivir en Europa, en el Este, el Oeste, en el campo, en la ciudad”; “si sólo tuviera un nombre diferente”, “si sólo tuviera dos centímetros más o menos”, etc. Lo que estos deseos tienen en común es una calidad global, una reducción de problemas intrínsecos a una condición singular de la que todo parece depender.
Los avances de esta fantasía poderosa pueden ser observados durante la adolescencia tardía. Si persisten, harán cortocircuito en la postadolescencia por arreglos prematuros que permiten sobrevivir a la fantasía de rescate para siempre. Aunque este fracaso en el desarrollo no produzca una enfermedad emocional manifiesta, sí es responsable de muchas restricciones e inhibiciones yoicas. El hecho de que la historia clínica de estos casos presente un alto grado de semejanza no implica que la fantasía de rescate presente contenidos homogéneos. En términos de formulaciones previas, esta fantasía puede ser considerada como el fracaso de hacer un trauma residual específico una parte integral de la organización yoica. El fracaso no estriba en la falta de la vida que impulsa, sino en la expectación de que su cumplimiento vendrá de la influencia beneficiosa de las circunstancias. La internalización del trauma ha sido deshecha y se espera su domino, como si fuera un pago reparatorio, del mundo externo. El destino específico de esta constelación depende de su amalgamación con los componentes del impulso, por ejemplo las necesidades masoquistas producirán el bien conocido “coleccionista de heridas”, (Bergler), quien busca una gratificación que justamente se le debe, pero que un mundo hostil le niega injustamente. La dificultad insuperable de la adolescencia que es descrita como fantasìa de rescate es tomada de material clínico similar a aquel que Erickson (1956) ha descrito en términos de “difusión de identidad” e “identidad yoica negativa”. La fantasía de recate es una formulación o unza fórmula útil porque permite arrojar luz sobre el proceso integrativo de la postadolescencia. Del análisis de jóvenes adultos he obtenido la impresión de que el alejamiento de los padres en la temprana infancia, o aún mejor, de la representaciones de objetos parentales, no completa hasta que ha terminado la postadolescencia. Es decir, el relajamiento de las ligas de objeto infantiles es una tarea de la adolescencia en sí, pero al alcanzar un acuerdo con intereses y actitudes parentales del yo, se hace más deliberado y efectivo durante la postadolescencia. Sólo entonces toma forma de un arreglo duradero de estas preocupaciones. El joven con su padre en la resucitación del complejo edipico durante la adolescencia, casi siempre retrocede gradualmente hasta la desaparición relativa. En los años que siguen, el postadolescente lleva a cabo una revisión de sus identificaciones rechazadas, provisionales y aceptadas. “El carácter del yo (Freud, 1923 ) es una precipitación de catexis de objeto abandonadas”. Sin embargo, no debe olvidarse que “hay varios grados de capacidad de resistencia, según muestra la extensión en la cual el carácter de una persona en particular acepta o resiste la influencia de las elecciones de objeto erótico que ha vivido”. El paso final en este proceso, aquel de la aceptación y resistencia de las identificaciones, no se da sino en la postadolescencia.
Frecuentemente observamos que después de encontrar un objeto de amor con el cual pueden relacionarse con un mínimo de ambivalencia, los jóvenes adultos se tornan selectivos, es decir, positiva o negativamente, por identificación o contraidentificación, pero definitivamente orientados hacia imágenes parentales. La libido desexualizada de ser objeto invertida en estas identificaciones puede ser ahora transformada en libido yoica o narsisista su conflicto; puede ligarse a sublimaciones estables. En una etapa como esta por ejemplo, una joven mujer que se había opuesto a las tareas domésticas ordenadas, haciendo resistencia a la identificación con la “buena madre” puede decir, sorprendiéndose ella misma, “de hecho soy bastante buena ama de casa; lo aprendí de mi madre y estoy muy orgullosa de ello”. Frecuentemente podemos ver, aunque en variaciones selectivas, que actitudes, rasgos y tendencias de los yo – parentales se convierten en atributos de personalidad duraderos en los hijos adultos. Muchas veces en este periodo el yo revive elecciones de objeto abandonada al nivel de actitudes yoicas de inventiva y combinaciones de patrones precedentes. Esto es, que la identificaciones y contraidentificación con el objeto proceden en relación con cualidades y aspectos del objeto y no en relación a totalidades objetales de sujeto. Una anotación de Grinker (1957) cuando describe las etapas tempranas de la identificación, viene al caso: “el carácter o personalidad manifiesta del objeto son vistas por el sujeto como una unión de cualidades, parte de las cuales son necesarias, útiles o peligrosas y con las cuales la identificación puede dar resultado o puede evitarse por medio de una contraidentificación. ”
Un aspecto especial de la postadolescencia que merece atención es el esfuerzo continuado de llegar a un arreglo con las actitudes e intereses del yo parental. Este esfuerzo constituye un paso decisivo en la formación del carácter después de que el impulso sexual ha sido crecientemente estabilizado por su alejamiento de amor y odio. Durante la adolescencia y la adolescencia en sí, el yo se ocupa predominantemente en dominar la ansiedad conflictiva. Como contraste, durante el periodo sucesivo, está en ascendencia ka función adaptativa e integradora del yo.
James Joyce (1916) cuya novela El retrato del artista adolescente fue citada en la sección sobre la adolescencia propiamente tal, puede, una vez más, servir como una ilustración. Esta novela empieza y concluye con el mismo tema: el padre. La frase de apertura es hablada por el padre quien le está contando un cuento al niño pequeño. La última frase del libro es una invocación de la figura del padre: “antepasado mío, antiguo artífice, ampárame ahora y siempre con tu ayuda.”. nada puede lograrse sin que uno se haya puesto de acuerdo con el padre, o bien con su imagen o representación objetal. La ocupación de vida de Joyce fue la de lograr esta tarea particular. Cuando invocó la bendición del viejo artífice, tenía 22 años, había conocido a su futura esposa, y sabía que su destino era volverse escritor. Solamente podía lograr esa meta exiliándose decididamente, reviviendo y recreando a su familia en la distancia. Joyce nunca cesó de escribir sobre un tópico: su ciudad y su gente; y al final tuvo éxito en hacer de Dublín una ciudad eterna de la literatura. Para ponerlo de otra forma, un trauma residual yosintónico nunca cesó de ejercer su influencia positiva en el yo, la que tomó en este caso de genio, la forma de creación.
Del trabajo terapéutico con adolescentes mayores, se aprende que la lucha para integrar intereses y actitudes yóicas del padfre del mismo sexo muestra ser una tarea formidable. Para alcanzar la madurez el hombre joven tiene que hacer la paz con la imagen paterna y la mujer joven con la imagen de su madre. Una falla en este punto del desarrollo resultará en soluciones regresivas, deformaciones yoicas, o una quiebra con la realidad. El estudio de erikson sobre Martín Lutero (1958) demuestra muy claro, especialmente en su material patográfico, como la falla postadolescente de Lutero para separar la libido homosexual de la imagen paterna, creo ansiedad conflictiva hasta el punto de quiebra psicótica.
La solución incompleta de esta tarea de fase específica puede frecuentemente ser soportada temporalmente hasta que se enciende otra vez durante la paternidad en relación a un niño del mismo sexo. El escrito de Jones (1913) sobre la fantasía de reversión de generaciones contiene ideas que son relevantes en el presente contexto. “No es exageración decir que, a una mayor o menor extensión, siempre hay una transferencia personal del padre al niño del sexo correspondiente... La personalidad propia del niño es así moldeada, o distorsionada, no sólo por el esfuerzo de imitar a sus padres, sino por el esfuerzo de imitar los ideales de sus padres que, en su mayoría son tomados de los abuelos del sexo correspondiente”. Por sustitución inconsciente, son estabilizadas las fallas en la tarea postadolescente, con frecuencia en forma patológica, durante la vida familiar de la generación siguiente. El típico adolescente rebelde de la adolescencia propiamente tal, no solo se vuelve contra sus objetos tempranos de amor en sus intentos de separarse de ellos; sino simultáneamente se vuelve contra la realidad y moralidad que ellos le impartieron. La liga sexual infantil tiene que ser irrevocablemente separada antes de que un acercamiento razonable entre el ser y los intereses y actitudes parentales del yo pueda ser efectuado. Unido a este proceso va una aceptación, o mejor una afirmación, de las instituciones sociales y la tradición cultural en la que aspectos componentes de las influencias parentales se vuelven, por así decirlo, inmortales. El aspecto negativo – que es la resistencia en contra del rechazo de ciertas influencias parentales- aparece en el repudio y el antagonismo hacia ciertas instituciones y tradiciones, siguiendo el mismo proceso de externalización de rendimiento impersonal que una vez fue una parte de relaciones objetales. El conservadurismo y el reformismo pueden recibir de estas fuentes ímpetu moral y emocional. De una manera similar, muchos componentes del superyo se proyectan en el mundo exterior donde en principio se originaron. Debido a este proceso, el postadolescente se ancla firmemente en la sociedad de la que él es una parte integral. En este periodo, pues, los conflictos integrativos del yo se vuelven prominentes. Como una etapa de transición, la postadolescencia tiene una función de unión como un puente; la integración descrita en los párrafos anteriores trae al proceso adolescente a su terminación. Inversamente, la edad adulta tiene un sostén inicial y firme en esta fase final.
A través de la discusión del proceso adolescente ha sido aparente que el desarrollo progresivo incesantemente efectúa órdenes superiores de diferenciación en la estructura psíquica y en la organización de la personalidad. Por procesos de integración, un estado de integración e irreversibilidad se alcanza finalmente. La plasticidad y fluidez de desarrollo, típica de la adolescencia, disminuye con el tiempo, está, desde luego, restringida a un término limitado de tiempo. La psicología de la adolescencia puede asé ser vista en términos de un sistema energético que pretende alcanzar niveles superiores de diferenciación hasta que eventualmente se estabiliza en patrones. Este concepto general de sistemas energéticos sostiene todos los proceso en la naturaleza, animados e inanimados, tal como los ve la ciencia moderna.


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martes, 10 de febrero de 2009

Piaget resumen de teórico

Un compañero de la facu nos mandó estos apuntes de clase de un teórico de niñez, está muy resumidos los estadios de Piaget, pero hay muy buenas definiciones de algunos conceptos claves, esperamos que les sea útil.

La inteligencia es un proceso de actividad metal mas avanzada.
La inteligencia se da por un proceso de asimilación y acomodación entre la asimilación la acomodación hay un equilibrio este equilibrio no es estático sino que es dinámico, por eso es que es una equilibración.

LOS INVARIANTES FUNCIONALES.
Los invariantes son adaptación y organización.

Adaptación es el conjunto o unión de los procesos de asimilación y acomodación.
Asimilación incorporación / transformación de los objetos de acuerdo a las necesidades del sujeto.
Acomodación es la transformación del sujeto para incorporar al objeto.

A medida que la actividad mental se hace mas avanzada hay mejor equilibración entre la asimilación y la acomodación


En la evolución de 0 a 16 meses vamos a ver como progresamos en ese equilibrio

PERIODO SENSORIO MOTOR DE 0 A 2 años

Piaget plantea que la inteligencia no es heredada sino que se construye a partir de la percepción y lo motriz.

En el equilibrio que se plantea entre la asimilación y la acomodación Piaget habla de un predominio en una primera instancia de la asimilación por ejemplo tiene que coordinar el reflejo de succión con el de deglución y el reflejo de búsqueda

Cuando nace el niño cuenta con la actividad refleja.

PRIMER SUB ESTADIO: (de 0 a 1 mes) es el de la actividad refleja, esta forma parte del bagaje genético que trae por asimilación.
El niño avanza del estadio reflejo a los siguientes

TIPOS DE ASIMILACIÓN

1 Funcional o reguladora tiene el objeto de ejercitar las funciones como por ejemplo chupar

2 Generalizadora la misma actividad se realiza con distintos objetos como esto lo podemos ver en el llanto cuando un bebe llora lloran todos los demás

3 Recognocitiva a partir de lo percibe puede diferenciar los objetos que succiona

Estos tipos de asimilación hacen a la organización de los esquemas de acción

ESQUEMA DE ACCIÓN es la organización de las acciones tales como se trasfieren o organizan con motivo de la repetición de una acción determinada en circunstancias iguales o análogas
Es lo que en una actividad es generalizable o diferenciable es decir lo que se repite o es común en las diferentes repeticiones de acción

2 SUB- ESTADIO DE 1 A 4 MESES
Es el de la reacción circula primaria se llama así porque la actividad del recae sobre su propio cuerpo

Se refiere a la actividad que el niño realiza con alguna parte de su cuerpo

En este sub- estadio es difícil determinar cuando nace el juego ya que la reacción circular esta asociada a reacciones placenteras, por ejemplo chuparse el dedo, lo primero que aparece es el juego de ejercicio reflejo

Los reflejos durante estos meses se transforman en hábitos.

3 SUB- ESTADIO DE LOS 4 A 8 MESES

Hay coordinación de la visión y la prensión aparece la reacción circular secundaria las acciones recaen sobre los objetos.
Piaget dice que hay una reproducción activa de un resultado sin embargo todavía no hay intencionalidad de acción no busca intencionalmente el objeto.

Hay un estadio intermedio entre la reacción circular primaria y el primer acto inteligente no hay todavía permanecía del objeto, el objeto es reabsorbido, desaparecido mágicamente.

4 SUB- ESTADIO DE LOS 8 A 12 MESES
Coordinación de los esquemas secundarios, se utilizan medios conocidos con el fin de alcanzar un nuevo objetivo por ejemplo un mono utiliza un palo para llegar a la banana

Comienza la búsqueda de el objeto desaparecido se produce el primer acto inteligente

Se produce la acción reciproca que implica la conexión entre diferentes esquemas por ejemplo el niño produce una acción que a su vez implica otras acciones esta condición le va a permitir el primer acto inteligente y a la vez es intencional.

Reconocimiento de la madre como distinta al resto lo intelectual le sirve de base al desarrollo afectivo

El niño va a emplear medios conocidos para obtener un fin, pero no va a haber la localización y desplazamiento del objeto, es decir no lo va a buscar en el siguiente lugar donde lo escondemos no hoy idea de que el objeto fue corrido de un lugar hacia otro lugar.

Le interesa el fin, no hay discriminación de los medios

5 SUB- ESTADIO 11 a 18

Reacción circular terciaria: implica una actividad frente a una situación nueva, trata de encontrar la solución mediante la experimentación activa. Ensayo y error.

Es la etapa donde tiene lugar, la conducta del soporte y se da la elaboración del objeto, también va a ensayar conductas para alcanzar el objeto.

Ya localiza el objeto, aparece de alguna manera la idea de causalidad.


6 SUB ESTADIO
Interiorización de los esquemas: hay comprensión brusca, comprende, adecua. El niño elige el recurso mas adecuado para alcanzar el objeto, elección de los medios.

Comprensión brusca: detiene la acción y resuelve. Acceso a la inteligencia representacional, el niño tenia la almohada y el oso, reproduce el ritual de dormir, pero no duerme, hace como si.

Hay desdoblamiento entre significado y significante

Hasta los dos:
Inteligencia practica: va de acciones centradas en el cuerpo a una descentración progresiva. Lo que interesa es resolver problemas de acción, lo hace por medio de esquemas de acción: implica o se apoyan en percepciones y movimientos.

Hay coordinación senso - motora pero no hay representación ni pensamiento.
Nociones claves: permanencia del objeto y las nociones espacio temporales.

PERIODO DE PREPARACIÓN Y ORGANIZACIÓN DE LAS OPERACIONES CONCRETAS

Sub – periodo preoperatorio (2 -6) años
A nivel de 2 años: interiorización que va a dar lugar a la inteligencia representativa, el niño va a poder remitir a un significado. Hay desdoblamiento, entre significado y significante. El niño accede al mundo de los significados diferenciales.

En el senso - motor las respuestas eran a indicios o señales.
Ahora hay posibilidad de representar un objeto ausente con el hecho de nombrarlo. El niño hace como si.

Significante diferenciales a los que accede:
- símbolo: (significante individual, la escoba, caballo, escopeta)
- signo (significante colectivo, tiene la posibilidad de nombrar un objeto por convención. Así accede al mundo de los adultos)

Es el momento en que se da la función simbólica o semiótica porque accede a la posibilidad de contar con los significantes diferenciales, las conductas que estos implican son:

Imitación diferida: posibilidad de representar el objeto en ausencia del mismo.
Juego simbólico: posibilidad de jugar o hacer como si y donde cualquier objeto representa lo que quiere. El símbolo lúdico es un significante individual.

Imagen mental: imitación interiorizada. Hay diferentes tipos de imágenes, se va transformando a lo largo del tiempo. Puede se reproductora o anticipadora (anticipadora para la acción en su imaginación)

Dibujo: es un intermediario entre el juego y la imagen mental
Lenguaje

¿Cómo es el pensamiento en esta etapa?
Dos momentos:
1) Pensamiento simbólico pre conceptual (2 a 4 años). Es pre - conceptual porque el niño no alcanza la generalidad del concepto.
Todo y algunos es lo mismo.
El niño razona por analogía o transducción, va de lo particular a lo particular.
Juega con lo perceptivo. El niño va a poder imaginar sobre la base de representaciones ya adquiridas junto con lo que percibió.
El pensamiento es egocéntrico, irreversible, ya que una realidad diversa se centra en un solo aspecto y porque no puede volver al punto original.

2) Pensamiento intuitivo (4 a 6 años). Hay un avance porque va realizando regulaciones intuitivas ya que realiza operaciones. La regularidad intuitiva tiene que ver con una actividad perceptiva cada vez más coordinada.

Intuición:
Simple: le interesa el espacio
Articulada: puede realizar equivalencias uno a uno, pero no hay conservación del todo, lo cual es necesario para la operación.

Hay equivalencia uno a uno.
No hay conservación del todo.
No hay identidad de los elementos conservados, no hay reversibilidad. Cada una de las extracciones anula el paso anterior.
Falla la movilidad necesaria entre las diferentes centraciones.
Pasaje brusco desde la intuición articulada.

Previo al operatorio concreto sub periodo de la organización de las operaciones concretas (6/ 7 años a 11/12 años)

Operación: es una acción interiorizada reversible y solidaria de estructuras de conjunto como el o los agrupamientos, una agrupación es una estructura o sistema abstracto que posee determinadas propiedades definidas.

Piaget plantea que cuando no hay operación, porque se produce el pasaje del preoperatorio al operatorio, el niño debe pasar por algunos obstáculos:

1) Necesidad de que todo lo que el realiza con la acción pueda ser representado. No necesita actuar para adelantarse al suceso. Reconstrucción en el plano de la representación de lo que hacia en el plano de la acción.
2) Poder realizar una descentración referida a la posición que tiene su cuerpo u objeto de los demás. Ubicación mas objetiva en el mundo que lo rodea, ubica en función de los demás. Noción de la lateralidad.
3) Descentración: no cae solo en objetos sino en sujetos, afectando las relaciones interindividuales y sociales. El egocentrismo se disgrega y comparte lo que piensa el otro.
Centración del propio cuerpo: descentración progresiva.

OPERATORIO CONCRETO
Implica lógica de la acción con objetos concretos y que es operatoria porque el niño se encuentra en presencia de operaciones propiamente dichas reversibles. Operaciones agrupadas.

Cuando el niño llego al operatorio puedo agrupar los objetos en diferentes clases, por ej. Color, figura, etc, pudo separar de un grupo, establece relaciones asimétricas, puede clasificar y seriar.
No hay confusión entre todos y algunos. Hay noción de conservación del todo.
Hay equivalencia, hay asociatividad (plantea conexiones entre los hechos).
Hay revesibilidad (idea de equilibrio), nociones de volumen: son las últimas que el niño adquiere.























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lunes, 9 de febrero de 2009

Psicoanálisis de la Adolescencia. Peter Blos. (Parte 6)

6.  Adolescencia tardía
La fase final de la adolescencia se ha considerado como una declinación natural en el torbellino del crecimiento. La analogía que usó Freud (1924) con referencia al fin del complejo de edípico puede ser aplicada también a los procesos de los adolescentes: es decir, que llegan al final por motivos filogenéticos que “que tienen que finalizar porque el proceso de su disolución ha llegado, al igual que los dientes de leche se mudan cuando los dientes permanentes empiezan a presionar.” Sin embargo, Freud (1924) también discutió determinantes ontogenéticos que son de igual importancia. Los motivos y los medios por los que la adolescencia llega a su determinación revelan que los aspectos psicológicos son los únicos en cuyos términos se puede definir la fase final de la adolescencia. Como hemos mencionado anteriormente: la pubertad es un acto de la naturaleza, la adolescencia es un acto del hombre.

La fase final de la adolescencia ha llamado más la atención que la turbulencia de las fases antecedentes durante la última década. Sabemos por experiencia que con la declinación de la adolescencia el individuo gana en acción prepositiva, integración social, predictibilidad, constancia de emociones y estabilidad de la autoestimación. Nos impresiona por lo general la mayor unificación de los procesos afectivos y volitivos, la docilidad con que nos sometemos y la regresión. Otra importante característica del fin de la adolescencia es la delineación de aquellos asuntos que realmente importan en la vida, que no toleran ni dilación ni compromiso. Esos asuntos no siempre sirven a un autointerés obvio, pero a pesar de las consecuencias, el joven adulto se adhiere a ciertas selecciones que, según su sentir en esa época, son las únicas avenidas para la autorrealización. Da la impresión de que la vida del individuo vista en perspectiva muestra continuidades definidas que se extienden desde la adolescencia hasta la adultez, al igual que discontinuidades, que de hecho marcan la línea limítrofe superior del fin de la adolescencia. La cuestión, entonces, es: ¿cuáles procesos entran en juego en la evolución de aquellos atributos noveles de personalidad que caracterizan el avance hacia la adultez o la declinación de la adolescencia? Otra cuestión concierne a las cuestiones que dan origen a los elementos de continuidad e igualdad tan familiares para el estudiante de historias de vida. El clínico añadirá una tercera cuestión: ¿cuál es la psicopatología particular que representa el fracaso del fin de la adolescencia y la etiología de estas fallas en el desarrollo? Los eventos que llevan una fase de desarrollo a su fin son más difíciles de identificar que los que la provocan. Estos problemas teóricos de la fase final de la adolescencia serán discutidos a continuación.

