domingo, 18 de mayo de 2008

"Caso Dora" (3º parte)


El primer sueño

Justo en el momento en que teníamos perspectivas de aclarar un punto oscuro en el vivenciar infantil de Dora por medio del material que se imponía al análisis, ella me comunicó que una de las noches pasadas había vuelto a tener un sueño que ya había soñado repetidas veces de la misma manera. Un sueño que se repetía periódicamente era, ya por este solo carácter, muy apropiado para despertar mi curiosidad; en interés del tratamiento era lícito tomar en cuenta la posibilidad de que este sueño se entretejiera en la urdimbre del análisis. Me resolví entonces a investigarlo con particular cuidado.

Primer sueño: En una casa hay un incendio contó Dora; mi padre está frente a mi cama y me despierta. Me visto con rapidez. Mamá pretende todavía salvar su alhajero, pero papá dice: «No quiero que yo y mis dos hijos nos quememos a causa de tu alhajero». Descendemos de prisa por las escaleras, y una vez abajo me despierto.

Puesto que es un sueño recurrente, le pregunto, desde luego, cuándo lo soñó por primera vez. No lo sabe. Pero se acuerda de que tuvo el sueño en L. (el lugar del lago donde ocurrió la escena con el señor K.) tres noches sucesivas, y había vuelto a tenerlo unos días antes aquí [en Viena]. (Por el contenido puede demostrarse que lo soñó por primera vez en L.) El enlace que de ese modo se establecía entre el sueño y los acontecimientos de L. aumentó, desde luego, mis expectativas respecto de su solución. Pero primero quise averiguar la ocasión en que le había retornado por última vez, y exhorté a Dora, que por algunos pequeños ejemplos analizados antes ya estaba instruida en la interpretación de sueños, a que descompusiera el sueño y me comunicase lo que se le ocurría sobre él. ({Para mayor facilidad de la lectura, en el diálogo que sigue ponemos entre comillas lo dicho por Dora.})

-«Se me ocurre algo, pero no puede venir al caso, pues es demasiado reciente, mientras que sin duda alguna al sueño va lo he tenido antes».

-No importa, siga usted -contesto-; será justamente lo último {en el tiempo} que se adecua al sueño.

-«Y bien; en estos días papá tuvo una disputa con mamá, porque ella cierra por la noche el comedor. Es que la habitación de mi hermano no tiene entrada propia, sino que sólo se puede llegar a ella por el comedor. Papá no quiere que mi hermano quede así encerrado por la noche. Dijo que no estaba bien; por la noche podría pasar algo que obligase a salir».

-¿Y eso la hizo pensar en el peligro de un incendio?

-«Sí».

-Le ruego que tome buena nota de sus propias expresiones. Quizá nos hagan falta. Ha dicho que por la noche podría pasar algo que obligase a salir. (Destaco estas palabras porque me resultan extrañas. Me suenan ambiguas. ¿No se alude con esas mismas palabras a ciertas necesidades corporales? Ahora bien, las palabras ambiguas son como «cambios de vía» {Wechsel} para el circuito de la asociación. Si la aguja se pone en otra posición que la que aparece en el sueño, se llega a los rieles por los cuales se mueven los Pensamientos buscados, todavía ocultos tras el sueño.)

Pero Dora halla la conexión entre la ocasión reciente y la ocasión antigua del sueño, pues prosigue:

-«Cuando llegamos a L. aquella vez, papá y yo, él expresó directamente su angustia por el hecho de que pudiera producirse un incendio. Arribamos en medio de un violento temporal, y vimos que la pequeña cabaña de madera no tenía pararrayos. La angustia era totalmente natural, entonces».

Me incumbe, pues, establecer el vínculo entre los acontecimientos de L. y los sueños del mismo tenor que ella tuvo en esa época. Pregunto: ¿Tuvo usted el sueño en L. durante las primeras noches o en las últimas, antes de su partida? Vale decir, ¿antes o después de aquella escena en el bosque? (De hecho, yo sé que la escena no ocurrió el mismo día de la llegada, y que después de ella permaneció todavía unos días en L. sin dejar traslucir nada del suceso.) Primero responde: «No lo sé». Y tras unos instantes: «Pero creo que después».

Por tanto, ahora yo sabía que el sueño era una reacción frente a aquella vivencia. Pero, ¿por qué se repitió ahí tres veces? Seguí preguntando:

-¿Cuánto tiempo permaneció en L. después de la escena?

-«Cuatro días aún; al cuarto, partí con papá».