La adolescencia tardía es primordialmente una fase de consolidación. Con esto me refiero a la elaboración de: 1) un arreglo estable y altamente idiosincrásico de funciones e intereses del yo; 2) una extensión de la esfera libre de los conflictos del yo (autonomía secundaría): 3) una posición sexual irreversible (constancia de identidad) resumida como primacía genital; 4) una catexis de representaciones del yo y del objeto, relativamente constante; y 5) la estabilización de aparatos mentales que automáticamente salvaguarden la identidad del mecanismo psíquico. Este proceso de consolidación relaciona a la estructura psíquica y al contenido, la primera estableciendo la unificación del yo, y el segundo preservando la continuidad dentro de él; la primera forma del carácter, el segundo provee los medios. Cada componente influye al otro en términos de un sistema de retroacción hasta que, durante la postadolescencia, se adquiere el equilibrio dentro de ciertos límites de constancia intrínseca. El quicio de la vulnerabilidad muestra grandes diferencias individuales, puesto que la tolerancia al conflicto y la ansiedad varían enormemente. La intensidad y cantidad de estímulo (externo e interno) necesario para el funcionamiento afectivo revela también la variabilidad individual, un hecho que no deja de tener influencia en la organización del surgimiento del yo en el tiempo y en la adolescencia tardía: “Posiblemente haya un grado de ansiedad “óptimo” (que varía de individuo a individuo) que favorece al desarrollo; más o menos como este óptimo puede obstaculizarlo” (Brierley, 1951). Lo mismo puede decirse del mantenimiento de una organización estable del yo; a saber, que un óptimo de tensión es de valor positivo, y que da como esa tonicidad a la personalidad. Hablo de procesos integrativos generales: egosíntesis, patrones y canalización. En términos del organismo psíquico total y su funcionamiento, esto se refiere a la formación del carácter y la personalidad.

Podríamos construir un modelo de la adolescencia tardía; pero si lo hiciésemos, debería nacer en la mente que las transformaciones descritas con anterioridad son logradas solo parcialmente por cualquier sujeto. Parece, desde luego, que el aspecto comprometido de la adolescencia tardía es una parte integral de esta fase; el logro es de relativa madurez. Es adecuado recordar las palabras de Freud (1937) en conexión con esto: “En realidad las etapas de transición e intermedias son mucho más comunes que las etapas opuestas rigurosamente diferenciadas. Estudiando variados desenvolvimientos y cambios enfocamos enteramente la atención en el y resultado y fácilmente pasamos por alto el hecho de que tales procesos son generalmente más o menos incompletos, es decir, los cambios que suceden son únicamente parciales… Casi siempre hay vestigios de lo que ha sido y una detención parcial en una etapa anterior.” Parece, entonces, que los “fenómenos residuales específicos y los retrasos parciales y específicos” son causa en gran medida de las variaciones en la individuación que emerge al fin de la adolescencia. Estos aspectos, por estar más en evidencia en el adulto, pueden ser mejor estudiados en esa etapa. Lo que aquí necesita énfasis es el hecho de que la tarea relativa la desarrollote la adolescencia tardía reside precisamente en la elaboración del yo unificado que funde en su ejercicio los “retardos parciales” con expresiones estables a través del trabajo, el amor, la ideología, produciendo articulación social así como reconocimiento. “Todo lo que una persona posee o realiza, todo remanente de los sentimientos primitivos de omnipotencia que su experiencia ha confirmado ayuda a aumentar su autoestimación. (Freud 1914.)
La adolescencia tardía es un punto de cambio decisivo y, por consecuencia, es un tiempo de crisis, que frecuentemente somete a esfuerzos decisivos la capacidad integrativa del individuo y resulta en fracasos de adaptación, deformaciones yoicas, maniobras defensivas y psicopatología severa. Erikson (1956) ha hablado de esto extensamente como una “crisis de la identidad”. He descrito el síndrome de la adolescencia prolongada (1954) en términos de una reticencia para llevar la última fase de la infancia, es decir la adolescencia, a su fin. Los fracasos en el paso exitoso a través de la adolescencia tardía han traído a nuestra atención enérgicamente las tareas de esta fase. Ha sucedido muchas veces en la historia del psicoanálisis que un desarrollo desviado arroja luz sobre el desarrollo normal: una de estas instancias ha sido el estudio de las fallas de la adolescencia tardía, que ha ayudado a formular la tarea de esta fase específica.

Las fases de la adolescencia, descritas anteriormente embonan bien dentro de la teoría psicoanalítica. Pero en lo que se refiere a la fase final de la adolescencia, conceptos tales como fijación, mecanismos de defensa, síntesis del yo, sublimación y adaptación, bisexualidad, masculinidad y femineidad –estando todos envueltos en el proceso- no son en sí mismos ni suficientes ni adecuados para hacer comprensible el fenómeno de consolidación de la personalidad en la adolescencia tardía. La observación analítica ha aislado algunos de los obstáculos que están en el camino de una consolidación progresiva, tales como fijación de instintos, discontinuidades en el desarrollo del yo, problemas de identificación y bisexualidad; como quiera sea, el camino a lo largo del cual sigue la consolidación de la personalidad permanece oscuro en muchos aspectos. Los procesos integrativos son más silenciosos que los desintegrativos.
Las fases de la adolescencia traen a coalición los impulsos en sus diversas constelaciones regresivas y progresivas u organizaciones de fase específica. De hecho, podemos decir que a través de toda la adolescencia el yo está en el más íntimo envolvimiento –aunque defensivamente- con los impulsos, y a lo largo del camino ha llegado selectivamente a buen término con su intensidad, objetos, y sus metas. Fue anotado anteriormente que ninguna progresión de una fase de la adolescencia a la siguiente es siempre completada sin llevar consigo “fenómenos residuales”. Debe ser ahora añadido que estos residuos retienen una animación inquebrantable; solo durante tiempos de calma relativa en la vida adulta se someten alguna vez al dominio del yo. Por ejemplo el problema de la bisexualidad nunca es resuelto en términos de su desaparición: cede a ciertas acomodaciones y dominancias del yo sintónico. Su continuada existencia en el inconsciente es confirmada por la continua aparición de este tema en los sueños de los adultos.

¿Podemos suponer que la represión es un agente mayor que se introduce en la edad adulta, como lo hizo antes este mecanismo de defensa en la fase edípica, cuya secuela inició el período de latencia? Obviamente esta es una solución demasiado simple; por supuesto no ofrece una explicación para la gran variabilidad de adaptaciones individuales o acuerdos aparentes al final de la adolescencia. Lo que debemos encontrar es un principio operable, un concepto dinámico que gobierna el proceso de la consolidación de la adolescencia tardía y rinde sus diversas formas comprensiblemente: primero, el aparato psíquico que sintetiza los diversos procesos adolescentes específicos de la fase los convierte en estables, irreversibles, y les da un potencial adaptativo; segundo, la fuente de residuos específicos de períodos anteriores del desarrollo que han sobrevivido a las transformaciones adolescentes y que continúan existiendo en forma derivada, contribuyen con su parte a la formación del carácter; y finalmente, las fuentes de la energía que implica ciertas soluciones hacia el primer plano, deja otras en estado latente, presta así al proceso de consolidación una calidad de decisión e individualidad. Estas cualidades, que frecuentemente traen consigo sacrificio y dolor, no pueden derivar completamente del impulso de maduración. Sospecho que otras fuerzas combinan sus esfuerzos dentro de este proceso.
El concepto de trauma debe ser introducido en este punto. El término trauma es relativo, y el efecto de cualquier trauma en particular depende de la magnitud y de lo imprevisto del estímulo, y de la vulnerabilidad del aparato psíquico. El trauma es un fenómeno universal de la infancia. Ya sea que el trauma sea causado en mucho o en poco por la propia constitución o por el medio ambiente no tiene relación en el efecto del trauma en la vida individual. Aquí quiero enfatizar sólo en el hecho de que el dominio del trauma es una interminable tarea de la vida, tan infinita como la prevención de su recurrencia. Esta autoprotección es proporcionada a la fuerza del yo y a la estabilidad de las defensas. “Desde luego, nadie hace uso de todos los mecanismos posibles de defensa; cada persona solamente selecciona algunos de ellos, pero éstos se fijan en su yo, estableciéndose como modos habituales de reacción para ese carácter en particular, los que son repetidos durante toda la vida siempre que ocurra una situación similar a aquella que originalmente las evocó". (Freud, 1937).

Por otro lado, los efectos posteriores de un trauma inducen a situaciones de vida que de algún modo repiten el original; por lo tanto el trabajo en la resolución del trauma, el intento de dominarlo, continuará. Las experiencias de la vida que tienen su origen en este tipo de antecedentes proceden de acuerdo a la repetición compulsiva. Lo que fue experimentado originalmente como una amenaza del medio ambiente se vuelve el modelo de peligro interno. Al adquirir el status de un modelo. El peligro principal tuvo que ser reemplazado por representaciones simbólicas y equivalentes sustitutivas que corresponden al desarrollo físico y mental del niño en crecimiento. Al fin de la adolescencia la amenaza original o un componente de ella reaparece nuevamente siendo activada en el medio ambiente; su resolución o quietud es buscada entonces dentro de un sistema de interacción altamente específico. Consecuentemente el individuo experimenta su comportamiento como significativo, evidente, urgente y gratificante.
El dominio progresivo de los traumas determina el intercambio transaccional prevaleciente entre el individuo y el medio ambiente, al igual que entre el yo y el ser. El desembarazarse de la influencia dañina del mundo exterior que se precipita y que ha llegado a ser parte del mundo interno es una tarea psíquica para toda la vida. Una porción considerable de esta tarea se lleva a cabo en la adolescencia. Anna Freud (1952) comentó sobre la posible “reversión adolescente de las actitudes del superyó y del yo aunque aparentemente estas actitudes habían sido totalmente a la estructura yoica del niño en estado de latencia.” En los casos en que se logra la nueva integración, presenciamos una transformación parcial del adolescente por medio de la persistente distonicidad del yo en relación a ciertas propias de él. De cualquier modo, siempre se llevan a la vida adulta remanentes específicos no asimilados; de hecho, ejercen su demanda de continua expresión a través de la organización de la personalidad misma.

El alcance con que el trauma obstaculice el desarrollo progresivo constituye el factor negativo del trauma; y el alcance con que el trauma promueva e impulse el dominio de la realidad es el factor positivo; esta idea fue desarrollada por Freud (1939) en uno de sus últimos estudios: “Los efectos de un trauma tienen dos caras, positiva y negativa. La primera son intentos de revivir el trauma de recordar la experiencia olvidada, o aún mejor, de hacerla real – de revivir una vez más su repetición; si fue una relación afectiva temprana, es revivida en un contacto análogo con otra persona. Estos intentos se resumen en términos de “fijación del trauma” y “compulsión a la repetición”. Los efectos peden ser incorporados al así llamado yo normal y, en forma de tendencias constantes le prestan rasgos de carácter inmutable… Las reacciones negativas persiguen la meta opuesta; aquí, nada se debe recordar o repetir del trauma olvidado. Pueden ser agrupadas como reacciones defensivas. Pueden expresarse para evitar impresiones, una tendencia que puede culminar con inhibición o fobia. Estas reacciones negativas también contribuyen considerablemente a la formación del carácter”.

Dentro del problema de consolidación del carácter al final de la adolescencia, debemos incluir el problema del trauma como parte del proceso total, La fijación e irreversibilidad del carácter tiene un efecto favorable sobre la economía psíquica; al igual que los rasgos compulsivos agrandan la distancia entre el yo y el impulso. Entonces, un rasgo de carácter que se forma con lentitud al final de la adolescencia debe su calidad especial a la fijación de un trauma particular o del componente del trauma. La traumática focal resiste las alteraciones del adolescente, a través de las transformaciones emocionales que permite la adolescencia; estas le dan al proceso de consolidación de la adolescencia tardía una afinidad selectiva a ciertas elecciones. Además, le proveen de una fuerza implacable que dirige al adulto joven hacia cierto modo de vida que llega a sentir como de su propiedad. Los remanentes de los traumas relacionan el presente con un pasado dinámicamente activo y establecen esa continuidad histórica en el yo que provoca un sentimiento de certeza, dirección y armonía entre el sentimiento y la acción. Un joven paciente que tuvo un colapso nervioso en la adolescencia tardía dijo, al sentir el impacto de su pasado reedescubierto sobre el sentido cambiante de su ser, “parece ser que se puede tener futuro solo si se ha tenido un pasado”.

Uno se pregunta por qué el recurrir a la fijación del yo y a los instintos no es suficiente para hacer comprensibles la especificidad de elección, los arreglos definitivos del yo y del superyó, y las demandas de los impulsos de la adolescencia tardía. La fijación busca el mantenimiento de una posición estática; resiste los cambios. Sin embargo, el aspecto positivo del trauma reside en el hecho de ejercer una fuerza implacable para llegar a un acuerdo con sus residuos nocivos, a través de su reactivación constante en el medio ambiente. No hay duda de que las fijaciones de impulso y del yo colaboran en la consolidación del carácter y contribuyen a la organización de la personalidad. Pero una fijación dada es solo uno de tantos aspectos entre los componentes que son unificados por la integración.

Volviendo a las preguntas que nos hicimos con anterioridad, es obvio que la institución psíquica donde se lleva a cabo la consolidación del proceso adolescente es en el yo (síntesis del yo). Las fijaciones proveen la especificad de elección en términos de necesidades libidinales, identificaciones prevalentes y fantasías preferidas. El trauma residual provee la fuerza (compulsión a la repetición) que impulsa las experiencias no integradas en la vida mental, para su eventual dominio o integración al yo. La dirección que toma este proceso –su énfasis preferente hacia la descarga de impulsos, sublimación, defensa, deformación del yo, etc- , es controlada en gran parte por influencias del yo ideal y del superyó. La forma que toma este proceso es influida por el medio ambiente, por las instituciones sociales, la tradición, las costumbres y los sistemas de valores. Obviamente, todo el proceso opera dentro de los confines que imponen los factores constitucionales, tales como las dotes físicas y mentales.
Llegamos, entonces, a la conclusión de que los conflictos infantiles no son eliminados al final de la adolescencia, sino que se restituyen específicamente, se tornan yo-sintónicos, por ejemplo, se integran al reino del yo como tareas de la vida. Se centran dentro de las autorepresentaciones del adulto. Cualquier intento del dominio del yo-sintónico de un trauma residual, frecuentemente experimentado como conflicto, incrementa la autoestimación. La estabilización de la autoestimación es uno de los mayores logros de la edad adulta. “La autoestimación es la expresión emocional de la autoevaluación y la correspondiente catexis libidinosa o agresiva de las autorepresentaciones… La autoestimación no refleja necesariamente la tensión entre el superyó y el yo. Definida superficialmente, la autoestimación expresa la discrepancia o concordancia del concepto del deseo del ser y las autorepresentaciones”. (Jacobson, 1953). El restablecer esta concordancia y eliminar la discrepancia por medio de una interacción sensata con el medio ambiente, se convierte en un esfuerzo de por vida para el yo.

Esta presentación esquemática es tomada como modelo de la última fase de la adolescencia como tal, no hace justicia a los muchos problemas que afloran en la adolescencia. En términos de todo el periodo adolescente, se puede decir que el proceso adolescente asume rasgos crecientemente individualistas, que en la adolescencia propiamente dicha alcanzan un clímax en el resucitamiento del conflicto edípico y el establecimiento del placer previo, con el efecto consiguiente en la organización del yo. La resolución del complejo edípico resucitado durante el período adolescente es, cuando más parcial. La parte que resistió la resolución adolescente se convierte en el centro de un esfuerzo continuado hacia este fin; procede dentro de los confines de selecciones personales, tales como trabajo, valores, lealtades, amor. Lo que observamos al fin de la adolescencia es un proceso autolimitativo, la demarcación de un espacio de vida que permite movimiento sólo dentro de un área psicológica restringida. Aquellos elementos de igualdad y continuidad que abarcan la niñez, la adolescencia y la vida adulta, subrayan el hecho de que la nueva formación mental que se ha modelado perpetúa las tendencias familiares antecedentes en la personalidad del adulto.
Recordamos aquí la fase edípica en que los residuos de fases previas fueron integradas, por así decirlo, a la modalidad genital. La declinación del complejo edípico lleva a la formación de compromisos, pero, sobre todo, a la estructuración decisiva de una institución psíquica, el superyo. Durante la adolescencia propiamente dicha, la solución del conflicto y dilema del complejo edípico, inclusive de las fijaciones pregenitales, son nuevamente transferidas a la modalidad genital, esta vez en busca de acomodo dentro del reino de la heterosexualidad no incestuosa. Los fracasos en esta tarea llevan a procesos disociativos que dan resultados patológicos. Pero más allá de la reorganización de impulsos que es característica de la adolescencia, aún permanecen remanentes edípicos que no fueron llevados por el camino del amor al objeto. El fin de la adolescencia implica la transformación de estos restos edípicos en modalidades yoicas. La importancia del trabajo para la economía de la libido fue claramente establecida por Freud (1930): “El acentuar la importancia del trabajo tiene un efecto mayor que cualquier otra técnica del vivir para conectar al individuo más íntimamente con la realidad; la comunidad humana. El trabajo no es menos valioso por la oportunidad que él mismo y las relaciones humanas conectadas con él proveen para una descarga considerable de los componentes de impulsos libidinales, narcisistas, agresivos y aún eróticos, como por que es indispensable para la subsistencia y justifica la existencia en una sociedad.”

Los interese yoicos altamente idiosincrásicos y la catexis, preferentes de la adolescencia tardía constituyen un nuevo logro en la vida del individuo. En la misma medida las autorepresentaciones asumen una fijación estable y segura. La definición específica de la fase de la adolescencia tardía podría ser formulada en estos términos. La declaración de Freud de que el heredero del complejo edípico es el superyo, podría parafrasearse diciendo que el heredero de la adolescencia es el ser. (Para la discusión del concepto del ser ver Capítulo V, El yo en la adolescencia.)
Para demostrar mediante un ejemplo clínico el proceso de consolidación de la adolescencia tardía se requiere el repaso de la historia de la vida. Como éste es el mejor modo que he descubierto para ilustrar mis conceptos con referencia a la fase final de la adolescencia, haré una relación esquemática del desarrollo psicológico relevante de un individuo. Los datos están basados en el recuerdo y la reconstrucción durante un análisis de un hombre de 35 años; el análisis del periodo de la adolescencia jugó un papel prominente en el tratamiento de la neurosis de carácter de este paciente.
John era el hijo menor su hermano era 5 años mayor. Desde su nacimiento, John fue el favorito de su madre. Ella vio en el niño la realización de sus propios sueños artísticos. Todo contribuyó a una fijación en el nivel pasivo-receptivo. Tanto la madre como la nana lo mimaban. El niño habló y caminó algo tarde, era afecto a soñar y a juegos solitarios. Tan pronto como fue capaz de caminar corrió y se volvió bastante independiente. Sintió profundamente la rivalidad con el hermano mayor cuya capacidad envidiaba. En esta lucha John aprendió a tomar ventaja de su apreciada naturaleza, que lo hacia favorito con las mujeres. Su seguridad al complacer a las mujeres y evitar a los hombres (padre, hermanos) en conjunción con la temprana realización de la ventaja de su hermosura, eran sus técnicas prototípicas para evitar displacer; las elaboró durante tres décadas. Con estas armas derrotaba a su voluntarioso hermano y lo eliminaba del afecto de su madre. Esta estratatagema de comportamiento con un rival masculino desviando el encuentro nunca cesó de operar en situaciones análogas.

La primera infancia de John, entonces, mostró un fijación en la modalidad oral pasivo-receptiva. El rendimiento sumiso de los orificios del cuerpo y s control siguieron fácilmente. La pasividad era dominante en el balance activo-pasivo. Intervino un periodo (a los 3 años) durante el cual la movilidad (descarga agresiva de impulso) era ascendente, pero este intento de vencer la temprana pasividad se acabó y fue sucedido por un periodo exhibicionista en el que la apariencia y el encanto fueron usados como equivalentes fálicos. Dentro de esta constelación el niño se aproximó a la fase edípica. La evasión de rivalidad con el hombre le dio al complejo de Edipo una designación negativa. El padre era tan temido como admirado, y el ser amado por él se volvió un secreto pero duradero e inapetecible anhelo. La relación hacia el padre alcanzó un destino negativo en términos de una evasión de identificación; en relación con la madre, una sumisa, narcisista y afectuosa unión persistió largamente en los años de latencia.
John aisló la ansiedad de castración mediante un rendimiento pasivo a la madre fálica. Ella se volvió la fuente de ansiedad pero al mismo tiempo la proveedora de seguridad durante todo el tiempo que John vivió –o aparento vivir- como la imagen de un hijo prometedor y especial. Este papel y la pretensión se convirtieron en los únicos guardianes de sus necesidades de seguridad, aún cuando tuviese o no los medios para llenar estas vagas y excitantes expectaciones. La rivalidad con los hombres, ya hecha a un lado anteriormente en relación con su hermano, sufrió una derrota definitiva en la lucha con el padre edípico. Algunas inclinaciones fálicas tentativas fueron rápidamente anuladas por un sentimiento de incompetencia (ansiedad de castración) seguido por medidas regresivas: el órgano de modalidad pasivo-receptiva de la fase oral se manifestó a sí mismo en el nivel edípico en una modalidad del yo pasivo-receptiva. Su autoimagen se moldeó por rasgos y cualidades atribuidos; el principio de realidad habló con una voz escasamente perceptible.

El complejo de Edipo de John fue resuelto por la represión sexual, la magnitud de la cual sólo se volvió aparente en la adolescencia. Además de las influencias restrictivas e inhibitorias del padre, el superyo contenía suficiente seducción narcisista de la madre reminescente de la “corruptibilidad del superyo” de Alexander 81929) a través de su alianza secreta con el ello. El padre quedó como una figura amenazante; sueños de ansiedad (ladrones, gigantes) acompañaron y siguieron a la fase edípica. John se entregaba en las manos de las mujeres –madre, nana y sustitutas- que se volvieron las ejecutoras de su yo al hacer para él lo que él era incapaz de hacer para sí mismo. Él no titubeaba en acreditarse los logros de sus sustitutos. Su conciencia siempre tenia una disculpa: sentía que era un niño especial, un “príncipe adoptado”.
Esta constelación de los impulsos, el yo y el superyo no era un buen augurio para el periodo de latencia. Aparecieron perturbaciones severas en el estudio, que eran encubiertas en la escuela elemental por una nana devota, quien aprendió a imitar la escritura del niño para poder hacer su tarea. S u trabajo de la escuela era hecho, y bien hecho, mientras él jugaba y soñaba. En forma mágica, entonces, él era capaz de entrar en competencia sin ansiedad, sin riesgo de frustración y sin gritarle al principio de realidad. Su hermano era un vehemente estudiante con una mente lógica, inquisitiva y práctica, pero John sentía que ser privilegiado era superior al trabajo. Una afluencia de libido narcisista salvó al yo de sentimientos de insuficiencia e incompetencia que en esencia eran derivados de la ansiedad de castración. Este componente narcisista se añadió al encanto del niño y dio surgimiento a una mente imaginativa pero soñadora. John no era embotado ni estúpido excepto en la escuela.