-Ahora tengo la seguridad de que el sueño fue el efecto inmediato de la vivencia con el señor K, Usted lo soñó ahí por primera vez, no antes. Añadió la incertidumbre en el recuerdo sólo para borrarse el nexo. (Cf. lo dicho acerca de la duda que acompaña al recuerdo.) Pero en cuanto a los números, no todo se me compagina todavía. -Si permaneció aún cuatro noches en L., pudo haber tenido el sueño cuatro veces. ¿Acaso fue así?

Ella no contradice más mi aseveración, pero en lugar de responderme continúa: (En efecto, se requiere de un nuevo material mnémíco antes que pueda responderse mi pregunta.)

-«A la siesta del día de nuestro viaje por el lago, del que el señor K. y yo regresamos a mediodía, yo me había acostado sobre el sofá, como era mi costumbre, en el dormitorio, para dormir un poco. Me desperté de pronto y vi al señor K. de pie frente a mí ... ».

-Vale decir, ¿tal como su papá estaba en el sueño frente a la cama de usted?

-«Sí. Lo increpé, preguntándole qué buscaba. Me respondió que no dejaría de entrar en su dormitorio cuando quisiese; por otra parte, tenía que recoger algo. Alertada por ese episodio, pregunté a la señora K. si no existía una llave para el dormitorio, y a la mañana siguiente (del segundo día) me encerré para hacerme la toilette. Cuando a la siesta quise encerrarme para recostarme de nuevo en el sofá, faltaba la llave. Estoy convencida de que el señor K. la había quitado».

He ahí entonces el tema del cerrar o dejar abierta la habitación, que se presenta en la primera ocurrencia acerca del sueño y que por casualidad desempeña también un papel en la ocasión reciente del sueño. (Sospeché, aunque sin decírselo todavía a Dora, que ella había echado mano de este elemento a causa de su significado simbólico. «Zimmer» [habitación] subroga muy a menudo en el sueño a«Frauenzimmer» [palabra de matiz levemente despectivo para designar a una «mujer»; literalmente, «habitación de mujer»]. Y no puede resultar indiferente, desde luego, que una mujer esté «abierta» o «cerrada». Es bien notorio cuál es la «llave» que abre en este caso.) ¿Pertenecería también a este contexto la frase «Me visto con rapidez»?

-«En ese momento me propuse no quedarme, en ausencia de papá, en casa de los K. Las mañanas que siguieron no podía menos que temer que el señor K. me sorprendiera mientras yo me hacía la toilette, y por eso me vestía con mucha rapidez. Es que papá paraba en el hotel, y la señora K. partía siempre temprano para dar un paseo con él. Pero el señor K. no volvió a fastidiarme».

Entiendo que en la siesta del segundo día usted se hizo el designio de sustraerse de esas persecuciones, y entonces la segunda, la tercera y la cuarta noche que siguieron a la escena en el bosque tuvo tiempo de repetirse (wiederholen} ese designio mientras dormía. Ya a la: segunda siesta, vale decir, antes del sueño, usted sabía que a la mañana siguiente -la tercera- no hallaría la llave para encerrarse mientras se vestía, y pudo empeñarse en apresurar en lo posible la toilette. Pero su sueño se repitió cada noche justamente porque respondía a un designio. Y un designio persiste hasta que se lo ejecuta. Acaso se dijo usted: No tendré tranquilidad, no podré dormir tranquila hasta que no me encuentre fuera de esta casa. Lo inverso dice usted en el sueño: Una vez abajo me despierto.

Interrumpo aquí la comunicación del análisis para cotejar este pequeño fragmento de interpretación con mis tesis generales acerca del mecanismo de la formación del sueño. En mi libro La interpretación de los sueños (1900a) he puntualizado que todo sueño es un deseo al que se figura como cumplido; la figuración es encubridora cuando se trata de un deseo reprimido, que pertenece al inconciente, y, exceptuado el caso de los sueños infantiles, Sólo el deseo inconciente o que alcanza hasta el inconciente tiene la virtud de formar un sueño, Creo que habría conseguido más fácilmente la aprobación general si me hubiera contentado con aseverar que todo sueño posee un sentido que puede descubrirse mediante cierto trabajo de interpretación. Tras una interpretación completa, uno podría sustituir el sueño por pensamientos que se insertan dentro de la vida anímica de la vigilia en lugares fácilmente reconocibles. Y habría podido proseguir diciendo que ese sentido es tan variado como las ilaciones de pensamiento de la vigilia. Una vez se trataría de un deseo cumplido, otra de un temor realizado; en otras ocasiones, de una reflexión proseguida mientras se duerme, de un designio (como en el sueño de Dora), de un fragmento de producción mental, etc. Esta manera de exponer las cosas habría resultado indudablemente atractiva por su claridad, y podría apoyarse en un gran número de ejemplos bien interpretados, como el del sueño que aquí analizamos.