La pubertad trajo consigo una completa represión sexual. No se evidenciaban ni sensaciones genitales ni masturbación. Una fijación en el impulso de organización de la preadolescencia duró toda la adolescencia: esto es, un miedo de castración por la madre fálica. Las inhibiciones sexuales eran racionalizadas como para evitar enfermedades venéreas; en realidad tenían sus raíces en conceptos tales como la cloaca y la vagina dentada. El joven atravesó el típico periodo homosexual de amistades idealizadas, luego se aproximó a las muchachas como un “estribo a la heterosexualidad”. Sus muchas amigas fueron tratadas con tierno amor; nunca urgencias o sentimientos sexuales llegaron a empañar la pureza de estas uniones.
El hecho de que John nunca dejara la posición narcisista causó su prolongada adolescencia. Finalmente se volvió un “intelectual” para complacer a sus padres; era capaz de cumplir con las demandas educativas sólo hasta un cierto punto, a pesar de estar dotado con un inteligencia excelente. Avanzada ya la adolescencia vino a demostrar un prometedor talento artístico.
El proceso de consolidación de la adolescencia tardía articuló estas distintas tendencias en una configuración yo-sintónica. John decidió volverse un maestro de niños pequeños, y un muy moderno educador. Al escoger esta carrera evitaba, en primer lugar, la competencia con su padre y hermano, ya que ambos eran personas cultas con grados académicos avanzados. John se vanagloriaba de ser un rebelde y menospreciaba las tradiciones familiares al denunciar su pasado educativo. Sostenía que el ser maestro, le dejaría suficiente tiempo para continuar con sus esfuerzos artísticos – que representaban el vínculo secreto hacia su madre. Además, el interés de John por los niños era decididamente maternal, y ofrecía una salida sublimada para sus necesidades femeninas de criar, que tenían su raíz en la identificación con la madre activa. Abogando por métodos educativos contrarios aquellos por los que él fue educado, John mantenía una tendencia de oposición que era sublimada por el éxito. Estas tendencias se combinaban para hacer de John un educador notable y exitoso.
La represión sexual masiva en la pubertad eventualmente le llevó a síntomas de conversión, tales como perturbaciones digestivas. Éstas se aplacaron bajo la influencia de masturbación genital a la edad de 19 años. La elección de John de un objeto de amor heterosexual tenía una marcada disimilaridad con la madre edípica. John podía amar sexualmente a una joven sólo si esta era sumisa, pasiva, simple y no intelectual y no demandante. La madre edípica reapareció en la vida de John en la constante búsqueda de mujeres que eran poderosas, por posición social, intelecto, fama o fortuna y en sumisión a ellas. De hecho la dependencia de John de mujeres como éstas, obstruyó s desarrollo profesional su matrimonio. Cuando estos afectos de su vida se vieron amenazados por el deterioro, buscó ayuda psicoanalítica.

El resumen de este caso indica que la síntesis de John de la adolescencia tardía fue dominada por tendencias narcisistas, y que la fijación en la modalidad pasivo-receptiva había influido el desarrollo de su yo y de su impulso. Por medio de su elección vocacional intentó resolver su posición yo-distónica a través de la identificación con la madre activa; su oposición a rendirse se mantuvo por su cruzada en pro de los métodos modernos de educación infantil. La identificación con los niños le permitió un camino institucionalizado hacia la reparación de sus fragmentos del yo infantil en un “John, el educador”. El conflicto edípico adolescente fue resuelto sin éxito dividiendo a la madre edípica en un objeto degradado y en un poder fálico sobrevalorado. La propensión de John a la receptividad pasiva asumió proporciones traumáticas durante la fase edípica cuando la rendición fálica destruyó la capacidad de competencia masculina con su padre por medio de estabilización identificatoria. El camino hacia este resultado había estado preparado ya por sus fieros celos y admiración hacia su hermano mayor. L posición homosexual pasiva en relación con el padre fue reprimida más profundamente que ningún otro conflicto, y la fijación de éste afecto libidinal resultó en una identidad masculina defectuosa. La fuerza dinámica detrás del impulso y del patrón del yo de la adolescencia tardía se derivaba de este trauma y resultaba en esfuerzos implacables e infinitos para dominar la propensión a la rendición pasiva, o simplemente para estar en paz con el padre edípico.

Pueden añadirse aquí algunos comentarios de índole más generalizada. Una característica predominante de la adolescencia tardía es no tanto la resolución de los conflictos instintivos, sino más bien lo incompleto de esta resolución. Adatto (1958) sugirió en un estudio clínico que la decisión que toman los pacientes que están en la adolescencia tardía para terminar su tratamiento analítico coincide con la resolución del conflicto edípico o el hallazgo de nuevos objetos de amor . Este punto de camino introduce un “periodo de homeostasis”, una fase de “ integración del yo que es normal en este periodo de desarrollo”.De su estudio se entiende también que una “ función restauradora del yo” es típica de la adolescencia tardía, que se asemeja a su función durante el periodo de latencia. Prefiero hacer énfasis en el hecho de que la estructuración del impulso no resuelto y las fijaciones yoicas en una unidad no organizada, saca el mejor partido de una mala situación; aunque esto plantea el problema un poco por la tangente. Aquello que fue un impedimento y un obstáculo para la maduración se convierte precisamente en lo que da a la madurez su aspecto especial. En el caso de John, la facilidad de identificarse con los niños le dio la oportunidad de sobrellevar y reparar sus propias fijaciones yoicas infantiles que se habían manifestado en su humillante dificultad en el aprendizaje. Consecuentemente, el papel de educador se vio dotado con un gran celo de dedicación y creatividad imaginativa, que a su vez le proporcionaron reconocimiento social y profesional. Este status adquirió amplio la esfera libre de conflictos del yo e instigó una diferenciación progresiva de procesos mentales adaptativos. Esto nos recuerda un comentario de Anna Freud (1952): “Sabemos por experiencia que los intereses yoicos que se originan en tendencias narcisistas, exhibicionistas, agresivas, etcétera, pueden persistir por toda la vida como sublimaciones valiosas a pesar del destino del instinto original que los provocó.”
La lucha de toda la vida con remantes no resueltos de conflictos infantiles y adolescentes ha sido estudiada en la vida de personalidades creadoras. El punto de interés en estas investigaciones biográficas y patográficas ha sido dirigido a la vida instintiva infantil, y muy poca atención se ha prestado a la contribución de la adolescencia para la estructuración de conflictos en relación con componentes regresivos y progresivos del impulso del yo. Una excepción fue Erikson (1958) en su estudio de Martín Lutero. Otros estudios psicoanalíticos de personalidades creadoras enfatizan el esfuerzo persistente para atar la ansiedad conflictiva y para integrar la fijación y trauma infantil dentro de la organización madura del yo.

La persistencia con que los remanentes conflictivos de la adolescencia extienden su influencia a la edad adulta, es descrita en una carta que escribió Freud a Rolland. Esta carta contiene un autoanálisis de una alteración de la memoria en la Acrópolis. El estado de ánimo que acompaño la realización de uno de los fervientes deseos adolescentes de Freud, el de estar algún día en la Acrópolis, fue causado por un sentimiento triunfante pero yo-distónico y depresivo que Freud (1936) resumió con estas palabras: “Debe ser que un sentimiento de culpa se añadió a la satisfacción de haber llagado tan lejos: algo no estaba del todo bien, algo que había sido prohibido desde tiempos anteriores. Algo tenía que ver con el criticismo del niño hacia su padre, con la devaluación que tomó el lugar de la sobreevaluación de la infancia temprana. Parece que la esencia del éxito era haber llegado más allá que el padre de uno, y como si el exceder los logros del padre de uno fuese algo prohibido.”

La objeción que puede oponerse es que experiencias como estas pertenecen sólo a personalidades excepcionales, a hombres de talento extraordinario. Pero ¿cómo explicar el interés sensible que muestran la mayoría de las personas ante la creación de un artista? ¿No es está pasión participante prueba suficiente de que hay autointerés vitales envueltos y que en a mayoría de los adultos existen deseos y conflictos correspondientes o equivalentes a los que el artista da expresión e términos de escucha más universales? El papel del artista creador en sus diversas formas, tanto en los tiempos modernos como en todas las eras, da prueba de los residuos de necesidades infantiles inconscientes que no pueden ser expresadas en la vida adulta sino por medio de regresiones comunales institucionalizadas “al servicio del yo”. (Kris, 1950).
Estas formulaciones son vagas; recurriremos a otros datos para aclararlas. En la adolescencia tardía emergen preferencias recreacionales, vocacionales, devocionales y temáticas, cuya dedicación iguala en economía psíquica la dedicación al trabajo y al amor. En vez del concepto de Kris de la “regresión al servicio del yo” estas meditaciones de un hombre no meditabundo pueden ser adscritas más correctamente a la modalidad de experiencia que se deriva del juego de un niño. Winicott (1953), en su estudio de “objetos de transición “describió el antecedente genético de una actividad mental en la vida adulta que no era bien comprendida anteriormente. Habla de un área “mental” intermedia de experiencia en que la realidad interna y externa se combinan, “un área que no es desafiada; un lugar de descaso para el individuo ocupado en la perpetua tarea humana de mantener la realidad interna y externa separadas pero a su vez interrelacionadas...Se acepta aquí que la tarea de aceptación de la realidad nunca es completada, que ningún ser humano esta libre del esfuerzo de relacionar la realidad interna y externa, y que un aligeramiento de ese esfuerzo es provisto por un área intermedia de experiencia que no es definida (arte, religión, etc.), esta área intermedia esta en continuidad directa con el área de juego del niño pequeño que se “pierde” en el juego”.

La resolución del proceso adolescente en la adolescencia tardía esta preñada con complicaciones que fácilmente someten a esfuerzo excesivo la capacidad integrada del individuo, y que puede conducir a maniobras de postergación (“adolescencia prolongada”), o a fracasos reiterados (“malogro de la adolescencia”), o adaptaciones neuróticas (“adolescencia incompleta”). El resultado no puede asegurarse hasta que la adolescencia tardía se estabiliza. La adolescencia tardía es el tiempo cuando los fracasos adpatativos toman su forma final, cuando ocurre el quiebre. Erikson (1956) se refiere al periodo de consolidación de la adolescencia tardía como el periodo de “crisis de la identidad” conceptualiza el quiebre en la adolescencia tardía en términos de fracaso para llevar a cabo la tarea de maduración de esta etapa, el establecimiento de la “identidad del yo”.
Siempre que la deformación temprana del yo , con diferenciaciones incompletas entre el yo y la realidad, es la razón del fracaso de la adolescencia (síntesis yoica defectuosa) el quiebre aparece como el límite o la enfermedad psicótica. En el tratamiento de estos casos debe uno regresar a las fases pregenitales: a la dependencia oral y a la agresión oral, y a las vicisitudes de la “confianza básica” (Erikson, 1950). Clínicamente, reconocemos los defectos de la función sintética del yo y la agresión preambivalente dirigida a objetos o autorepresentaciones en las deficiencias persistentes de la constancia de objeto con las consiguientes perturbaciones afectivas y cognitivas. Usando la expresión de Brierly (1951) el quiebre esta relacionado con los objetos distorsionados internalizados y debe producir “sadismo infantil proyectado”. El proceso de consolidación se complica además por la necesidad que hay en la adolescencia tardía de asignar a objetos de amor y odio en le mundo externo catexis agresivas y libidinales que originalmente se fundan en representaciones de objeto. Estos arreglos yo-sintónicos producen estabilidad de actitudes, sentimientos y prejuicios. En circunstancia normales y benignas, son causantes de las pequeñas inquinas, pequeñas quejas, pequeños odios, etc., de las personas; son de gran importancia para la economía psíquica. El desarrollo del carácter neurótico o la formación de síntomas en la adolescencia tardía representa un intento de “autocuración” después de fracasar en la resolución de fijaciones infantiles articuladas al nivel del complejo de Edipo. La vida amorosa del adolescente tardío demuestra clínicamente las varias condiciones de amor que se basan en la persistencia del complejo de Edipo. Fueron descritas por Freud (1910): 1)la necesidad de una tercera persona ofendida; 2)el amor a una prostituta; 3)una larga cadena de objetos; 4)el rescate de una persona amada; 5)una hendidura entre la ternura y la sensualidad. A esta lista puede añadirse la “exogamia neurótica” de Abraham.

Durante la adolescencia tardía la identidad sexual toma su forma final “de los 18 a los 20 años – según observó Spiegel (1958)-, parece ser que la selección sexual evidente se efectúa; al menos he observado que un número de homosexuales masculinos han empezado a considerarse durante ese periodo como permanentemente homosexuales”. Freud (1920) hizo la misma observación; estableció que la homosexualidad en las muchachas toma una forma decisiva y final durante los primeros años después de la pubertad. Continua diciendo:”Es posible que algún día este factor temporal pueda demostrarse como uno de gran importancia.” Sin lugar a dudas, la formación de una identidad sexual estable y reversible es de la mayor importancia en términos de la organización de impulsos específicos de la adolescencia tardía.

Puede describirse el proceso de consolidación de la adolescencia tardía en términos de compromisos abortivos y practicables o de síntesis yoica, y de adaptaciones positivas y negativas a condiciones endopsíquicas y de medio ambiente. Los fracasos para dominar la realidad interna y externa, pueden catalogarse en 2 categorías. Por un lado, los fracasos se deben a 1) un aparato defectuoso (yo); 2) una capacidad deteriorada para estudio diferencial; o 3)una proclividad a la ansiedad traumática (pánico de la pérdida del yo). Estos casos que comprenden condiciones limítrofes esquizofrénicas y psicóticas, pueden ser llamados casos de adolescencia mal. Lograda, por el otro lado si los fracasos se deben a: 1) perturbaciones entre los sistemas: 2) bloqueos al aprendizaje diferencial (como tipo de inhibiciones): o 3) evitar ansiedad conflictiva (formación de síntomas), entonces podemos hablar de adolescencia incompleta o de perturbación neurótica. No presentamos esta división como un intento de clasificación, sino más bien como la delineación de dos formas esencialmente diferentes de esfuerzos abortivos para superar las crisis adolescentes. Estas representan los extremos del desarrollo desviado; la observación clínica presenta mezclas y combinaciones sin fin.

La pseudomodernidad en los standares sexuales es en gran parte responsables de muchas complicaciones en el desarrollo de la feminidad. El cambio del estándar doble al sencillo no ha dado a la joven la libertad expansiva que espera adquirir. Este desarrollo social ignora el hecho de que el impulso sexual femenino está mucho más íntimamente ligado a sus intereses yoicos y a sus atributos de personalidad que en el hombre. “en el niño, como opuesto a la niña, al fin del conflicto entre el instinto y el mecanismo de defensa, el instinto sexual emerge muy independiente de sus sublimaciones” (Deutsh, 1944). La niña reacciona a la diferencia de los sexos con un bien reconocido resentimiento que es una expresión del “complejo de masculinidad”. En un intento de formular las cualidades esenciales de la feminidad. Helene Deutsh (1944) mencionó “La secuencia constituida por: 1) mayor propensión a la identificación; 2) fantasía más fuerte; 3) subjetividad; 4) percepción interna; 5) intuición, nos lleva de vuelta al origen común de todos estos rasgos: la pasividad femenina.”en es esfuerzo para asimilar características masculinas que tienen su raíz en la fisiología y anatomía masculina, la joven a adquirido una superficialidad de sentimientos y ha primitivizado su feminidad. Benedek (1956, b), que investigo esta condición, dice: “...la organización de la personalidad de la mujer moderna, a través de la integración de aspiraciones y sistemas de valores masculinos, adquiere un estricto superyo. Consecuentemente la mujer puede responder con reacciones de culpa a la regresión biológica de la maternidad. Muchas mujeres no se permiten ser pasivas: reprimen sus necesidades de dependencia ...” no se vuelven una parte integral de la pasividad femenina, la necesidad de dependencia puede llegar a no desprenderse de la madre; en ese caso la joven puede transferir a los hombres su hostilidad defensiva hacia la madre. Este desarrollo era aparente en el caso de Judy.

Durante la adolescencia tardía la predisposición a tipos específicos de relaciones amorosas se consolida. Con mucha frecuencia estos tipos contienen mezclas de compromisos entre fijaciones edípicas positivas y negativas. En una ocasión observe en el análisis de un hombre joven post adolescente que su amor por una mujer era determinado por su identificación con la madre, quien era rechazada por el padre como lo era él mismo. Rogando aceptación y amor por su compañera inafectiva, sexualmente fría y egoísta, el paciente fue llevado por el deseo edípico implacable, por el amor de su distante y demandante padre la relación de amor –de hecho, el matrimonio- llego al mismo fin desastroso, como había llegado el conflicto edípico, debido a su designación positiva extremadamente débil y fuertemente negativa: las tendencias homosexuales dominan la relación. Otra forma de consolidación fue en el caso de una joven postadolecente, quien imprimió su primera relación heterosexual con profundos anhelos con una madre protectora, preedipica, y por la felicidad de unificarse con ella. La joven dijo “quiero que Don sienta exactamente, como yo, siempre, y que esté conmigo siempre que lo necesite. De otro modo me siento desesperada y perdida, completamente perdida. No, lo quiero dominar dictándole sus sentimientos, no. Lo que si quiero es solamente entroncarme en su vientre”. De este caso podemos decir que la consolidación de la adolescencia tardía ocurrió prematuramente debido con la fijación en la fase preadolescente. Otra joven descubrió el cambio de la rivalidad competitiva con los muchachos a los que ella llamaba “igualdad femenina” cuando me gustaba un muchacho –dijo ella- siempre estaba en competencia con él, con ninguna otra choca de ningún modo quería yo igualdad masculina, sólo dos muchachos queriéndose uno al otro. Antes de una cita tenía afilados mis cuernos y mis dientes. En mi amor por Bruce es diferente: no me siento igual a él, no estoy compitiendo con él, lo admiro. Nunca antes pensé querer igualdad femenina; toda la idea es nueva para mi. Pensando en matrimonio siempre tuve dos alternativas en mente, o me caso con un hombre joven y compito con él, o me caso con un hombre mayor, con el que no habría competencia porque esperaría yo que me tratara paternalmente.” En estos tres casos aparece por igual la consolidación de un compromiso sin la terminación de un paso satisfactorio a través de las fases adolescentes. Condiciones como estas auguran generalmente un desarrollo desviado; dichas desviaciones influyen la selección de objetos, en la vida adulta y, dentro de ciertos límites, pueden estabilizarse recíprocamente por el matrimonio.

Ahora debemos mencionar una falla en la resolución en el proceso adolescente que proviene de un origen diferente: la sexualización de las funciones yoicas. En estos casos estamos tratando con la integración aparentemente exitosa de selecciones vocacionales e intereses yoicos que son invadidos secundariamente por instintos componentes – por ejemplo, la escoptofilia y el exhibicionismo. Si su sublimación no se mantiene más agobiaran al yo con excitación sexual y fantasías inconscientes que producen una actividad yoica muy inestable, y que finalmente conducirán a la inhibición. Esta condición ha sido estudiada especialmente con referencia a la inestabilidad de elección vocacional en los jóvenes en la adolescencia tardía, y también en relación con las inhibiciones y síntomas de los artistas. La sexualidad de las funciones yoicas debilitaba objetividad, la comprobación de la realidad y la autocrítica: parte de la actividad basada en la fantasía se vuelve yo-diatónica. “la fantasía yo-diatónica contribuirá a la pauta de la organización del yo y sufrirá mas modificaciones de desarrollo junto con el yo, mientras que la fantasía yo-diatónica puede formar el núcleo de un sistema disociado y por lo tanto potencialmente patógeno”(Brierley 1951). El caso de Tom. (Pág. 177) demuestra que la sexualidad de su interés en la historia echaba a perder la maniobra defensiva (intelectualización) y constantemente despertaba sentimientos de culpa y vergüenza. La sexualización de las funciones yoicas las convierte en inestables, intratables y desconfiables; se tornan inútiles para el mantenimiento de la armonía interna y la formación de patrones de hábitos de trabajo. Estas funciones yoicas son sexualizadas son pobres ejecutantes de los intereses yoicos y se comportan –usando una expresión de Freud- como la cocinera que al entrar a un affaire con el amo se rehúsa a hacer su trabajo en la cocina. (freud, 1926).

La consolidación de la personalidad al fin de la adolescencia trae mayor estabilidad y nivelación al sentimiento y la vida activa del joven adulto. Se efectúa una solidificación de carácter: es decir “una cierta constancia prevalece en las formas que el yo escoge para resolver sus tareas” (Fenichel, 1945 b,). La mayor estabilidad de pensamiento y acción se obtiene a cambio de la sensibilidad introyectiva tan característica del adolescente: el florecimiento de la imaginación creativa se opaca durante la adolescencia tardía. Los intentos de imaginación, de aventura y artísticos declinan hasta que gradualmente desaparecen por completo. Por supuesto el verdadero artista es la excepción; pero no nos ocuparemos de su desarrollo por el momento.
La mayor capacidad para el pensamiento abstracto, para la construcción de modelos y sistemas, la compacta amalgama de pensamiento y acción, dan a la personalidad de la adolescencia tardía una calidad más unificada y consistente. La aplicación de la inteligencia permite al hombre poner orden en el mundo a su alrededor; pero no debe pensarse que la objetividad adulta es en todo superior al pensamiento del niño, al permitir contradicciones en las operaciones mentales, es capaz de hacer observaciones escoto misadas por el adulto lógico: “sabemos que el primer paso hacia el dominio intelectual del mundo en que vivimos es el descubrimiento de principios generales, reglas y leyes que llevan orden al caos. Por medio de operaciones mentales como estas simplificamos el mundo de los fenómenos, pero no podemos falsificar al hacerlo... (Freud, 1937), el proceso de consolidación de la adolescencia tardía es un proceso de agotamiento, limitación y canalización. Esto esta bien expresado en la autobiografía del poeta ingles Richard Churd (1956), que dice así mismo a la edad de 17 años, “de repente estaba armado... la poesía era mi arma.”
He enfatizado que en la adolescencia tardía no se ha llevado a cabo la resolución total de los conflictos infantiles. Los residuos de fijaciones y represiones saltan a la vida en forma de derivados; retan al yo y le exigen esfuerzos continuos, para dominar estas influencias perturbadoras; y esos esfuerzos dan propósito, forma y calor a la vida adulta según se desenvuelven .

El proceso de consolidación nunca es de tensiones desequilibrantes, sino más bien de su organización en términos de patrones o sistemas. Las interferencias con su estabilidad se derivan mas bien de “demasiado poco, o demasiado” –es decir de aspectos cualitativos Freud (1938) expresó su punto de vista conferencia a las transformaciones de la pubertad diciendo: “La situación se complica por el hecho de que los procesos necesarios para lograr un resultado final están o no completamente presentes o completamente ausentes: como una regla están parcialmente presentes, así que el resultado final depende de relaciones cuantitativas. Así la organización genital será lograda pero será debilitada respecto a esas porciones de la libido que han seguido tan lejos pero han permanecido fijas a objetos y direcciones pregenitales” hacia el fin de la adolescencia tardía los patrones han sido formados epitomizando las esenciales tensiones desequilibrantes, que tienen que volverse una parte integral de la organización del yo. Esta idea aparece en una carta de Freud a Ferenzci un hombre no debería esforzarse por eliminar sus complejos, sino ponerse de acuerdo con ellos: ellos son legítimamente los que dirigen su conducta en el mundo” (Jones, 1955.)
El proceso de delimitación de la adolescencia tardía es llevado a cabo a través de la función sintética del yo. Es una aceptación final y el establecimiento de las tres antítesis en la vida mental llamadas: sujeto-objeto, activo-pasivo, y placer-dolor. Una posición estable con referencia a estas tres modalidades antitéticas se manifiesta subjetivamente a sí misma como un sentido de identidad. La identidad del yo de Erickson (1956), con la realización especifica de la fase de la tardía adolescencia, describe una experiencia subjetiva de variables estados del yo, de fluctuaciones de libido debido a crisis conflictivas y de maduración: en conclusión es el resultado de procesos psicológicos heterogéneos que se combinan acumulativamente en un estado de yo descrito mejor como sentido de identidad, identidad del yo, o sentido del ser. La representación mental del ser. La representación mental del ser al fin de la adolescencia es una formación cualitativamente nueva, y refleja como un todo organizado las variadas transformaciones que son especificas a la fase de la adolescencia tardía. (Véase “El yo y el Ser”, pág. 276.)

Después de que una fijación a sido establecida entre las tres antítesis aun varían en combinación y énfasis, dependiendo de los variados roles que el sujeto asume en la vida. La fijación de roles, así como la necesidad especifica de gratificación que alcanzan estos roles dentro de un vector circunscrito, de interacción entre el sujeto y el medio ambiente, es una realización esencial de los procesos mentales adaptativos. En los roles de madre y esposa, de sujeto que gana un salario y del que no lo gana, para no mencionar “el inexpugnable lugar de reposos”, el “área intermedia” de Winnicott (1953), en todos estos roles el sujeto persigue diferentes fines, que no están siempre en armonía unos con otros; aun así están relacionados y unificados por un impulso hacia la autorrealización.
Muchos niveles de autorrealización coexisten tranquilamente en Orlando, novela sobre la transformación en mujer, Virginia Wolf, (1928) escribió acerca de los variados roles que el ser en maduración aprende para vivir:
¿Orlando?, y el Orlando requerido puede no presentarse; estos yo que nos forman , uno apilado encima del otro, como los platos apilados en la mano del mozo, tienen lazo en otra parte simpatías, pequeños códigos y derechos propios, llaméense como quiera ( y para muchas de estas cosas no hay nombre)de modo que alguno de ellos no acude sino a los días lluvias, otro en un cuarto de cortinas verdes, otro cuando no esta Mrs. Jones otro si le prometen un vació de vino –etcétera; porque nuestra experiencia nos permite acumular las condiciones diferentes que exigen nuestro yo diferentes – y otros son demasiado absurdos para figurar en letras de molde.

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domingo, 14 de diciembre de 2008

Psicoanálisis de la Adolescencia. Peter Blos. (Parte 5)

5. La adolescencia propiamente tal
La pubertad en forma implacable empuja al joven adolescente hacia adelante. Su búsqueda de relaciones de objeto o, por el contrario, el evitarlos, ilumina el desarrollo psicológico que está ocurriendo durante esta fase.
Durante la adolescencia propiamente, la búsqueda de relaciones de objeto asume aspectos nuevos, diferentes de aquellos que predominaron en la fase preadolescente y en la adolescencia temprana. El hallazgo de un objeto heterosexual se hace posible por el abandono de las posiciones bisexual y narcisista, lo que caracteriza el desarrollo psicológico de la adolescencia. en forma más precisa debemos hablar de una afirmación gradual del impulso sexual adecuado que gana ascendencia y que produce una angustia conflictiva en el yo. Los mecanismos defensivos y adaptativos en toda su compleja variedad pasan a primer plano en la vida mental. El complejo desenvolvimiento de los procesos mentales durante esta fase, hace imposible una presentación comprensiva de todos los aspectos más importantes que en ella ocurren. Es necesario dividir la complejidad del desarrollo mental en sus componentes y poner más atención a la enorme variabilidad del desarrollo.

El curso de la adolescencia propiamente tal, a menudo conocida como adolescencia media, es de finalidad inminente y cambios decisivos; en comparación con las fases anteriores, la vida emocional es más intensa, más profunda, y con mayores horizontes. El adolescente por fin se desprende de los objetos infantiles de amor, lo que con anterioridad ha tratado de hacer muchas veces, los deseos edípicos y sus conflictos surgen nuevamente. La finalidad de esta ruptura interna con el pasado agita y centra la vida emocional del adolescente; al mismo tiempo esta separación o rompimiento abre nuevos horizontes, nuevas esperanzas y también nuevos miedos.

La fase de la adolescencia que ahora vamos a explorar corresponde al segundo acto del drama clásico. Los personajes dramáticos han llegado a un momento donde irrevocablemente están metidos en el drama; el espectador se ha dado cuenta de que no puede haber un retorno a las situaciones de las escenas primeras y reconoce que los conflictos implacablemente conducirán a un final climático. Después del segundo acto los eventos han tomado un cambio decisivo, pero el resultado final es desconocido y solamente el último acto del drama nos podrá informar sobre esto. en forma semejante, durante la adolescencia propiamente tal los conflictos internos han alcanzado un punto de envolvimiento irrevocable, pero el final aún no puede predecirse, no podemos sino suponer y hacer pronósticos correctos en ocasiones y otras veces equivocados; solamente la adolescencia tardía nos podrá decir si vislumbramos correctamente el resultado.
Helene Deutsch (1944), resume su opinión sobre este problema diciendo: "Solamente el desarrollo subsiguiente puede mostrarnos si el fenómeno patológico está comprendido en tales casos o si simplemente son dificultades intensificadas de la adolescencia". Los estudios sobre predicción nos pueden ayudar a comprender y evaluar los aspectos no patológicos de esta fase del desarrollo, durante el cual la personalidad muestra normalmente muchos aspectos aparentemente patognomónicos. la investigación sobre la adolescencia puede ser estimulada por los estudios de predicción que han sido llevados a cabo sobre infancia y niñez temprana (M. Kris, 1957), así como la crítica de Anna Freud (1958) sobre esta investigación.

Durante la adolescencia propiamente tal, el adolescente gradualmente cambia hacia el amor heterosexual, y ahora expondré los cambios internos que son esenciales y en verdad precondicionales para el avance hacia la heterosexualidad. Este desarrollo comprende muchos procesos diferentes, y es su integración la que produce la maduración emocional esencialmente, los adolescentes, que en esta fase entran rápidamente en una actividad heterosexual, no alcanzan, por virtud de esta experiencia, la precondiciones para el amor heterosexual, y a medida que uno investiga los matrimonios de adolescentes puede darse cuenta de la forma tan lenta en que se desarrolla la capacidad para un amor heterosexual maduro. Desde el punto de vista psicoanalítico el problema principal reside en la naturaleza de los cambios catécticos relacionados a los objetos internos y al ser, más bien que en expresiones en la conducta por ejemplo: tener un empleo, o relaciones sexuales), como índices importantes del cambio o de la progresión psicológica.

El retiro de la catexis hacia los padres, o más bien de la representación de los objetos en el yo, produce una disminución de los objetos en el yo, produce una disminución de la energía catéctica en el ser. En el muchacho, tal como lo hemos visto, este cambio lleva a una elección narcisista de objeto basada en el yo ideal; podemos discernir en esta constelación libidinal los nuevos intentos de resolución de los aspectos remanentes reactivados del complejo de Edipo, positivo o negativo. En la muchacha, observamos una perseverancia del componente fálico. Una detención seria en el desarrollo de los impulsos aparece si este componente no es concedido al amor heterosexual en el tiempo adecuado. Es decir, que la formación de la identidad sexual es el logro final de la diferenciación del impulso adolescente durante esta fase.

En ambos sexos puede observarse un aumento en el narcisismo. Este hecho debe enfatizarse porque produce una gran variedad de estadios en el yo que son característicos de la adolescencia propiamente tal. Este aumento precede a la consolidación del amor heterosexual; para ser más exacto, está íntimamente ligado con los procesos de la búsqueda de objetos no incestuosos. Fácilmente puede observarse cómo los adolescentes abandonan su gran autosuficiencia y actividades autoeróticas, tan pronto como, por ejemplo, tienen sentimientos de ternura por una muchacha. El cambio de catexis del ser a un nuevo objeto altera la economía libidinal pues la gratificación se busca ahora en un objeto en lugar de en uno mismo. Tal como lo expresó un muchacho de 15 años: "Tan pronto como tengo una muchacha en la mente no tengo que comer como marrano o masturbarme todo el tiempo", la protección en contra de las desilusiones, los rechazos y los fracasos en el juego del amor, está asegurada por todas las formas de engrandecimiento narcisista. Además, este estadio permite la preocupación mental con ideas que llevan a selecciones inventivas o a construcciones mentales útiles, que a su vez derivan su fascinación del desplazamiento de los impulsos inhibidos, como la intelectualización. Sandy, un muchacho adolescente de 14 años, muy tímido y temeroso del rechazo, decidió invitar a una muchacha a salir con él. Al mismo tiempo Sandy dijo en su análisis que había pasado muchas horas del día pensando cómo "controlar la tierra". dos inventos, dice, son necesarios: "un productor de energía y un duplicador de la materia" (es decir, en el control del hombre y de la mujer). Con estas invenciones dijo, se podría controlar la tierra. El analista comentó también a "Jane". Sandy contestó: "Cuando marqué anoche el teléfono de jane estaba pensando en un sistema de control monetario en el mundo. Tartamudeé cuando contestó el teléfono, pero fingí que esto era nada más algo que yo estaba actuando".

La cualidad narcisista de la personalidad adolescente es bien conocida. El retiro de la catexis de objeto lleva a una sobrevaloración del ser, a un aumento de la autopercepción a expensas de la percepción de la realidad, a una sensibilidad extraordinaria, a una autoabsorción general, a un engrandecimiento. En el adolescente el retiro de la catexis de los objetos del mundo externo puede llevar a un retiro narcisista y a una pérdida de contacto con la realidad. Esto fue descrito primeramente por Bernfeld (1923), que señaló la semejanza de este estado a las psicosis incipientes. El empobrecimiento del yo se debe a dos cosas: 1) a la represión de los impulsos instintivos, y 2) a la incapacidad de extender la libido a los objetos infantiles de amor, así como el aceptar las emociones que esto representa. Esta última fuente puede también verse como una resistencia en contra de la regresión.

Las defensas narcisistas, tan características de la adolescencia, son ocasionadas por la inhabilidad de dejar al padre gratificante, en cuya omnipotencia el niño llega a depender, más que en el desarrollo de sus propias facultades; tal niño, al entrar en la adolescencia temprana se encuentra totalmente incapacitado para enfrentarse a la desilusión de sí mismo, por su logro real y limitado en la realidad. Esta condición, en su forma típica, será descrita en el Capítulo VII; es el problema central del atolladero patológico de la adolescencia prolongada. Debemos diferenciar la elección de objeto narcisista, de las defensas narcisistas y de la etapa narcisista transitoria que normalmente precede al encuentro de objeto heterosexual. Esta etapa transitoria, que discutiremos ampliamente, es la consecuencia de la catexis del padre o madre internalizado o, para ser más exactos, de sus representaciones de objeto. Esto resulta en procesos de identificación primitivos y transitorios que sirven a necesidades narcisistas y necesidades relativas al objeto.
El alejamiento que experimenta el adolescente en relación a los objetos familiares de su infancia es una consecuencia más de la "deslibidinización del mundo externo" (A. Freud, 1936). La difusión de los instintos en relación con representaciones de objeto influye en el comportamiento manifiesto del adolescente hacia sus padres o sustitutos a través de mecanismos proyectivos. Los introyectos "bueno" y "malo" se confunden con los padres actuales y su conducta real. La catexis de las representaciones de objeto los elimina como fuente de gratificación libidinal; consecuentemente, se observa en el adolescente un hambre de objeto, un deseo avaro que le lleva a uniones e identificaciones superficiales y constantemente variantes. Las relaciones de objeto en esta etapa llevan automáticamente a identificaciones transitorias, y esto previene a la libido objetal de ser totalmente agotada por deflexión en el ser. El hambre de objetos de esta fase puede asumir proporciones abrumadoras; un objeto, real o imaginario, puede servir como sostén en el mundo objetal. La identidad del objeto real de este hombre, sin embargo, es negada; es el padre del mismo sexo. La identificación, positiva o negativa, con el padre del mismo sexo tiene que llevarse a cabo antes de que pueda existir amor heterosexual. Los nuevos objetos no son sólo pantallas en contra de antiguas introyecciones, sino que son también intentos de neutralizar las "malas" introyecciones con "nuevas" introyecciones "buenas" (Grehson, 1954). Este concepto arroja luz en la función económica del flechazo. Las sensaciones de hambre y la tendencia a engullir comida están sólo parcialmente condicionadas por las necesidades físicas de crecimiento del adolescente; puede observarse que fluctúan significativamente con el surgimiento y la declinación de hambre primitiva de objeto, que es la función incorporativa. He observado en varios adolescentes de esta fase que las sensaciones de hambre o la necesidad de comida disminuyen claramente al tiempo que un objeto heterosexual significativo y gratificante entraba en su vida. El rol significativo que la oralidad juega en el proceso de separación, que envuelve intensificados anhelos orales, también explica la frecuencia de estados de ánimo depresivos en la adolescencia como una "regresión transitoria a la fase oral-incorporativa (alimenticia) del desarrollo" (Benedeck, 1956, a).

La etapa narcisista no es sólo una acción demoradora o apoyadora causada por repugnancia para renunciar definitivamente a los objetos tempranos de amor, sino que también representa una etapa positiva en el proceso de desprendimiento. Mientras que previamente los padres eran sobrevalorados, considerados con temor y no valorados realistamente, ahora se vuelven devaluados y son vistos con las ruines proporciones de un ídolo caído. La autoinflación narcisista surge en la arrogancia y la rebeldía del adolescente, en su desafío de las reglas, y en su burla de la autoridad de los padres. Una vez que la fuente de gratificación narcisista derivada del amor paternal ha cesado de fluir, el yo se cubre con una libido narcisista que es retirada del padre internalizado. El resultado final de este último cambio catéctico debe ser que el yo desarrolla la capacidad de asegurar, sobre la base de una ejecución realista, esa cantidad de abastecimiento narcisista que es esencial para el mantenimiento de la autoestima. Así vemos que la etapa narcisista opera al servicio del desarrollo progresivo, y está habitualmente entremezclada con la lenta ascendencia de hallazgos de objeto heterosexual. "Donde la formación del yo está envuelta, el narcisismo ... es un rasgo progresivo...hasta donde el desarrollo de la libido está en cuestión, este narcisismo es, por el contrario, obstructivo y regresivo." (Deutsch, 1944.) Esta etapa de narcisismo transitorio, se vuelve un nefasto rompimiento del desarrollo progresivo, sólo cuando el narcisismo es estructurado en una operación defensiva de sostén y así inhibe en vez de promover el proceso de desprendimiento. El proceso de separación y su facilitación son los que dan a la etapa narcisista su calidad positiva y progresiva. En cuanto a la regresión llevada a cabo bajo estos auspicios, el aforismo de Nietzche viene a la mente. "Dicen que está yendo hacia atrás, y desde luego; lo está porque intenta dar el gran salto". se podría también hablar de una "regresión al servicio del yo" que normalmente sucede en ese trance particular del desarrollo adolescente.

El aislamiento narcisista del adolescente es contrarrestado en muchas formas, que llevan a mantener su sujeción sobre las relaciones de objeto y sobre límites firmes del yo. Ambos sostenes están constantemente en peligro y la amenaza de tales pérdidas ocasiona ansiedad y pánico; también inicia procesos regresivos restitutivos que van desde leves sentimientos de despersonalización hasta estados psicóticos. Un territorio intermedio en el que el tirón de la regresión narcisista es contrarrestado por la ideación relacionada al objeto y a la aguda percepción de impulsos instintivos, existe en la vida de fantasía y sueños diurnos extraordinariamente ricos en el adolescente. Estas fantasías implementan los cambios catécticos por "acción de ensayo" y ayudan al adolescente a asimilar en pequeñas dosis las experiencias afectivas hacia las que se está moviendo su desarrollo progresivo. la vida de fantasía y la creatividad están en la cúspide en esta etapa; expresiones artísticas e ideacionales hacen posible la comunicación entre experiencias altamente personales que, como tales, se vuelven un vehículo para la participación social. El componente narcisista permanece obvio y, desde luego, la gratificación narcisista derivada de tales creaciones es legítima. Las fantasías privadas pueden ser comparadas a "un ensayo", porque muy frecuentemente son funciones preparatorias para iniciar transacciones interpersonales.

El siguiente pasaje de un cuento de George Baker (1951) expresa bien los singulares sentimientos del adolescente que está de paso a través de este territorio intermedio:
Esas tardes exquisitamente melancólicas de mi adolescencia cuando solía caminar con la abstracción de un sonámbulo a través de las húmedas avenidas de Richmond Park, pensando que yo nunca participaría activamente en la vida; preguntándome por qué el fuego contenido de mis esperanzas, ardiendo en mi vientre peor que alcohol puro, parecía no enseñar a los extraños que yo vagaba en los jardines. Y frecuentemente se me aparecía la frustración bajo el disfraz de una alucinación; mirando por entre los árboles que escurrían rocío colgante, algunas veces vi estatuas clásicas cobrar vida instantáneamente volviendo su belleza desnuda hacia mí; o escuchaba una voz salir de entre un arbusto: "Todos será contestado con tal de que no veas a tu derredor".

Y estoy parado aguardando, sin atreverme a ver hacia atrás, esperando una mano sobre mi hombro que me brinde una tarea, pero solamente hay el rumor del viento y una hoja de periódico que la brisa arrastra hacia abajo y que me roza como una interjección sucia. O un ciclista pasa veloz ofreciendo posibilidades hasta el momento en que llega a mí, posibilidades que desaparecen cuando él ha pasado. Aun así, estaba sufriendo de una simple pero devastadora propensión: esperaba vivir.

Es interesante notar cómo esta descripción indudablemente autobiográfica enfatiza la realzada agudeza de los órganos de los sentidos, el ojo y el oído especialmente. .Un cambio catéctico dota a los órganos de los sentidos de una percepción hiperaguda que obtiene su contenido especial y calidad de la proyección; los acontecimientos internos son ahora experimentados como percepciones externas, y su calidad frecuentemente se aproxima a las alucinaciones. Debe ser recordado que la vista, el oído y el tacto juegan un papel principal en el establecimiento de relaciones de objeto tempranas, en una época en que la diferenciación entre "yo" y "no yo" existe, pero que está siendo introducida por procesos introyectivos y proyectivos. Acaso esta hipercatexis adolescente de los sentidos ayuda al yo a agarrarse al mundo de los objetos que está constantemente en peligro de perder. En verdad, ¿no es esta propensión a proyectar procesos internos y experimentarlos como realidad externa la que da a la adolescencia su rasgo característico de funcionamiento seudopsicótico? Sentimientos de alejamiento, de irrealidad y despersonalización amenazan con romper la continuidad de los sentimientos del yo, y aunque éstas son condiciones extremas, persiste el hecho de que el adolescente experimente el mundo externo con una singular calidad sensitiva que él piensa que no es compartida por otros: "Nunca nadie ha sentido como yo", "Nadie ve el mundo como yo". La madre naturaleza se convierte en un corresponsal personal para el adolescente; la belleza de la naturaleza es descubierta y se experimentan estados emocionales exaltados.
Esta hipersensibilidad está particularmente presente en relación con el abrumado anhelo de amor. Un joven de 16 años describe su primera experiencia de tierno amor con una referencia particular a sensaciones táctiles: "Es una emoción amorfa -se puede convertir en cualquier cosa caminando descalzo en el pasto, caminando en el aire con los ojos cerrados y diciendo Eileen. Simplemente es querer amar a alguien. Cuando llueve tengo la ventana abierta y me empapo con el aire. Si acaso hay un ambiente primaveral me siento exuberante -Ahora yo vivo enteramente con el cambio de clima."
El papel normal de las fantasías y experiencias alucinatorias durante la adolescencia ha sido descrito por Landauer (1935): "La percepción constituye la internalización de la realidad externa y normalmente es preservada como objeto de amor y odio; el adolescente que está impulsado por la necesidad de amar regresa a la costumbre infantil de incorporar objetos por destrucción, para reproducirlos en alucinaciones o (menos drásticamente) en fantasías como una realidad externa que ahora es idéntica a su yo. Este fenómeno es parte de la doctrina del adolescente, que sostiene que el yo es el único existente".

Debe mencionarse que el descubrimiento de la naturaleza y la belleza es representativo para un grupo social y educativo en particular, que más o menos coincide con la clase media y baja. Pero aunque el contenido de las fantasías varía mucho, el principio descrito se observa a través de esta fase. El aspecto más cambiante de un impulso es su objetivo, y el componente más variable de una fantasía es su contenido manifiesto. Esta variedad, que depende de la clase, región y tiempo histórico, no debe opacar el papel de la fantasía en la adolescencia, como un fenómeno transitorio interpuesto entre las etapas del narcisismo y del encuentro de un objeto heterosexual.
Típico de esta etapa intermedia es el hecho de llevar un diario. Escribir u diario es más frecuente actualmente en EE.UU., entre las jóvenes que entre los muchachos; posiblemente siempre haya sido así. La autoconcentración emocional que implica llevar un diario se ve fácilmente obstruida en un joven por connotaciones de pasividad; su necesidad de reafirmación física tanto agresiva como defensiva, desvían su atención de la introspección. Esto no siempre ha sido verdad; parece que con el advenimiento del cliché único de comportamiento, los tabúes más rígidos contra el así llamado "comportamiento inapropiado para el sexo" han sido derribados. Como quiera que sea, la diarista femenina comparte sus secretos con su diario como con un confidente íntimo. La necesidad de llevar un diario es proporcionalmente inversa a la oportunidad que tiene el adolescente de compartir sus necesidades emocionales con el medio ambiente. El soñar despierto, los acontecimientos y las emociones que no pueden ser compartidas con las personas reales, se confiesan al diario con desahogo. De este modo el diario asume una calidad de objeto. Esto es obvio si se leen los títulos, "Querido diario" o, como en el diario de Anna Frank (1947), "Querida Kitty". El diario de una joven es siempre su confidente femenino y ocupa un lugar entre el soñar despierto y el mundo de los objetos, entre la fantasía y la realidad, y su contenido y forma cambian con las diferentes épocas; porque el material que antes era ansiosamente guardado en secreto ahora se expresa abiertamente.
El adolescente contemporáneo, más sofisticado, ya no lleva un diario, registra las cosas, sin embargo, con miras a la posteridad y lo que dichos documentos ganan en calidad literaria generalmente lo pierden en autocrítica y espontaneidad. Actualmente, los diarios son más frecuentemente llevados por adolescentes de familias de clase media, donde los esfuerzos literarios son valorados y la facilidad de la palabra escrita no es poco común. Los temas que alguna vez fueron predominantes en los diarios -los conflictos instintivos acompañados de un humor depresivo, familiarmente conocido como Weltschmerz, una aflicción melancólica cósmica-, han dado lugar a diferentes temas, que pueden ser resumidos como una ansiedad difusa sobre la vida: Lebbensangst (Abegg, 1954). Así también la ingenuidad acerca de la política y el provisionalismo de días pasados han sido dramáticamente reemplazados por un conocimiento de la mayoría de los adolescentes acerca de los conflictos sociopolíticos de todo el mundo. Esta sofisticación no anula el hecho de que el diario aún tiene el mismo propósito psicológico, y que consiste en llenar el vacío emocional sentido cuando los nuevos impulsos instintivos de la pubertad no pueden estar por más tiempo unidos a objetos, así, la fantasía asume una función de lo más importante y esencial. Volcarse en el diario mantiene la fantasía, por lo menos parcialmente relacionada a un objeto y el hecho de escribir sus pensamientos mantiene las actividades mentales del adolescente más cerca de la realidad, ya sea que estas actividades impliquen afectos o deseos, fantasías, aspiraciones o esperanzas, o exceso de arrogancia o desesperación. Una chica reportó en su diario que en cuanto solía escribir sus fantasías sadomasoquistas éstas se volvían más excitantes y reales para ella. se volvían más efectivas al ser escritas de lo que eran tan solo como fantasía. La realización acerca siempre el contenido mental a la calidad de realidad. Viviendo experiencias y emociones a través de la escritura cierra la puerta por lo menos parcial y temporalmente a la actuación.

Debido a que normalmente la niña está más preparada para la heterosexualidad, su diario tiene la función de prevenir una actuación heterosexual prematura a través de la experimentación y la actuación de un papel en la fantasía. De este modo el diario llena más de una función: permite actuar un rol sin envolver la acción en la realidad; según Bernfeld (1931) el diario está primero al servicio del proceso de identificación; y finalmente el diario proporciona un mayor conocimiento de la vida interna, un proceso que por sí mismo da al yo más eficacia en sus funciones de conocimiento y síntesis.

El uso de los diarios de los adolescentes para el estudio sistemático de la psicología del adolescente fue introducido a la literatura psicoanalítica por Bernfeld (1927, 1931), quien desarrolló una metodología para su uso científico. Desafortunadamente, sus estudios acerca de los diarios de adolescentes fueron interrumpidos; de cualquier modo, algunas de sus observaciones merecen ser recordadas: "Los diarios de los adolescentes no ofrecen una fuente de marterial en el sentido de los datos históricos, por lo que se diría que la verosimílitud de sus autores está fuera de lugar. No se les puede usar para probar hechos, quizá únicamente con una precaución crítica y metodológica. Los diarios son representaciones deformadas por tendencias conscientes e inconscientes, exactamente como los sueños, fantasías y producciones poéticas de adolescentes. se pueden utilizar para 1) darnos conocimiento de sentimientos manifiestos (deformados por diversas tendencias ) de deseos y experiencias de la adolescencia; 2) son fuente para la interpretación de aquellas tendencias y del material psíquico que es deformado por ellas. Este tipo de interpretación requiere puntos de referencia. Ésta es la razón de por qué un diario, tal cual, sin más datos acerca del autor, tendrá un valor limitado desde el punto de vista del conocimiento psicológico del autor. Generalmente hay que estar satisfecho con el enriquecimiento fenomenológico que se pueda obtener."
Desde los estudios de Bernfeld, una extensa experiencia psicoanalítica con adolescentes ha establecido ciertas líneas de desarrollo que pueden ser consideradas como típicas para esta edad. Con creciente confiabilidad y desde luego con la precaución crítica metódica ya recomendada por Bernfeld, podemos reinstalar la producción verbal de los adolescentes en un plan de desarrollo del proceso del adolescente como un todo. En comparación con observaciones directas en niños, ya no aparece como no científico reconocer en un pequeño de cuatro años intolerancia a que se le toquen los dedos de los pies, como una manifestación de ansiedad de castración; ciertamente el rol que esta ansiedad asume en el funcionamiento total del niño es muy difícil de inferir a partir de la observación. la variedad de temas que aparecen en un diario comparada paralelamente con líneas de desarrollo clínico de funcionamiento psíquico ofrece datos fenomenológicos significativos. pero aparte de esto, y de mayor significado, el material del diario puede ser usado para verificar secuencias típicas que pueden permitir un conocimiento más detallado de la adolescencia. por esta razón, el estudio de los diarios de los adolescentes es de gran interés, aun en el caso de no tener más conocimientos del diarista, excepto sexo, edad, medio ambiente, y datos históricos. La mayoría de estos datos generalmente se manifiestan en el mismo diario.

El primer diario no expurgado de un adolescente publicado por un analista fue considerado en la época de su publicación como espantoso, y fue tildado de fraude. Hoy en día, a la luz de nuestro mayor conocimiento acerca de la vida mental del adolescente, la autenticidad del Diary of a Young Girl (Hug-Hellmuth, 1919) está fuera de duda. Desde luego, los mismos argumentos usados por Cyril Burt en contra de la verosimilitud del diario podrían, con igual lógica, aplicarse contra el Diario de Anna Frank (1947), y éste último no necesita defensa en este aspecto. Estos dos documentos y otros (Golan, 1954) ilustran dramáticamente la secuencia de las fases descritas en este libro, los diarios también son capaces de comunicar los sentimientos que acompañan los cambios tanto físicos como emocionales en tal forma que ninguna presentación teórica puede pretender igualar.

La propensión del adolescente a usar personas en presuntas relaciones esta muy ligada a la fantasía, especialmente para dotarla con cualidades con las que el adolescente intenta ejercitare sus propias necesidades libidinales y agresivas, estas relaciones carecen de una calidad genuina, constituyen experiencias creadas con el propósito de desligarse de objetos tempranos de amor. El autointerés complementario en tales relaciones entre dos adolescente, especialmente niño y niña, es rememorativo de una folie aux deux transitoria. El hecho de que esta relación con frecuencia es disuelta sin pena, sin dolor subsecuente, ni secuela de identificación, confirma su carácter. "La necesidad de reaseguramiento en contra de las ansiedades por los nuevos impulsos, le pueden dar a todas las relaciones de objeto un carácter no genuino; están mezcladas con identificaciones, y las personas son percibidas más como representaciones de imágenes que como personas, los caracteres neuróticos que tienen miedo de sus impulsos a lo largo de la vida frecuentemente dan una impresión de adolescentes". (Fenichel, 1945).

Anna Freud (1936) describió el rol que juega la identificación en la vida amorosa del adolescente, es usada para preservar el dominio sobre las relaciones de objeto en el tiempo del retiro al narcisismo. "Estas apasionadas y evanescentes fijaciones de amor, no son en lo absoluto relaciones de objeto, en el sentido en que usamos el término hablando de adultos. Son identificaciones de lo más primitivas, tales como las que encontramos en nuestro estudio sobre el temprano desenvolvimiento infantil antes de que algún objeto amoroso haya existido. Los siempre cambiantes encariñamientos y enamoramientos, las amistades devotas y apasionadas que son defendidas por el adolescente en contra de cualquier interferencia, como si la vida misma dependiese de ellas, pueden ser entendidos como un fenómeno de restitución. Previenen una regresión libidinal total al narcisismo, por medio de la asimilación del objeto en términos del modelo descrito por Helene Deutsch como el tipo de relación "como si", el adolescente enriquece su propio yo empobrecido. Todas estas relaciones ocasionan una sobreevaluación del amigo para gratificar necesidades narcisistas; pero aparte de este aspecto podemos reconocer un rol experimental, jugando con pequeñas cantidades de libido de objeto; un estado que ciertamente se continúa sobreponiendo por algún tiempo con el uso esencialmente narcisista del objeto. El componente experimental es un reforzamiento del yo, representa el aspecto del proceso total que se podría llamar adaptativo, puesto que funciona de acuerdo con un desarrollo progresivo.
Antes de que nuevos objetos amorosos puedan tomar el lugar de aquellos abandonados, existe un periodo durante el cual el yo e encuentra empobrecido por el retiro de los padres actuales y el alejamiento del superyo; en las palabras de Anna Freud (1936): "El yo se aleja del superyo", la unión del yo en el control instintivo ha dejado de funcionar en la forma dependiente acostumbrada, y además la decatexis de las representaciones de los padres se ha añadido al empobrecimiento del yo. Este estado de cosas no solamente está contrariado por un proceso transitorio de identificación, sino también por la creación de estados voluntariosos del yo, de una conmovedora percepción interna del ser. Landauer (1935) se refiere a este fenómeno adolescente como "experiencia exaltada del yo" (ërhöhtes Ich-Erlebnis). Este fenómeno de restitución puede ser visto en relación al yo corporal, al yo experimentador, al yo autoobservador. En la esfera del cuerpo es esfuerzo, dolor y excesiva movilidad, en el yo experimentador es la abrumadora carga afectiva y su explosiva descarga; en el yo autoobservador es la aguda percepción de la vida interna la que caracteriza la condición de un adolescente relegable al mecanismo de defensa. De hecho, estos estados del yo son importantes para formar la variante específica y egosintónica individual de la organización de los impulsos en el adulto.

Esta cuestión ocupará largamente nuestra discusión sobre la adolescencia tardía; aquí la ilustraré con algunos extractos del análisis de dos jóvenes de catorce años:
John entró en una nueva fase de su análisis hasta que finalmente venció la fijación que tenía en la madre fálica. Tuvo que afrontar la dócil sumisión de su padre mientras no era aún capaz de transferir sus necesidades libidinales a nuevos objetos. En este estado de aislamiento y de empobrecimiento afectivo de repente dio con la idea de hacer cosas que estaban fuera de lo común, y que le darían una desconocida y poco usual sensación de audacia, libertad y descubrimiento. Así, se levantó a las dos de la mañana, cuando todos estaban dormidos, fue a la sala y se sentó en "la silla de papá" a leer; en la escuela se especializa en hacer bromas para sorpresa de sus compañeros y maestros; empezó a usar una chistosa gorra y a observar sus propios sentimientos cuando otros le miraban. Alan, otro muchacho de la misma edad, usó mecanismos similares; siempre estaba cansado y excitado por el apuro, la tardanza y la carencia de tiempo. Llegó a darse cuenta de que la sensación de apuro era un estado autoinducido de tensión, por decirlo así, un estimulante autoadministrado para continuar sintiéndose vivo. Él dijo "He descubierto que la agitación en que me meto cuando intento hacer la tarea es autoimpuesta. Realmente yo provoco mi estado de ansiedad y tensión. Es lo mismo cuando de repente parezco muy interesado en baseball, en la serie mundial; de hecho, no me importa." Ambos muchachos reconocieron únicamente durante el curso de su análisis que los estados del yo eran autoinducidos a propósito, parcialmente defensivos, parcialmente libidinales y agresivos, parcialmente adaptativos y experimentales; y que fueron sentidos como egosintónicos. Si los estados del yo adolescente giran hacia gratificaciones masoquistas, o hacia la desesperación, expresada en llanto, sufrimiento, autocastigo, entonces, de acuerdo con Helene Deutsch (1944), estas gratificaciones narcisistas a través del sufrimiento usualmente tienden a un estado de ánimo depresivo conectado con sentimientos de inferioridad, y pueden cristalizar en una depresión real, que puede desencadenar una severa neurosis de adolescencia.
A esta categoría de sentimiento de exaltación del yo pertenecen los estados autoprovocados de esfuerzo, dolor y agotamiento que son típicos del adolescente, aparte de los aspectos defensivos, la importancia del sentimiento del yo corporal exaltado no debe ser menospreciada. No necesitamos tomar en cuenta más que un ejemplo de este bien sabido fenómeno, aquel tomado de la biografía de Gerald Manley Hopkins (Warren 1945). "En el internado se autonegó el uso de la sal por una semana; en otra ocasión, hizo una apuesta de no tomar agua u otros líquidos por una semana, apuesta que ganó aunque al final cayó desfallecido".

Los estados del yo autoinducidos de intensidad afectiva y sensorial, permiten al yo experimentar un autosentimiento y, así, protegen la integridad de sus límites de cohesión; es más, estos estados promueven la vigilancia del yo sobre la tensión instintiva. estas tensiones instintivas son parcialmente aliviadas por procesos de descarga al exterior, vía expresión motora; también son parcialmente descargadas hacia el interior y son la causa de tantos problemas fisiológicos (de funcionamiento en este período, se mantienen bajo control, en parte, por los mecanismos de defensa. de hecho, la oscilación entre las formas en que el yo y el impulso instintivo llegan a un entendimiento o modus vivendi, es la regla, más que la excepción, durante esta fase de la adolescencia. Siempre que este modus vivendi enfatiza la moderación, el idealismo o el repudio instintivo, recibe mucho encomio del medio ambiente; si los impulsos instintivos llevan la de ganar, entonces el adolescente puede entrar en conflicto abierto con la sociedad. Así, normalmente oscila entre ambas posiciones, su tumulto se aplaca con el aumento gradual de principio de control inhibitorios de guía y evaluativos, que rinden deseos, acción, pensamientos y valores egosintónicos orientados hacia la realidad. Esto, por supuesto, puede ser logrado sólo después de que estos principios se han desconectado de los objetos de amor y odio -las imágenes de los padres, hermanos y otras- que originalmente los provocaran. Como una etapa intermedia, el yo se convierte en el recipiente de la líbido separado de representaciones de objeto; todas las funciones del yo, no solamente el ser, pueden ser catequizadas en el proceso. esta circunstancia le da al individuo un falso sentido de poder, que a su vez implica su juicio en situaciones críticas, casi siempre con consecuencias catastróficas. Un buen ejemplo son los frecuentes accidentes automovilísticos de los jóvenes.

La debilidad relativa del yo en contra de las demandas del instinto mejora durante esta fase adolescente, cuando el yo cede en su aceptación de los impulsos. Este progreso es paralelo al aumento de los recursos del yo al canalizar la descarga de los impulsos por una pauta altamente diferenciada y organizada. Sin embargo, este paso no puede darse mientras los objetos de amor de la temprana infancia continúan luchando por su supervivencia, mientras el complejo de Edipo continúa afirmándose. La fase de la adolescencia propiamente tiene dos temas dominantes: el revivir del complejo de Edipo y la desconexión de los primeros objetos de amor: Este proceso constituye una secuencia de renunciación de objetos y de encontrar objetos, que promueven ambos el establecimiento de la organización de impulsos adultos. Se puede describir esta fase de la adolescencia en términos de dos amplios estados afectivos: "duelo" y "estar enamorado". el adolescente sufre una perdida verdadera con la renunciación de sus padres edípicos, y experimenta un vacío interno, pena y tristeza que son parte de todo luto. "El trabajo de estar de luto... es una tarea psicológica importante en el período de la adolescencia" (Root 1957). La elaboración del proceso de duelo es esencial para el logro gradual de la liberación del objeto periodo; requiere tiempo y repetición. Similarmente en la adolescencia la separación de los padres edípicos es un proceso doloroso que únicamente puede lograrse gradualmente.
El aspecto de "estar enamorado" es un componente más familiar de la vida del adolescente, señala el acercamiento de la libido a nuevos objetos; este estado se caracteriza por un sentimiento de estar completo, acoplado con un singular abandono. El amor heterosexual a un objeto implica el fin de la posición bisexual de fases previas en las cuales las tendencias ajenas al sexo necesitaban constante carga contracatéctica, ya que amenazaban constantemente con hacerse presentes, dividiendo la unidad del yo ("autoimagen"). Estas tendencias pueden satisfacerse sin restricción en el amor heterosexual sólo concediendo al compañero el componente del impulso ajeno al sexo. Es re modelo fue descrito por Weiss (1950), quien le llamó "fenómeno de resonancia". Aparece primeramente en la adolescencia y juega un papel importante en la resolución de las tendencias bisexuales. en la adolescencia se puede observar fácilmente cómo el hecho de enamorarse o de adquirir un novio o novia hace que se aumenten marcadamente rasgos masculinos o femeninos, este cambio significa que las tendencias ajenas al sexo han sido concedidas al sexo opuesto y pueden ser compartidas en el mutuo pertenecer de los compañeros. En otras palabras, el componente sexual en propiedad del objeto de amor que a su vez es catectizado con libido de objeto.


A la adolescencia en sí pertenece esta experiencia única, el amor tierno. El amor tierno comúnmente precede a la experimentación heterosexual, que no debe confundirse con el juego sexual más inocente de etapas anteriores -aunque este juego a veces se extiende a la adolescencia en sí en el espíritu competitivo de los muchachos para la conquista de las muchachas, y la forma deseada de intimida física (que es dictada en gran parte por el medio y el grupo al cual pertenece el adolescente). El acercamiento ruidoso y voraz de los muchachos llega a una cima en esta fase pero, antes o después, estos bruscos intentos son interrumpidos de repente por un sentimiento erótico que inhibe y extasía al joven macho. Se percata de que el sentimiento que ha entrado en su vida es nuevo en un aspecto; es decir, que su actitud hacia la muchacha implica también un sentimiento de ternura y devoción. Predominan la preocupación por preservar el objeto de amor, y el deseo de pertenecerse exclusivamente -aunque sólo sea espiritualmente-el uno al otro. La pareja no representa solamente una fuente de placer sexual (juego sexual); más bien, ella significa un conglomerado de atributos sagrados y preciosos, que llenan al joven de admiración. No debe omitirse que este nuevo sentimiento es experimentado por el muchacho al principio como la amenaza de una nueva dependencia, así que la unión en sí despierta miedo de sumisión y de rendición emocional. Esta reacción apareció claramente en el análisis de un joven de 15 años, cuando hizo su aparición el amor tierno. El miedo de dependencia de la madre fálica había ocupado hasta entonces gran parte del trabajo analítico. El joven describió su torbellino emocional como sigue: "Hay algo raro en mi vida sexual con las muchachas. Varias muchachas me siguen, hay una que me gusta más que las otras, pero casi no le presté atención en la fiesta de la semana pasada: el modo en que me comporto es loco. Tengo miedo. o algo así, de hacerle saber que me gusta. a estas alturas sentía yo que tenía el control de la situación, que estaba en la cumbre y que no corría ya ningún peligro... Todo este asunto es tonto o anormal. Tengo miedo de que ella conozca mis sentimientos de que ella realmente me quiera y que yo sea un objeto en sus manos. Entonces no podré estar yo encima."

La idealización del objeto de amor inicia el refinamiento y enriquecimiento de la vida sentimental en el muchacho, deriva su intensidad y calidad de un grado normal de fijación materna. El sentimiento de amor tierno en la relación heterosexual puede lograrse probablemente sólo cuando las posiciones narcisistas y bisexuales son cambiadas hacia la rendición final del componente dominante sexual a un miembro del sexo opuesto. La catexis del objeto de amor con la libido narcisista es responsable de su idealización. En caso de infatuación extrema la catexis deja al yo agotado; el resultado es que frecuentemente se ignoran la protección esencial de la salud tanto física como mental con peligrosas consecuencias. De cualquier modo, el aparecer de este tierno sentimiento marca en el joven un punto cambiante: las primeras señales de heterosexualidad se manifiestan y se empieza a llevar a cabo la elaboración adolescente de masculinidad. Sin embargo sólo cuando progresa desde esta etapa primaria de infatuación hacia la fusión del amor tierno y sexual, se hace aparente lo genuino de este desarrollo previo. No debe olvidarse que la masculinidad del joven, incluyendo la del joven pasivo es poderosamente reforzada por la maduración de la pubertad en sí. Esta ganancia aparente muchas veces cubre un pasividad continuada, que nuevamente se presenta cuando el surgimiento púber de la sexualidad masculina ha bajado de intensidad.
Típicamente el desarrollo sigue el esquema de acuerdo con el cual el componente pasivo femenino del macho se rinde a la pareja heterosexual; un sentimiento de estar completo se deriva de su polarización. En su primera etapa la unión con el ser amado se experimenta en parte en fantasía; por ej., sólo un pequeño estímulo tal como el recuerdo de una muchacha conocida con anterioridad o una muchacha desconocida vista por un momento o a distancia, puede hacer que surjan fuertes manifestaciones de afecto. A esta última categoría pertenece la experiencia del primer amor que describe Thomas Mann (1914) en Tonio Kröger.
La rubia Inge, Ingeborg Holm, hija del doctor del mismo apellido, que vivía en la Plaza del Mercado, donde se erigía, puntiaguda, la gran fuente gótica, era la joven a quien amaba Tonio Kröger cuando frisaba en los diecisiete años.

¿Cómo se produjo aquello? La había visto otras mil veces; pero una noche determinada la vio bajo una luz muy particular hablando con una amiga de una manera muy animada, riéndose a su manera peculiar, ladeando un poco la cabeza, llevando de una manera muy graciosa la mano a la nuca -una mano pequeña que no era ni muy delgada ni muy fina- mientras su blanca manga de gasa se deslizaba más arriba del codo; oyó cómo acentuaba una palabra, una palabra completamente anodina, en un tono muy dulce y agradable, poniendo en la voz sonoridades insospechadas, e invadió su corazón un encanto muchpisimo más intenso que el que sentía tiempo atrás al conversar con Hans Hansen, en auqellos días lejanos en los que no era más que un muchacho pequeño y tonto.
Aquella noche grabó en su mente la imagen de Inge; con el minúsculo y apretado mopo rubio, los ojos rasgados y azules llenos de risa y la sombra de algunas pecas que hacían su rostro más atractivo. No pudo conciliar el sueño, pues aún le parecía oír el sonido de su voz; intentaba en silencio imitar su acento, aquel acento con el que había pronunciado la anodina palabra, y al hacerlo se estremecía todo su cuerpo. La experiencia le enseñaba que aquello era el amor. Y si bien sabía exactamente que l amor le tenía que acarrear mucho daño, disgusto y humillaciones, y que además de todo ello destruía su paz y le llenaba hasta el borde el corazón con nuevas melodías, sin que le fuera dable recobrar la tranquilidad en el futuro para dar forma definitiva a la amada ni fin a ninguna empresa...,no obstante eso, acogió con alegría aquel amor, se entregó a él por completo y lo cuidaba con ternura infinita, pues sabía que le haría fuerte y dichoso, y él ¡anhelaba tanto ser fuerte y dichoso, en vez de dedicarse a forjar quimeras y ensueños nunca realizados!...
La primera elección de un objeto de amor heterosexual está comúnmente determinada por algún parecido físico o mental con el padre del sexo opuesto, o por algunas disimilitudes chocantes. En el caso de Tonio el contraste entre la chica teutónica, rubia, regordeta y prosaica y su madre exótica, morena, poética y delicada no puede menos de impresionar al lector. Por supuesto que dichos primeros amores no son relaciones maduras, sino intentos rudimentarios de desplazamiento que adquirirían madurez amorosa sólo con la solución progresiva del complejo de Edipo revivido. El fracaso final de Tonio de alcanzar una relación amorosa estable puede ser descrito aquí, aunque va más allá de la fase que se discute. En la primera etapa de su madurez tomó como pareja amorosa a una mujer que era el extremo opuesto de la joven Inge: "Su pelo castaño, con un peinado apretado, algo gris en las sienes, rodeaba un rostro sensitivo, simpático, de tez oscura, de características eslavas por sus altos pómulos y pequeños ojos brillantes". Aparentemente la madre había sido descartada al elegir su primer amor adolescente se había convertido en el conflicto de su vida amorosa posterior. Tonio se aleja de la casa paterna y se convierte en artista, pero nunca encuentra como hombre a la mujer con la cual casarse. Eventualmente Tonio encuentra a Hans e Inge, quienes se han casado. Los dos primeros amores de Tonio estaban hechos el uno para el otro; los dos fueron decididos en un intento de complacer al padre; un muchacho como Hans hubiese sido amado por el padre de Tonio como un hijo y, escogiendo una chica como Inge, eliminaba Tonio el deseo conflictivo de poseer a la madre o a alguien que se le pareciese. Sentimientos positivos y negativos hacia sus padres estaban así articulados en la elección que el joven hizo de su primer amor homosexual y su primer amor heterosexual.

Un joven de 15 años describió su primera experiencia de amor tierno con estas palabras: "Fue el sentimiento más raro que había experimentado hacia una muchacha. íbamos juntos en el tren hacia un campo de veraneo; amaba yo a la muchacha, pero no podía tocarla o besarla. Esto duró casi todo el verano. Siempre pensé, 'Sería demasiado para ella; si la toco podría arruinar nuestra relación'. ¡Que esto me tenga que suceder a mí! Yo que siempre creí ser tan audaz con cualquier muchacha en cualquier momento, me tomaba 20 minutos llegar al primer beso. Esta vez era diferente, al pensar en las anteriores conquistas rápidas me decía: 'Caray, ¿qué importa un beso de aquellos?'." Este joven altamente egocéntrico y fijado oralmente pudo sobreponerse por medio de la terapia a su dependencia pasiva por la identificación con la madre activa. En vez de ser el objeto de amor protector y el cuidado excesivo de su madre , los volcó en la joven amada. Al hacer eso podía tolerar las tensiones crecientes del trabajo y la abstinencia. Logró un grado de masculinidad al conceder la modalidad del impulso receptivo femenino a su pareja heterosexual; de este modo podría por reflejo compartir el componente del impulso repudiado.

El progreso del joven a la heterosexualidad es propiciado en gran parte por la ayuda de una unión emocional profunda con una pareja amorosa que lleve, por decirlo así, la mitad de la carga del proceso de polarización. Siempre que no pueda ser abandonada la organización de impulsos de la primera adolescencia, puede ocurrir la precipitación hacia un matrimonio prematuro o a relaciones sexuales transitorias, como un intento de saltarse una fase específica de la adolescencia en sí. Cuando esto ocurre en el hombre, podemos discernir una unión insuperable a la madre amamantadora, por ej., la madre activa, esta fijación durante la adolescencia toma la forma de esfuerzos homosexuales pasivos que casi siempre están latentes en actuaciones heterosexuales. Frecuentemente ocurren en esta fase episodios homosexuales en muchachas y muchachos, y no hay modo de predecir la duración de su efecto en la formación de la masculinidad o feminidad, sin saber qué organización de impulsos específicos se refuerzan a través de estas experiencias que se comparan, patológicamente, con la maduración del púber. En la joven dos predicciones favorecen la elección de objeto homosexual. Una es la envidia del pene, que se compensa con desdén por el macho; en estos casos la joven misma actúa como muchacho en relación con otras jóvenes. La segunda precondición es una fijación temprana en la madre; en estos casos la joven actúa como una niña dependiente, extremadamente obediente y confiada, sobrecogida por sentimientos de felicidad y contento en su presencia de la madre. Algunos problemas de alimentación (gula) frecuentemente acompañan este último síndrome clínico.

En el joven, tres precondiciones favorecen la canalización de la sexualidad genital hacia la relación homosexual en la pubertad. Uno es el miedo a la vagina como órgano devorador y castrante. En este concepto inconsciente reconocemos derivados del sadismo oral proyectado. la segunda precondición reside en la identificación del joven con su madre, una condición que ocurre comúnmente cuando la madre fue inconsistente o frustrante mientras que el padre fue maternal o rechazante. Una tercera condición se ramifica del complejo de Edipo que asume la forma de una inhibición o restricción en que equipara a todas las mujeres con su madre, y considera que la introyección es una prerrogativa del padre. Todas estas etapas pueden observarse latentes o manifiestas durante la adolescencia en sí, cuando la resurrección de las tempranas relaciones de objeto pasan a primer plano. Las manifestaciones edípicas de la adolescencia muestran las visicitudes específicas que el complejo de Edipo ha sufrido durante la vida del individuo.
La lucha de los instintos, que ocurre al terminar la primera infancia, logra una tregua con la adquisición de relaciones de objeto relativamente estables dentro de la familia, con el establecimiento del superyo y con la elaboración preliminar de la identidad sexual. Esta tregua abre la puerta a la experiencia exclusivamente humana del periodo de latencia. La adolescencia en sí logra tareas similares dentro de un cuerpo que ha llegado a la madurez física sexual. Consecuentemente el desarrollo emocional debe tender en dirección a relaciones de objeto estables con ambos sexos, fuera de la familia y hacia la formación d una identidad sexual irreversible. A la luz de estas adquisiciones, el hombre no puede menos de embonar activamente en las organizaciones sociales e instituciones de su mundo inmediato. Sólo a través de la adaptación aloplástica puede procurarse satisfacción a sus necesidades instintivas, y además dar expresión a esas energías libidinales y agresivas que trascienden la realización instintiva y aparecen en una forma altamente compleja, cuya meta se encuentra inhibida. Una forma sublimada, la elaboración del rol social y privado, es un proceso que empieza a formarse durante la adolescencia en sí, pero que de ningún modo termina en esta fase.
Volvamos al padre edípico. De los historiales clínicos pertenecientes a esta fase, resulta bastante claro que es imprescindible el alejamiento decisivo del padre antes de que pueda hacerse la elección de un objeto no incestuoso. Durante las etapas previas a este alejamiento decisivo hay rasgos de venganza y rencor que son destinados a herir al padre, que no puede satisfacer por más tiempo las necesidades del niño. Estas acciones significan que aún prevalece el status de infancia. Podemos presenciar en muchachos y muchachas el resurgimiento de la conciencia de la vida íntima de los padres; a esta curiosidad de imaginación se añaden sentimientos de culpa y vergüenza. Esta relación edípica se hace presente en la actitud crítica del adolescente hacia uno de sus padres; en la joven, casi siempre es la madre el blanco de reproches y acusaciones; más de una joven está convencida de que ella comprende mejor a su padre que a su misma madre. Ella (según un pensamiento muy típico), nunca lo molestaría con las trivialidades con que su madre lo recibe a la puerta después de un día de pesado trabajo; la joven generalmente se da cuenta del aspecto negativo de sus sentimientos hacia su madre; el lado positivo está disfrazado en fantasías, sueños diurnos, o lo experimenta en forma desplazada con mucha dramatización y fantasía. Esto nos recuerda a la joven que "se enamora" de un joven cuya máxima distinción es el ser incomprendido por los demás. Dependiendo de la clase social y casta a la que pertenece la joven, el muchacho puede ser de raza, color o religión especial, o simplemente "bueno para nada", un paria de la sociedad. Esta elección de objeto sigue el patrón edípico de competencia y venganza. los sentimientos de culpa que siguen son aplacados con autocastigo, ascetismo y estados de depresión.

Un episodio de la psicoterapia de una joven de 17 años ilustra lo anterior. Mary había empezado una relación con un joven psicótico que, en la opinión de ella, era incomprendido por su familia, su doctor y el mundo en general. En su casa ella peleaba con su familia por el derecho de salir con Fred, su novio, esta relación tenía todas las características de una actuación; esto es, la descarga de una tensión conflictiva o impulsiva en interacción con el mundo externo, en vez de experimentarla como una crisis egosintónica. Mary se aferraba a esta relación que aparentemente no le traía felicidad, pero causaba a sus padres gran angustia. Un día, madre e hija tuvieron una violenta pelea por responsabilidades en el trabajo de la casa, hacia el cual la hija era remisa. Mary se sentía maltratada, rechazada e incomprendida por su madre y en el apogeo de la discusión, le hice esta observación: "Yo sé qué es lo que pensaste cuando dejaste a tu madre hablando sola."
"¿Qué?" "Que te acostarás con Fred este fin de semana." "¿Cómo lo supo usted?", fue la respuesta. Este efecto sorpresivo hizo que Mary comprendiera que cuando buscaba el amor de Fred le impulsaba una profunda decepción de su madre. La relación con Fred era para tomar represalias, competitiva y vengativa; podía ser parafraseada: "¿Conque no me amas? ¡Otra persona lo hará!" Desde este momento la chica perdió el interés en Fred, y en el tratamiento surgió material de contenido edípico, material que por primera vez puso ser recordado y comunicado en palabras en vez de acciones. Actuando "esta forma especial de recordatorio en la que un viejo recuerdo es reestablecido" (Fenichel 1945) se evita que la memoria esté alerta y se hace inaccesible a intervenciones transformantes que emanen del exterior o el interior. para hacer justicia a la complejidad del caso de Mary, debemos añadir que el reto de la joven a su madre sirvió también otro propósito, el de resistencia ante la regresión; el problema del negativismo como una forma de contrarrestar el tirón regresivo es de gran importancia para el adolescente. parece ser teóricamente convincente y clínicamente demostrable que el "negativismo al por mayor" del adolescente disminuye en proporción directa al yo, según éste domina el tirón regresivo por medidas adaptativas o defensivas, pero primordialmente por un movimientos progresivo de la libido hacia relaciones de objeto heterosexuales, extrafamiliares y no ambivalentes.

Como señalamos anteriormente los caminos que un joven y una muchacha siguen para la resolución de un conflicto edípico son diferentes. Lo que cierra la fase edípica para un joven, a saber, la ansiedad de castración, abre a su vez la fase edípica para una muchacha. La resolución de la fase edípica nunca es llevada a cabo por una joven con la misma rigidez y severidad con que lo hace un muchacho. El cambio de la joven hacia la heterosexualidad en la adolescencia en sí, y su uso defensivo en la preadolescencia se efectúa sólo con sus ansias edípicas ligeramente reprimidas; como la represión de las ansias edípicas del joven es más severa, su resurgimiento es lento y resistente a la estimulación puberal. La resolución del complejo de Edipo se deja inconclusa cuando la inmadurez del niño necesita del abandono de las ansias edípicas; la renunciación de éstas asume la forma de represión; por el contrario, la joven continúa tejiendo la hebra de la alfombra edípica a través de su periodo de latencia. Este hecho subraya por un lado su conflicto edípico y lo conduce por el campo amplificado der experiencias latentes; por otro lado contribuye al enriquecimiento de la vida interna de la joven. Ésta, consecuentemente, llega a la adolescencia en sí con un amplio precedente emocional expresado en fantasía, intuiciones y empatía, muy bien descritos por Helen Deutsch (1944). estos ricos orígenes de la vida interna permiten a la joven tolerar el aplazamiento de la gratificación genital. Se ha mencionado muchas veces que la joven fácilmente disocia la urgencia sexual y su gratificación masturbadora, tanto de la acción pensada como de la consciente, por la localización anatómica de su órgano excitable el clítoris y a veces la vagina. la anatomía de la joven permite la estimulación y excitación por medio de presión ,muscular y posiciones posturales, resultantes en descargas tensionales que van desde el orgasmo hasta simples sensaciones. En el joven, al contrario, el órgano sexual es exterior, visible y palpable, y cualquier excitación sexual es muy perceptible; es más, la masturbación masculina es físicamente eyaculación (orgástica) y su naturaleza sexual no puede escapar a la vista.

En lo que respecta a la resolución del complejo edípico, debemos recordar nuevamente que ni en el joven ni en la muchacha encontraremos soluciones ideales. En ambos sexos quedan residuos de ansias edípicas positivas y negativas; es decir en el joven quedan remanencias de ansias femeninas y la muchacha mantiene por un largo tiempo fantasías de naturaleza fálica. El análisis de muchachas adolescentes ha mostrado que la resolución de conflictos edípicos las prepara para el amor heterosexual, y el sometimiento del ""complejo de masculinidad" produce sentimientos maternales, por ejemplo: el deseo de tener un niño. Helene Deutsch (1944) descubrió este desarrollo en una joven: "De cualquier modo, la joven reprime la realización consciente del deseo instintivo directo por un tiempo más largo y de un modo más exitoso que el joven. Este deseo se manifiesta indirectamente en sus ansias amorosas intensas y en la orientación erótica de sus fantasías -en suma, con dotar a su vida interna con esas cualidades emocionales que reconocemos como específicamente femeninas". La polaridad de "masculino" y "femenino" recibe su fijación final e irreversible durante esta fase de la adolescencia en sí. La menarca inicia y enfatiza esta polaridad. La reacción emocional en la joven normal para este acontecimiento, envuelve dos procesos psíquicos esenciales. Por un lado la renunciación y por otro lado la identificación con su madre como prototipo reproductor. Benedek (1959) ha dicho que "la madurez hacia la meta reproductiva femenina depende de la identificación de desarrollo previo con la madre. Si la identificación no está cargada de hostilidad, la joven puede aceptar sus deseos heterosexuales sin ansiedad y la maternidad como una meta deseada. Esto, a su vez, determina la reacción de la joven hacia la menstruación".

El muchacho, al sobreponerse a los restos femeninos de su oposición edípica negativa, se vuelve hacia artificios sobrecompensatorios que le hacen aparecer beligerantemente afirmativo de sus poderes y prerrogativas masculinas. Es más, se une a grupos masculinos o se afilia a pandillas ("callejeras", "escolares", de la "baja sociedad" o de la "alta sociedad") que permiten que sus tendencias inhibidas en busca de la mujer encuentren un escape y, al mismo tiempo, inician al adolescente en un códice colectivo de virilidad.
Estas soluciones pueden ser consideradas como estaciones o posiciones tomadas en el desarrollo progresivo. Por sí mismas, no indican el logro de esos cambios internos catécticos e identificativos a los que puede uno referirse en su totalidad como identidad sexual. De hecho, la sumisión sin reservas a las presiones sociales que fuerzan al individuo a actuar en cierta forma, a pesar de la capacidad interna correspondiente para integrar la experiencia a la continuidad de su yo, comúnmente produce un estado de confusión interna. Como resultado, se manifiesta clínicamente la ruptura de las funciones del yo; esto se presenta en las fallas típicas del adolescente para sobrellevar las demandas normativas de su vida, tales como el estudio, cumplir con un horario, autoorientarse para el futuro, juzgar las consecuencias de la acción, etc. Estos estados de confusión y colapso indican frecuentemente un esfuerzo patognómico para evadir los procesos de transformación internos de la adolescencia en sí, por medio del comportamiento que simule sus logros. Este intento es universal y generalmente pasajero. La tendencia a preservar los privilegios de la infancia y a gozar simultáneamente de las prerrogativas de la madurez es casi un sinónimo de la adolescencia misma. Todo adolescente tiene que atravesar por esta paradoja; aquellos que se hallan fijados en esta etapa tienen un desenvolvimiento desviado.

El declinamiento del complejo de Edipo en la adolescencia es un proceso lento, y llega hasta la adolescencia tardía. Se completa probablemente sólo cuando, durante el curso natural de los hechos, el individuo se restablece en una nueva familia; entonces las fantasías edípicas pueden ser desechadas para siempre. Más cautelosamente -y quizá más correctamente- se puede decir que a través de la formación de una familia nueva el joven adulto crea una constelación emocional con la ayuda de la cual él espera dominar cualquier remanente edípico que amenace con reaparecer.
Existen dos fuentes de peligro interno durante la adolescencia que requieren de medidas preventivas, tanto auto como aloplásticas, para impedir un estado de pánico. Una es el empobrecimiento del yo, que lleva a los estados anormales del yo que ya han sido descritos en conexión con los esfuerzos físicos respecto al mantenimiento del contacto con la realidad y continuidad en los sentimientos del yo. La otra fuente es la ansiedad instintiva despertada durante el movimiento progresivo de la libido hacia la heterosexualidad. Esta ansiedad pone en juego los mecanismos defensivos típicos de esta fase. Desde luego, durante todos los años de adolescencia, las reacciones defensivas juegan un papel importante, y realmente algunas fases han sido definidas por su uso de defensas específicas (por ej., la regresión en la fase específica para el muchacho durante la preadolescencia). Comoquiera que sea, parece que en la adolescencia escogen defensas propias con una mayor discreción idiosincrática. se podría decir que la elección de defensa está de acuerdo con el surgimiento progresivo del carácter. La formación del carácter en sus aspectos positivos y negativos, en su liberación y restricción del yo bajo circunstancias normales, deriva su calidad y estructura de las actividades del yo que empiezan casi siempre como medidas defensivas y gradualmente asumen una fijación adaptativa.
Los mecanismos de defensa que parecen ser entidades dinámicas en esta fase de la adolescencia, revelan ser en una observación más detallada un compuesto de procesos componentes divergentes. "Observación más detallada" se refiere aquí a observaciones longitudinales que se extiende más allá de la fase en cuestión para estudiar el destino último de la defensa; es decir, ver cómo se separa en componentes distintos que sirven a funciones diferentes como, por ej., funciones defensivas, adaptativas y restitutivas. El retiro de la libido de los objetos infantiles de amor, que es una condición indispensable para la progresión adecuada de la fase hacia la elección de objeto no incestuosa, no es consecuentemente una defensa en el sentido propio de este término. Se vuelve una defensa sólo si reprime la posición inalterada de la libido y así se retira de movimientos progresivos y transformaciones.

Ciertos esfuerzos característicos realizados por el yo para contrarrestar su emprobrecimiento y su débil sostén en la realidad, llevan los signos del fenómeno de restitución. La integridad del yo -su cohesión y continuidad- está amenazada por la decatexis de objetos de amor infantil; para arreglar este daño intrapsíquico se inician procesos restitutivos. La decatexis de objetos infantiles origina un aumento en el narcisismo que no implica una regresión a la fase narcisista o indiferenciada; en cambio, puede ser entendido como la consecuencia de un cambio catéctico dentro del yo al servicio de un desarrollo progresivo. Secundariamente, podemos entonces aislar, de acuerdo con Anna Freud (1958), "defensas en contra de las ataduras infantiles de objeto" de las que el "desplazamiento" y la "reversión de afecto" son las más prominentes. Estas defensas eventualmente abrirán camino a procesos adaptativos (Hartmann, 1939,a). Sabemos por la observación que la transición de procesos restitutivos a defensivos y adaptativos es intrincada y requiere estudio. Este problema, desde luego, va hacia el fondo del proceso del adolescente en sí, en términos de diferenciación y maduración. El concepto d defensa es por supuesto muy limitado para hacer justicia a la complejidad de la adolescencia; un énfasis demasiado grande en él ha oscurecido otros temas igualmente significativos de este periodo.

Los mecanismos de defensa de la adolescencia fueron descritos por Anna Freud (1936). El ascetismo y la intelectualización han sido particularmente bien estudiados. Ambos aparecen ampliamente en una clase social en la que un estado prolongado de la adolescencia se ve favorecido por demandas especiales de la educación. El ascetismo prohíbe la expresión del instinto; fácilmente cae en tendencias masoquistas. "La tendencia de la intelectualización es la de vincular los procesos instintivos con los contenidos ideacionales y así hacerlos accesibles a la conciencia y sujetos a control"(Anna Freud, 1936). La intelectualización favorece al conocimiento activo y permite la descarga de la agresión en forma desplazada. "Un juicio negativo", de acuerdo con Spitz (1957), "es el sustituto intelectual para la represión". Ambas defensas , ascetismo e intelectualización, que son tan características de la crisis de la adolescencia, demuestran bien el papel de los mecanismos de defensa en la lucha del yo en contra de los instintos. Además en cierto modo, anuncian el surgimiento del carácter y de interés especiales, de preferencia talento y elecciones vocacionales definitivas. Aparentemente la intelectualización contiene más potencial positivo, mientras el ascetismo es esencialmente restrictivo del yo; sirve como una acción de posesión y tiene poco esfuerzo afectivo con el cual comunicarse y relacionarse con el mundo exterior.

En el Retrato del artista adolescente (1916) James Joyce, minuciosa y conmovedoramente, describe su lucha juvenil contra el deseo carnal. En las medidas que Stephen Dedalus emplea para controlar sus impulsos a partir de su primera experiencia sexual en un encuentro con una prostituta, podemos reconocer dos defensas clásicas, intelectualización y ascetismo.
La descripción de Joyce acerca de estas defensas indica la enormidad de la lucha que este joven sostuvo. primero Stephen intentó dominar sus impulsos sexuales por simple represión, por una ferviente desaprobación de su rebeldía y urgencia con la esperanza de encontrar paz interna. Se pueden apreciar sentimientos edípicos inconscientes por el sentimiento culpable del muchacho al alejarse de su familia:
¡Cuán necio había sido su intento! Había tratado de construir un dique de orden y elegancia contra la sórdida marea de la vida que le rodeaba y de contener el poderoso empuje de su marejada interior por medio de reglas de conducta y activos intereses y nuevas relaciones filiales. Todo inútil. Las aguas habían saltado por encima de sus barreras lo mismo por fuera que por dentro. Y las aguas continuaban su empuje furioso por encima del malecón derruido.

Y vio también claramente su inútil aislamiento. No se había acercado ni un solo paso a aquellas vidas a las cuales había logrado echar un puente sobre el abismo de vergüenza y de rencor que lo separaba de su madre y de sus hermanos. Apenas si sentía la comunidad de sangre con ellos, apenas si sentía la comunidad de sangre con ellos más que por una especie de misterioso parentesco adoptivo: hijo adoptivo y hermano adoptivo. (El artista adolescente, Madrid, Biblioteca Nueva, 1963).

El bastión temporal de Stephen contra sus impulso sexuales falló en su intento de establecer nuevas relaciones filiales desprovistas del componente del impulso púber, y representaba la solución regresiva del conflicto edípico revivido; pero no le llevaba a nada. Debía primero completar el alejamiento de sus objetos tempranos de amor y odio dentro de la familia, antes de poder sacudirse la culpa edípica, "el pecado mortal" de su educación religiosa, y encontrar aquella libertad de alma que ansiaba tan fervientemente. La resolución de las fijaciones edípicas produce crudas fantasías sexuales y acciones que son compulsivas y desafiantes, al igual que sentimientos sublimes de amor tierno.
Por lo general, existe una disociación durante la etapa de experimentación por un lado y, por otro, el contenido ideacional -la reexperimentación sexual, si no es indebidamente prolongada de modo que los aspectos del placer anticipado estén dotados de cualidades permanentemente saciantes, sirve como introducción a las sensaciones sexuales de la pubertad; el acto de disociación les permite estar menos cargados de culpa edípica. Estas preetapas en el avance a la heterosexualidad demandan lo suyo antes de que se pueda obtener la etapa de consolidación y unificación de emociones irreconciliables en la postadolescencia.

Cuando Stephen Dedalus finalmente supo quién era y qué quería, pudo exclamar "bienvenida, oh vida, por la millonésima vez voy al encuentro de la realidad de la experiencia y a forjar en el yunque de mi alma la conciencia aún no creada de mi raza". pero antes de llegar a esta meta de la liberación tuvo que sobreponerse a los conflictos y tumultos emocionales de la adolescencia misma. El siguiente extracto describe la lucha masturbatoria de Stephen y los consiguientes conflictos emocionales de Stephen y los consiguientes conflictos emocionales que finalmente le llevan a aceptar la invitación de una prostituta.
Se dedicó a aplacar los monstruosos deseos de su corazón ante los cuales todas las demás cosas le resultaban vacías y extrañas. Se le importaba poco de estar en pecado mortal, de que su vida se hubiera convertido en un tejido de subterfugios y falsedades. Nada había sagrado para el salvaje deseo de realizar las enormidades que le preocupaban. Soportaba cínicamente los pormenores de sus orgías secretas, en las cuales se complacía en profanar pacientemente cualquier imagen que hubiera atraído sus ojos. Día y noche se movía entre falseadas imágenes del mundo externo. Tal figura que durante el día le había parecido inexpresiva e inocente, se le acercaba luego por la noche entre las espirales sombrías del sueño con una malicia lasciva, brillantes los ojos de goce sexual. Sólo el despertar le atormentaba con sus confusos recuerdos del orgiástico desenfreno, con el sentido agudo y humillante de la trasgresión.
Y volvió a sus correrías. Los atardeceres velados del otoño le invitaban a andar de calle en calle como lo habían hecho antes por las apacibles avenidas de Blackrock. Pero faltaba ahora la visión de los jardines recortados y de las acogedoras luces de las ventanas, que hubiera podido ejercer una influencia calmante sobre él. Sólo a veces, en las pausas del deseo, cuando la lujuria que le estaba consumiendo dejaba espacio para una languidez más suave, la imagen de Mercedes atravesaba por el fondo de su memoria.
Y volvía a ver la casita blanca y el jardín lleno de rosales en el camino que lleva a las montañas y recordaba el orgulloso gesto de desaire que había de hacer allí, de pie, en el jardín bañado en luz lunar, tras muchos años de extrañamiento y aventura. En estos momentos, las dulces palabras de Claude Melnotte subían hasta sus labios y aplacaban su intranquilidad.

Sentía un vago presentimiento de aquella cita que había estado buscando, y a pesar de la horrible realidad interpuesta entre su esperanza de entonces y lo presente, preveía aquel sagrado encuentro que en otro tiempo había imaginado y en el cual habían de desprenderse de él la debilidad, la timidez y la inexperiencia.
Tales momentos pasaban pronto, y las devoradoras llamas de la lujuria brotaban de nuevo. los versos se borraban de sus labios y los gritos inarticulados y las palabras bestiales nunca pronunciadas, brotaban ahora de si cerebro tratando de buscar salida. Su sangre estaba alborotada. Erraba arriba y abajo por calles oscuras y fangosas, escudriñando en la sombra de las callejuelas y de las puertas, escuchando ávidamente cualquier sonido. Gemía como una bestia fracasada en su rapiña. Necesitaba pecar con otro ser de su misma naturaleza, forzar a otro ser a pecar con él, regocijarse con una mujer en el pecado. Sentía una presencia oscura que venía hacia él de entre las sombras, una presencia sutil y susurrante como una riada que le fuera anegando completamente. Era un murmullo que le cercaba los oídos: tal el murmullo de una multitud dormida. Ondas sutiles penetraban todo su ser. Las manos se le crispaban convulsivamente y apretaba los dientes como si sufriera la agonía de aquella penetración. En la calle extendía los brazos para alcanzar la forma huidiza y frágil que se le escapaba incitándole... Hasta que, por fin, el grito que había ahogado tanto tiempo en su garganta brotó ahora de sus labios. Brotó d él como un gemido de desesperación de un infierno de condenados y se desvaneció en un furioso gemido de súplica, como un lamento por un inocuo abandono, un lamento que era sólo el eco de una inscripción obscena que había leído en la rezumante pared de un urinario.

Había estado errando por el laberinto de calles estrechas y sucias. De las malolientes callejuelas venían tumultos de voces roncas y de disputas, lentas tonadas de cantores borrachos...
Estaba aún en mitad del arroyo sintiendo que el corazón le clamaba tumultuosamente en el pecho. Una mujer joven, vestida con un largo traje color rosa, le puso la mano en el brazo para detenerle y le miró a la cara. (ibid).
El encuentro con la prostituta no fue para el joven Stephen una solución de su conflicto emocional, no lo es para la mayoría de los jóvenes; es un acto de afirmación de la sexualidad masculina, pero no rompe por sí mismo ataduras de objeto infantiles. El progreso a nuevos objetos de amor no sigue comúnmente a la experiencia sexual. Por el contrario, la lucha interna se intensifica y el levantamiento agresivo contra la figura de autoridad masculina (padre) resalta a primer plano. Stephen recurrió a medidas defensivas para prevenir el surgimiento del impulso agresivo a pensamiento consciente; es decir, usó la defensa de la intelectualización. Buscando esta meta, él usó -como siempre se da el caso- el sistema de ideas que se origina en el medio ambiente del adolescente y que adquiere por lo tanto importancia de valencia negativa o positiva. Fácilmente reconocemos el desplazamiento de afecto de objetos de amor y odio a controversia ideacional, y la dominación del conflicto psíquico por métodos dialécticos. Joyce, el alumno de siempre de una escuela jesuita, necesariamente articula el mecanismo de defensa de intelectualización en términos de las ambigüedades en el dogma religioso.

Cuando sentado en su pupitre contemplaba fijamente la cara astuta y enérgica del rector, la mente de Stephen se deslizaba sinuosamente a través de aquellas peregrinas dificultades que le eran propuestas. Si un hombre hubiera robado una libra esterlina en su juventud y con aquella libra hubiera amasado luego una enorme fortuna, ¿qué era lo que estaba obligado a devolver, sólo la libra que había robado, o la libra con todos los intereses acumulados, o el total de su inmensa fortuna? Si un seglar al administrar el bautismo, vierte agua antes de pronunciar las palabras rituales, ¿queda el niño bautizado? ¿Es válido el bautismo con agua mineral? ¡Cómo puede ser que mientras la primera bienaventuranza promete el reino de los cielos a los pobres de corazón, la segunda promete a los mansos la posesión de la tierra? ¿Por qué fue el sacramento de la Eucaristía instituido bajo las especies de pan y vino, siendo así que Jesucristo está presente en cuerpo y sangre, alma y divinidad en el pan solo y en el vino solo? ¿Contiene una pequeña partícula del pan consagrado todo el cuerpo y la sangre de Jesucristo, o sólo una parte de ellos? Si el vino se agria y la hostia se corrompe y se desmenuza, ¿continua Jesucristo estando presente bajo las especies como Dios y como hombre? (ibid)
Un posible surgimiento del impulso sexual no puede controlarse seguramente por la defensa de la intelectualización. Los sentidos y la sensualidad en general deben ser escudriñados de cerca. La defensa del ascetismo, que Joyce describe en el siguiente pasaje, opera sin duda con más cercanía al cuerpo y sus necesidades; permite la gratificación de instintos componente, específicamente el sadomasoquismo. El ascetismo, como defensa del adolescente, permite la descarga de impulsos libidinales y agresivos en relación al ser y a su cuerpo. Esta condición favorece una fijación de esta modalidad de impulso siempre que prevalezca una fuerte tendencia masoquista; es más, da a la ambivalencia en las relaciones de objeto un nuevo vigor a través de refuerzos sadomasoquistas. El ascetismo de Stephen Dedalus no le evita por completo las manifestaciones impulsivas como el enojo y la irritación, sino sólo el impulso sexual, la "tentación de pecar mortalmente". Esta defensa, le protege contra su "enojo al oír a su madre estornudar". Es contra su madre, como objeto de amor, que la defensa opera en el caso de Stephen; su contacto con ella pude continuarse sin peligro, sólo mientras tenga aspectos negativos. Joyce describe el elaborado régimen ascético de Stephen como sigue:

Pero había sido prevenido contra los peligros de la exaltación espiritual y no se permitió, por tanto, cejar en la más nimia o insignificante de sus devociones, tendía también por medio de una constante mortificación más a borrar su pasado pecaminoso que a adquirir una santidad llena de peligros. Cada uno de sus sentidos estaba sometido a una rigurosa disciplina. Con objeto de mortificar el sentido de la vista, se puso como norma de conducta el caminar por la calle con los ojos bajos, sin mirar ni a derecha ni a izquierda y ni por asomo hacia atrás. Sus ojos evitaban todo encuentro con ojos de mujer. Y de vez en cuando los refrenaba mediante un repentino esfuerzo de voluntad, dejando a medio leer una frase comenzada y cerrando de golpe el libro. Para mortificar el oído dejaba en libertad su voz, que estaba entonces cambiando, no cantaba ni silbaba nunca y no hacia lo más mínimo para huir de algunos ruidos que le causaban una penosa irritación de los nervios como el oír afilar cuchillos en la plancha de la cocina, el ruido de recoger la ceniza con el cogedor o el varear de una alfombra. Mortificar el olfato le resultaba más difícil, porque no sentía la menor repugnancia instintiva de los malos olores, ya fueran exteriores, como los del estiércol o el alquitrán, ya fueran de su propia persona. Entre todos ellos había hecho muchas comparaciones y experimentos, hasta que decidió que el único olor contra el cual su olfato se rebelaba, era una especie de hedor como a pescado podrido o como orines viejos y descompuestos; y cada vez que le era posible, se sometía por mortificación a este olor desagradable. para mortificar el gusto se sujetaba a normas estrictas en la mesa; observaba a la letra los ayunos de la iglesia y procuraba distrayéndose apartar la imaginación del gusto de los diferentes platos. Pero era en la mortificación del tacto donde su inventiva y su ingenuidad trabajaron más infatigablemente. No cambiaba nunca conscientemente de posición en la cama, se sentaba en las posturas menos cómodas, sufría pacientemente todo picor o dolor, se separaba del fuego, estaba de rodillas toda la misa, excepto durante los evangelios, dejaba parte de la cara y del cuello sin secar para que se le cortaran con el aire y, cuando no estaba rezando el rosario, llevaba los brazos rígidos, colgando a los costados como un corredor, y nunca metía las manos en los bolsillos ni se las echaba a la espalda.
No tenía tentaciones de pecar mortalmente. Pero le sorprendía, sin embargo, el ver que después de todo aquel complicado curso d piedad y de propia contención, se hallaba a merced de las más pueriles e insignificantes imperfecciones. Todos sus ayunos y oraciones le servían de poco para llegar a suplir el movimiento de cólera que experimentaba al oír estornudar a su madre o al ser interrumpido en sus devociones. Y necesitaba un inmenso esfuerzo de su voluntad para dominar el impulso que le excitaba a dar salida a su irritación. (ibid).

Lo que el artista tan lúcidamente describe es recordado vagamente por el adulto promedio; más frecuentemente, las extravagancias emocionales de la mente y cuerpo jóvenes se pierden para la conciencia. Sólo el artista mantiene abierta a la preconciencia todo el recorrido y la profundidad de las experiencias afectivas y verdaderas de su existencia total. Habitualmente, los recuerdos del periodo de la adolescencia se vuelven vagos al final de ésta, enterrados bajo un velo de amnesia. Los hechos son bien recordados, pero la parte afectiva de la experiencia no pude ser claramente recordada. La represión toma cargo a la declinación del complejo de Edipo, resucitado como ya se había hecho antes cuando se erró la fase edípica. Sin embargo, al acabarse la fase edípica el recuerdo de hechos -el concretismo del dónde, cuándo, cómo y quién-, es de preferencia borrado o se le da un frente falso, en la forma de recuerdos velados, mientras los estados sentimentales son más fácilmente accesibles al recuerdo. Al final de la adolescencia, lo opuesto es verdad: el recuerdo de los afectos es obstruido, caen en una prisión amnésica, mientras los hechos permanecen accesibles a la conciencia. Volveremos a este punto en la discusión del yo en la adolescencia.
Parece ser que las defensas de ascetismo e intelectualización son particularmente típicas de la juventud europea, donde fueron originalmente estudiadas. Este hecho es un ejemplo del modo en que la cultura influye en la formación de defensas, especialmente durante la adolescencia, cuando el individuo se aleja de la familia para encontrar su lugar en la sociedad. La clase media educada de Europa, por ejemplo, siempre ha puesto un interés enfático en esfuerzo intelectuales de una naturaleza filosófica, especulativa, analítica y teorética; ninguno de los compañeros y adultos se ve con buenos ojos, tales esfuerzos los dota por así decirlo con valor preferente. Lo mismo puede ser dicho del ascetismo. Estas dos defensas son determinadas por las experiencias educacionales del niño y la influencia sugestiva del medio ambiente. Como estas dos defensas representan un compuesto de mecanismos de defensa, no nos debería sorprender que el arreglo particular de compuestos sea flexible y susceptible a influencias del medio ambiente. El psicoanalista norteamericano no encuentra una prevalencia de estas defensas en las formas clásicas en el adolescente norteamericano.
De mi propia experiencia, con adolescentes norteamericanos he reconocido otra defensa bastante común, que sin duda tiene sus raíces en la estructura de la familia norteamericana y, en particular, en las actitudes sociales favorecidas por la sociedad norteamericana. Me refiero a la tendencia del adolescente a recurrir a aceptar un código de comportamiento, en forma tal que le permite divorciar los sentimientos de la acción en la lucha del yo en contra de los impulsos y en contra de ataduras infantiles de objeto. El impulso sexual no es negado en esta maniobra defensiva; por el contrario, es afirmado, pero se codifica a través de acciones que llevan la marcha del comportamiento medio del compañero. Bajo una presión copada hacia el conformismo, se ensancha la división hacia la emoción genuina y el comportamiento medio socialmente permitido; el resultado es que la percepción interna de lo que constituye los estímulos manejables se ve embotada. La motivación reside en ser igual en la conducta externa con los demás, o en llenar los requisitos de la norma de un grupo. Esto va más allá de la imitación; su resultado eventual es la superficialidad emocional o el sentimentalismo debido al sobre énfasis excesivo del componente de la acción en el interjuego entre el ser y el medio ambiente. El impulso parece perder su peligro al ser desviado en una ejecución competitiva y uniforme, que favorece al narcisismo debido al fluir de libido objetal. La formación del grupo es constreñida por el hecho de que la mayor fuente de seguridad está en el código compartido de lo que constituye una conducta adecuada y en la dependencia del mutuo reconocimiento de igualdad.
Llamo a esta defensa tan prevalente en la juventud norteamericana: uniformismo. es un fenómeno de grupo, que protege al individuo dentro del grupo en contra de la ansiedad proveniente de cualquier lado. El joven o la joven que no encaja dentro del uniformismo particular que ha sido establecido por un grupo determinado es generalmente considerado como una amenaza; y como tal es evitado, ridiculizado, desterrado o tolerado condescendientemente.

Varios mecanismos de defensa son fácilmente reconocibles en el uniformismo tales como la identificación, la negación y el aislamiento; también tiene una calidad contrafóbica, que aparece como en busca de peligro con la predicción triunfante. "No tiene la menor importancia" esta defensa parece ser responsable de la reacción de jóvenes visitantes europeos que adquieren la impresión de que el joven adolescente norteamericano es altamente regulado en sus formas sociales por una conducta obligatoria y sigue el código del comportamiento adolescente por un tiempo excepcionalmente largo. El uniformismo es condicionado por una importancia válida que se modela de este modo: "cuanto más pronto mejor, cuanto más grande mejor, cuánto más rápido mejor".
Las diferencia individuales y la buena disposición emocional son en gran parte ignoradas en la carrera hacia la autoafirmación e igualamiento, que dan la falsa impresión de una madurez temprana. Esta carrera hacia el comportamiento precoz estandarizado hace corto circuito con la diferenciación de individualidad, y prepara así el terreno para los problemas de identidad. Esta condición es adversa al idealismo de la juventud, a su dedicación al conocimiento e investigación, a su espíritu revolucionario que espera cambiar y mejorar al mundo, todo lo contrario, el formalismo se considera como el guardaespaldas de la seguridad, esto es en parte, la respuesta a la pregunta de (Spiegel, 1958): "...Acaso hay fuerzas culturales en nuestro país que tienden a interferir con el proceso de la adolescencia, con el establecimiento de la primacía genital, amor de objeto y un fuerte sentido del ser."

Ilustraré ahora la transformación ahora de un proceso defensivo en uno adaptativo durante el curso del análisis de un joven de 14 años. El resumen del caso muestra el uso simultáneo de varios mecanismos de defensa poco o muy amalgamado, pero todos dirigidos hacia un mismo propósito, atar la ansiedad. Generalmente hablando analizaremos en este caso el surgimiento de un interés, el interés en la historia, y demostraremos cómo esta meta intelectual tomó su tenacidad de una fijación infantil; es más, este interés tenía relación con la lucha púber contra los instintos y ataduras de un objeto infantiles y, por último pero no menos importante era usado para dominar la ansiedad y establecer continuidad en la experiencia del yo. Este fragmento de un análisis sirve para ilustrar cómo más de un mecanismo de defensa -en este caso la regresión y la negación- se entretejen en el esfuerzo mental total y son reconocibles en la intensidad y calidad de un interés intelectual, el cual sirve a necesidades infantiles y debido a esta fijación duradera, no rinde ninguna satisfacción genuina, por ej., egosintónica.
Tom, de inteligencia poco común, era inhibido, deprimido y obeso; le gustaba rumiar mentalmente y tenía intereses solitarios; pasaba las horas jugando solo a un intrincado juego de guerra con fichas de póker, o moneditas, en el cual el más débil de los contendientes, después de haber estado a punto de ser derrotado muchas veces emergía siempre como vencedor. Desarrolló muchas versiones de este juego; por ejemplo, la conquista de un archipiélago por un bravo héroe de cuyo pueblo había sido exiliado por un malvado jefe a una pequeña isla, desde la cual al fin se lanzaba a una invasión audaz que resultaba en la destrucción del enemigo; este juego le daba alivio a sus aprensiones y ansiedades; a que el débil pudiese ser destruido; siempre había esperanzas. El origen de estos juegos provenía de la fase de preadolescencia cuando representaba el tema de la ansiedad de castración con la madre preedípica. El análisis de su interés en la historia como defensa se inició cuado Tom leyó un libro sobre historia griega en la escuela. Se quejó enojado sobre lo incompleto de la información que contenía. Lo que el deseaba saber era "¿Qué sucedió después de la destrucción de una civilización. ¿Dónde quedó? ¿Qué pasó con su gente? ¿Desaparecieron simplemente? Por supuesto que no." La historia nunca nos da una respuesta completa. El esfuerzo por penetrar y entender el pasado fue fútil; Tom descubrió que los libros de historia nunca lo decían todo y eso tornó su lectura en decepcionante e irritante. El pasatiempo de los crucigramas no alivió la tensión del joven por mucho tiempo, de repente quería comprar algo grande, pero al final terminaba jugando con su viejo tren eléctrico que no había usado por años. Este pasatiempo resultó agradable pues la idea de que estaba “perdiendo tiempo” invadía su mente. A esta altura se volvió en contra de la humanidad y en contra de sus maestros en particular, a todos los declaró estúpidos. Tom odiaba a todas las gentes, pero especialmente a su amigo “que sirve sólo para hablar especialmente de muchachas y sexo”. Un humor depresivo se posesionó de él nuevamente, y retornó a sus viejos y solitarios juegos de guerra. Pero tampoco estos juegos le satisfacían ya. El arreglo simétrico de las fichas, la ejecución ordenada y metódica de la batalla le irritaban contra sí mismo y exclamaba desesperado: “Oh, soy tan ordenado que es nauseante.”

Al fin Tom volvió al tema de la historia: “¿Qué sucedió en Atenas y Babilonia después de la invasión? Me he preguntado lo mismo desde cuarto año, ya sé que Babilonia se localiza entre el Eufrates y el Tigris, pero, ¿dónde exactamente? ¿Por qué no nos lo dicen?, por cierto Babilonia siempre me ha hecho pensar en `Baby´.” El analista: “Alone Baby (un bebé solitario).” “Bueno, tenía yo 5 años cuando mi nana me dejó.” De niño se había sentido muy unido a su nana, y después de la separación se le declaró una tos nerviosa que le despertaba a media noche. Iba entonces a la recámara de sus padres donde su madre le servía chocolate caliente que aliviaba su tos. Finalmente, el niño se dormía en medio de sus padres. Esto nos recuerda de Baby-lon (niño solitario), entre dos ríos protectores. Tom se embarcó en un resumen de su historia personal. Desde su punto de vista, en su vida había tres fases, separados por dos barrancos cataclísmicos. Actualmente vivía en su tercera fase, la adolescencia. El primer quiebre ocurrió cuando tenía 5 años y su nana se fue; este hecho dio un fin traumático a su temprana infancia. El siguiente quiebre ocurrió cuando su familia se mudó de Baltimore a Nueva York, cuando tenía 8 años. “Este cambio fue la mayor catástrofe; fue la declinación y caída de Roma. Todas mis cosas de bebé habían desaparecido.”Procedió a enumerar todos sus juguetes y objetos perdidos, acusando a su madre de haber robado sus posesiones. Su enojo era grande y con celo de arqueólogo reconstruyó el contenido de su juguetero, hasta “un pequeño soldado de juguete o un indio que había perdido un brazo”. Reconstruyó en mente el librero de su cuarto infantil y recordó la apariencia y las descomposturas de cada precioso artículo. Esta empecinada búsqueda del pasado á la recherche du temps perdu, es un intento de revivir el pasado, de reconstruir su historia personal para penetrar en los lapsos oscuros del tiempo. La corriente ascendente de los impulsos libidinales y agresivos dirigidos hacia sus padres edípicos eran dominados, en el caso de Tom, por los procesos de pensamiento. La curiosidad infantil fue desviada hacia la investigación histórica. Esta actividad intelectual, sin embargo, sólo podía por cortos lapsos de tiempo evitar el retorno de los estados de ánimo depresivos y de enojo y de los afectos que había experimentado en su infancia, y que hoy, en la pubertad, se adherían a la defensa de la intelectualización con un rendimiento sólo parcialmente exitoso.
Tom atacó el problema histórico con nuevas fuerzas, quería trazar ahora todo el panorama de la migración humana, las conquistas y aniquilaciones de naciones, y la destrucción de imperios. Lo que todo eso tenía en común era que estas violentas dislocaciones habían llevado a “mezclas entre conquistador y conquistados, culminando en el nacimiento de una nueva tribu”.

Tom se embarcó en un ambicioso proyecto al hacer un esquema a gran escala de la “cuna de la civilización” del Mediterráneo. Colocó a varios pueblos en el mapa representando a cada “tribu” con un pedazo de cartón. Repasó entonces diversas etapas históricas, haciendo di versos movimientos con los pueblos. Como se concentraba demasiado y se excitaba con este proyecto, se sentía culpable y se acusaba a sí mismo: “no debería yo estar haciendo esto”- es decir, ser testigo de batallas entre contendientes y el nacimiento de nuevas tribus. Sin embargo, continuaba con el proyecto. Cuando llegaba a la historia contemporánea mezclaba a soldados americanos de la segunda Guerra Mundial con mujeres “sexy2 de Italia y daba nacimiento a nuevas tribus. Las asociaciones sexuales se hicieron mas recuentes hasta que el vacío en la historia personal, era llenado. Esto se hacía o por medio de la reconstrucción con material primordial de escenas fantasiosas, conceptos sadomasoquistas sobre el acto sexual, culpa edípica, identificación ambivalente con ambos padres, miedo a la madre fálica, la depresión que siguió a la separación de su nana. finalmente, la historia había contado todo.

Los temas de historia personales dieron a la historia mundial una persistencia decisiva y fascinaron a Tom. También eran culpables por la satisfacción que acompañaba su estudio. La disforia, insatisfacción, futilidad, enojo y depresión se rindieron al análisis de la lucha defensiva, pero el interés en la historia sobrevivió; más ahora, su estudio resulto comprensible y libre de conflictos. el interés histórico se desconectó de la fijación institintiva, y le fue dada avanzar de status, al de una actividad autónoma intelectual. Debe mencionarse que cuando el análisis de Tom trató su intelectualización, él se había convertido ya en un buen historiador, con un amplio conocimiento de hechos. Estos hechos, a decir verdad, generalmente representaban ejercicios mentales sin significado aparente; por ejemplo la memorización pedante del linaje completo de los reyes de Francia. Esta preocupación defensiva por simples hechos dio paso a un entendimiento y apreciación de valores humanos mayores que el estudio de la historia implica. Un interés que operaba al servicio de la defensa se había convertido en una actividad adaptable, compensatoria y llena de significado social y personal, que no requería más el gasto de energía contracatéctica. Esta trasformación promovió, en el caso de Tom, un movimiento de libido hacia delante.

La economía del yo se vio afectada en términos de un vigoroso a la realidad, al pensamiento racional, y a la observación objetiva. La autoestimación creció con la habilidad de dominar el conocimiento sin culpa. En la fase de la adolescencia en sí, cuando el conflicto edípico se mueve hacia su solución, la retracción de la libido, de los padres “puede vincularse sólo con el cuerpo del adolescente y dar lugar allí a sensaciones hipocondríacas y sentimientos de cambios corporales que son clínicamente conocidos por las etapas iniciales de la enfermedad psicótica”. A. Freud (1958, a.). Helene Deutsch (1944) enfatiza la importancia de la fantasía en el proceso adolescente de la joven y describe las condiciones en las que la imaginación es experimentada c0omo realidad. Si la vinculación libidinal a un objeto incestuoso es nuevamente experimentada, no en relación a un nuevo objeto sino sólo en fantasía, de modo que el adolescente permanece inconscientemente fiel al objeto anterior, entonces la primera realidad dotara a la presente fantasía de amor con un carácter de realidad. “Durante la pubertad cualquier realidad que pudiera gratificar los deseos sexuales puede parecer peligrosa, y se lleva acabo una agresión a la fantasía y la pseudología. La pseudología es usada como defensa; la joven adolescente toma su fantasía por realidad, para renunciar a una realidad que considera quizá más peligrosa.” (Deutsch, 1944).
Los niños que durante su crecimiento desarrollan una grave ansiedad del superyo son propensos a mofarse de todas las reglas durante una fase de su adolescencia; no transigen en nada para evitar que la debilidad o la sumisión se declaren nuevamente. Éste es el adolescente “, que no se compromete a nada”, descrito por Anna Freud (1958, a). El adolescente más moderado conserva adhesión al código moral, mientras sea que él mismo escoge y hace. Los viejos odres se llenan con vino nuevo. Las normas de conducta que son escogidas por él mismo significan alejamiento de la disciplina de los padres, pero, de todos modos, preservan la modalidad de disciplina en las innovaciones frecuentemente revolucionarias en la moralidad y en la ética.

Un ejemplo de esta etapa en la transformación del superyo ocurrió en un joven de quince años con controles obsesivo-compulsivos, quien había logrado una aceptación más tolerante de sus impulsos sexuales y, principalmente agresivos, durante el análisis. Un día dijo que había desarrollado una nueva filosofía: “soy un muchacho cambiado”. Su filosofía estaba compuesta de “axiomas” basados en la siguiente proposición: “Puesto que tengo que seguir viviendo será mejor que lo disfrute”. Seis axiomas regularon la conducta de su vida “1)Si tengo miedo de alguien digo ‘al diablo contigo’ y hago lo que me place; 2) No te jactes tanto; 3) No comas tanto; 4) No te masturbes tanto; los números 2, 3, 4 no tienen importancia cuando tengo una novia; 5) Haz cosas inesperadas en tiempos no habituales; 6) Soporta los sermones de mamá y no la dejes que te haga perder el control.” Después de recitar los axiomas agregó: “Por favor date cuenta que mis axiomas, por lo menos los más importantes, no dicen ‘haz esto y no hagas el otro’; sino que dicen ‘no hagas esto en demasía, o haz esto más’. Mientras que la abstinencia es buena para mí, ningún axioma la recomienda. ¿Te das cuenta de la diferencia?”.Concluyó con una observación de autoironía jocosa: “Desde luego, yo no sé cuánto va a durar todo esto. Pero me hace sentirme muy bien”.
Las diferentes medidas defensivas empleadas durante la adolescencia en sí, son en circunstancias normales medidas temporales de emergencia. Son desechadas tan pronto como el yo ha ganado resistencia al unir sus fuerzas con el movimiento progresivo de la libido hacia la heterosexualidad, tan pronto como la ansiedad y la culpa han disminuido a través de cambios catéticos internos. Desde un punto de vista social o de comportamiento este desenvolvimiento puede ser descrito en términos de un ajuste adaptativo en consonancia o correspondencia con instituciones sociales existentes. En la sociedad contemporánea este proceso requiere tiempo y es necesariamente lento. Sabemos que una consumación cronológicamente más temprana del estado adulto ocurrió en un pasado no muy lejano, pero hay dificultades intrínsecas en la interpretación de estos hechos, puesto que las medias sociales que permiten al proceso del adolescente desenvolverse por experiencias de transacción, toma diferentes matices en diferentes tiempos históricos (Erikson, 1946). No podemos decir con certeza qué ocurrió en la adolescencia tradicionalista estructurada sobre diferentes clases sociales hace cien años, cuando se acostumbraba el matrimonio a temprana edad, y el proceso adolescente evolucionaba parcialmente dentro de los limites de esa institución. Se explorará este punto más adelante en una discusión sobre determinantes del medio ambiente en los que las diferentes “estaciones”, como sea, son vistas en términos de la interrelación entre desarrollo individual y cultural. En el mundo occidental contemporáneo, hay dos peligros en la adolescencia, a saber, la precipitación a la heterosexualidad a expensas de la diferenciación de personalidad, y la expresión masiva de impulsos sexuales con una consecuente deformación de carácter y un desarrollo emocional desviado.

Este progreso decisivo en el desenvolvimiento emocional durante la adolescencia reside en el progreso hacia la heterosexualidad. Este estado sólo puede ser alcanzado después de que los impulsos pregenitales han sido relegados a un rol iniciativo y subordinado a favor de la sexualidad genital o potencial orgásmica.
El placer previo es una innovación de la pubertad envuelve un arreglo jerárquico de impulsos genitales y pregenitales. Como sucedió anteriormente en el desarrollo psicosexual, el yo obtiene otra vez su pista de la organización dominante de los impulsos; y durante la adolescencia en sí aparece paralelamente una organización jerárquica de funciones del yo. Aparece un ordenamiento superior de pensamiento, reconocible en el desarrollo de teorías y sistemas; consecuentemente, un orden más discernible se asigna a los preceptos. Es más, hay una conciencia progresiva de la relevancia que tienen las propias acciones el papel y el lugar presente y futuro en la sociedad. La selección vocacional –bien sea ingeniería o maternidad- requiere el relego de algunos modelos yoicos, ideales, posibles seres, para subordinar posiciones. La adolescencia es la fase durante la cual estos procesos estratificatorios son iniciados. Durante la adolescencia tardía asumen una estructura definitiva. Cuando ocurre una tardanza o una falla en la organización jerárquica de los impulsos sexuales, hay un retraso o falla en la correspondiente fase adecuada del desarrollo del yo.
Alteraciones autoplásticas tales como “la división del yo”, o “deformaciones yoicas” frecuentemente fallan en esta temprana para relevar la extensión a la cual se ha desviado la fase de la organización del impulso de la adolescencia.

Inhelder y Piaget (1958) estudiaron el pensamiento adolescente en su forma típica; sus resultados ostentan este desarrollo correlativo de “vida afectiva” y “procesos cognoscitivos”, o impulso y yo, a los que me refiere. Para Inhelder y Piaget es el “asumir roles de adulto” lo que “implica una total reestructuración de la personalidad en la que las transformaciones intelectuales son paralelas o complementarias a las trasformaciones afectivas”. Algunos de estos resultados están muy ligados a mi concepto de un arreglo jerárquico de las funciones del yo en la adolescencia. El adolescente “comienza a considerarse igual a los adultos y a juzgarlos”; “comienza a pensar en el futuro –por ejemplo, en su trabajo y futuro en la sociedad”, también tiene la idea de cambiar esta sociedad”. “El adolescente difiere del niño, sobre todo, en que piensa más allá del presente”; “se confía a las posibilidades”.
“El adolescente es el individuo que empieza a construir ‘sistemas’ o ‘teorías’ en el sentido más amplio de la palabra. El niño no construye sistemas...el niño no tiene ese poder de reflexión: por ejemplo, no tiene pensamientos de segundo orden que critiquen a su propio pensamiento. Ninguna teoría puede ser construida sin esa reflexión. En contraste, el adolescente es capaz de analizar su propio pensamiento y construir teorías.” Esto corresponde a la formulación de que el pensamiento, como acción de juicio, se convierte en la adolescencia en un modo de trato con la interacción entre el individuo y su medio ambiente, el presente y el futuro. Como acción de juicio, en la adolescencia, el pensa- miento es constantemente interferido por la propensión a la acción y al acting out (actuación), el alcance del ensayo y error se amplifica en el pensamiento abstracto, que eventualmente se formaliza en sistemas y teorías. Estas ideaciones sirven el propósito de proporcionar “bases cognoscitivas y evaluativas para asumir roles de adulto... Son vitales en la asimilación de los valores que definen a las sociedades o clases sociales como entidades en contraste con relaciones simples interindividuales “. Spiegel (1958) ha demostrado que “un tipo de pensamiento conceptual, por ejemplo, la estética se desarrolla en esta etapa”.

Inhelder y Piaget (1958) hacen hincapié que en el desarrollo del pensamiento, el adolescente recapitula los diferentes estadios del desarrollo infantil “en los planos de pensamiento y realidad que son nuevos para las operaciones formales”. Como siempre, van del egocentrismo hacia el descentramiento. El egocentrismo que es observado en el proceso de pensamiento del adolescente ha sido descrito como narcisismo adolescente. Precede en turno a nuevas relaciones de objeto, correspondiendo al concepto de descentramiento de Piaget. El descentramiento promueve “objetividad”, el descentramiento es “continuo reenfoque de prospectiva”. En el proceso de descentramiento la entrada del adolescente en el mundo ocupacional representa el punto principal. “El trabajo conduce al pensamiento lejos de los peligros del formalismo hasta regresar a la realidad.” “El descentramiento se lleva a cabo simultáneamente en los procesos de pensamiento y en relaciones sociales”. Lo que ha sido referido como el arreglo jerárquico de funciones yoicas puede ser descrito en relación a funciones cognitivas como una progresión de estructuras formales en el pensamiento adolescente que son parte de su egocentrismo hacia una objetividad del pensamiento que promueve el descentramiento especialmente en el análisis de los hechos. “La observación lo laboriosa y lenta que puede ser esta reconciliación de pensamiento y experiencias. “En conclusión –dicen Inhelder y Piaget-: las adquisiciones fundamentales afectivas de la adolescencia igualan las adquisiciones intelectuales. Para entender el rol de estructuras formales de pensamiento en la vida adolescente, encontramos que en el ultimo análisis tuvimos que situarlas en su personalidad total.”

La notable realización del adolescente en el reino del pensamiento y su creatividad artística también poco común han sido documentadas y estudiadas hace algunos años (Bernfeld, 1924). La notable declinación de esta actividad, frecuentemente sorprendente, al final de la adolescencia hace aparente que es una función del proceso adolescencia. La alta introspección o la intimidad psicológica hacia los procesos internos en conjunción con la distancia hacia los objetivos externos, permiten al adolescente una libertad de experiencias y un acceso hacia sus sentimientos que promueven un estado de delicada sensibilidad y percepción. Las producciones artísticas de los adolescentes son frecuencia francamente autobiográficas y alcanzan su altura durante fases de retraimiento libidinal del mundo objetal, o en tiempos de amor sin objeto definido ya se homosexual o heterosexual. La productividad creativa representa así un esfuerzo para completar tareas urgentes de trasformaciones internas. La catexis de pensamientos e introspección permite una concentración y dedicación al proceso creativo de pensamiento e imaginación que es casi desconocido antes o después en la vida del individuo promedio. El proceso creatividad en la adolescencia acrecienta la infatuación con el ser; frecuentemente se ve acompañado por la emoción y lleva a la convicción de ser una persona escogida y especial.

La actividad creadora sublimada puede ser descrita en estos términos esenciales: 1) es altamente autocentrada; esto es, narcisista; 2) está subordinada a las limitaciones de un medio artístico y, en consecuencia, orientada parcialmente a la realidad; 3) funciona dentro de la modalidad de “dar vida a una nueva existencia”al ser; 4) constituye una comunidad con el medio ambiente y está, por lo tanto, parcialmente relacionada con objetos. La actitud creadora del adolescente es un proceso complejo, cuyas partes componentes pueden trabajar en conjunto en relativa armonía o ser dominadas completamente por un componente creativo. De este modo, la creatividad puede gratificar necesidades narcisistas, puede alcanzar un apoyo en la realidad, puede remplazar objetos de amor o puede preparar la canalización de un don innato en un modo de vida perdurable. La observación ha demostrado que el florecer la productividad creativa está restringido al adolescente de las clases educadas; pero debe enfatizarse que el adolescente que rehuye el retraso de la educación y que se esfuerza por alcanzar la adultez por la ruta más corta no obstante participa en este proceso creativo tomando prestadas fantasías prefabricadas y emociones estereotipadas del medio masivo, como películas y revistas. Estos estereotipos complacen sus propósitos seguramente a un nivel muy primitivo, pero son similares en funcionamiento a los actos creativos observados en adolescentes más sofisticados y diferenciados. Spiegel (1958) expreso la opinión de que la creatividad de la adolescencia puede estar vinculada indirectamente a oscilaciones catécticas, “es decir, a la fluidez del desplazamiento catéctico del ser a representaciones del objeto... A través de la creación artística, lo que es ser puede volverse objeto y luego externalizarse y así puede ayudar a establecer un balance de catexis narcisista y objetal”.

La descripción de la adolescencia en sí envuelve una consideración detallada de tantos aspectos separados que resumen puede ser útil en este punto. Es aparente que, en términos de organización de impulsos, la adolescencia en sí marca un avance hacia la posición heterosexual, o más bien esta organización, mientras está incompleta, gana en claridad e irreversibilidad. Hacia este fin, la libido objetal se externa otra vez, ahora hacia objetos no incestuosos del sexo opuesto; concomitantemente declina el narcisismo. La vuelta hacia nuevos objetos de amor reactiva fijaciones edípicas, positivas y negativas. El proceso de desligamiento del padre especial le da a esta fase de la adolescencia su aspecto especial. La labor adecuada del sexo de esta fase reside en la elaboración de la feminidad y masculinidad; nuevamente vemos que este proceso no queda completo, sino que guarda a fases subsecuentes para su confrontación final. Sin embargo, el modo especial en que la pregenitalidad queda relegada al placer previo, y el modo particular en que los conflictos edípicos llegan a una resolución o compromiso, crean una organización de impulsos que operará dentro de confines altamente idiosincrásicos.

El yo, durante la adolescencia en sí, inicia medidas defensivas procesos y acomodos adaptativas. Su elección muestra mayor variación individual de la que fue discernible en fases previas, un hecho que anuncia su influencia selectiva definitiva en la formación del carácter. Es más, los arreglos jerárquicos de las funciones yoicas hacen su aparición, modeladas tras el surgimiento de la organización de impulso. Los procesos se hacen más objetivos y analíticos; el reinado del principio de la realidad se inicia. La innovación jerárquica por sí misma hace que sobresalgan diferentes intereses, capacidades, habilidades y talentos, que son probados experimentalmente por el uso y apoyo en el mantenimiento de la autoestimación; de este modo la elección vocacional se solidifica o, cuando menos, hace oír su voz. El final de la adolescencia trae una nueva calidad a este reinado de anhelos hacia posibles seres; en términos generales podemos decir que la adolescencia en sí a su fin delineación de un conflicto idiosincrásico y la constelación de impulso que durante el final de adolescencia se trasforma en un sistema unido e integrado. La adolescencia en sí elabora un centro de lucha interna que resiste las trasformaciones del adolescente; los conflictos y las fuerzas desequilibradas se mueven en un ángulo agudo. Es la labor del fin de la adolescencia llegar a un arreglo que la persona joven subjetivamente siente como “mi modo de vida”. La inquietante pregunta que tanto se hacen los adolescentes “¿Quién soy yo?” retrocede lentamente al olvido. Durante el final de la adolescencia emerge una claridad de propósitos autoevidente, y un conocimiento del ser que se describe mejor con las palabras “éste soy yo”. Esta frase declaratoria rara vez se pronuncia en voz alta, pero está expresada por la vida particular que lleva el individuo, o que da por sentada, cuando la adolescencia llega a su fin. A continuación discutiremos este periodo que lleva a su culminación a los procesos adolescentes.

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Parte 2
Parte 3
Parte 4
Parte 5
Parte 6


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