En lugar de ello, he formulado una tesis general que restringe el sentido de los sueños a una única forma de pensamiento: la figuración de deseos. He provocado así la universal inclinación a la contradicción. Pero debo decir que no me creí en el derecho ni en el deber de simplificar un proceso de la psicología para agradar a los lectores, cuando mi indagación detectaba en él una complicación que sólo en otro lugar hallará su solución armónica. Por eso tiene particular interés para mí demostrar que las excepciones aparentes, como el presente sueño de Dora, que a primera vista se reveló como un designio diurno proseguido mientras ella dormía, no hacen sino corroborar una y otra vez la regla impugnada.

Sin duda, queda todavía por interpretar una buena parte del sueño. Seguí preguntando:

-¿Qué hay sobre el alhajero, que su madre quiere salvar?

-«A mamá le gustan mucho las alhajas y papá le ha regalado unas cuantas».

-¿Y a usted?

-«También a mí las alhajas me gustaban mucho antes; desde la enfermedad no llevo ninguna. . . . Hace unos cuatro años (un año antes del sueño) hubo una gran disputa entre papá y mamá a causa de una alhaja. Ella quería algo muy especial, unos pendientes de gotas de perlas {Tropfen von Perlen}. Pero a papá no le gustaban, y en lugar de las gotas le trajo una pulsera. Ella se puso furiosa y le dijo que ya que había gastado tanto dinero en regalarle algo que no le gustaba, que se lo regalase a otra».

-¿Y usted habrá pensado que de buena gana lo tomaría?

-«No sé; de ningún modo sé cómo aparece mamá en el sueño; ella no se encontraba en ese tiempo en L.». (Esta observación, testimonio de una total incomprensión de las reglas de la explicación de sueños, bien conocidas en
lo demás por ella, así como la manera vacilante y la parquedad con que expresaba sus ocurrencias sobre el alhajero, me probaron que se trataba de un material reprimido con gran fuerza.)

-Después se lo explicaré. Entonces, ¿no se le ocurre nada más sobre el alhajero {Schmuckkästchen}? Hasta ahora habló solamente de alhajas {Schmuck}, y nada dijo de una cajita (Kästchen}.

-«Sí, el señor K. me había regalado algún tiempo antes un costoso alhajero».

-Entonces correspondía retribuir el obsequio. Quizás usted no sabe que «alhajero» es una designación preferida para lo mismo a que usted aludió no hace mucho con la carterita de mano: los genitales femeninos,

-«Sabía que usted diría eso». (Una manera muy frecuente de apartar de sí un conocimiento que emerge de lo reprimido)

-Es decir que usted lo sabía. . . . Ahora el sentido del sueño se vuelve todavía más claro. Usted se dice: Ese hombre me persigue, quiere penetrar en mi habitación, mi «alhajero» corre peligro y, si ocurre alguna desgracia, la culpa será de papá. Por eso ha escogido usted en el sueño una situación que expresa lo contrario, un peligro del que su papá la salva. En general, en esta parte de su sueño todo está mudado en lo contrario; pronto sabrá la razón. El secreto reside, es cierto, en su mamá. ¿Cómo aparece ahí su mamá? Ella es, como usted sabe, su primera competidora en el favor de su papá. En el episodio de la pulsera usted de buena gana habría aceptado lo que su mamá rechazaba. Ahora sustituyamos «aceptar» por «dar», «rechazar» por «rehusar». Significa, entonces, que usted estaría dispuesta a dar a su papá lo que su mamá le rehúsa, y aquello de lo cual se trata tendría que ver con una alhaja. (También respecto de las gotas consignaremos después una interpretación pedida por el contexto.) Y bien; usted recuerda el alhajero que el señor K. le obsequió. Ahí tiene usted el principio de una serie paralela de pensamientos en que su papá debe ser reemplazado por el señor K., tal como sucedía en la situación del que estaba frente a su cama. El le ha obsequiado un alhajero, y usted entonces tiene que obsequiarle su alhajero; por eso hablé antes de «retribución del obsequio» {contra-obsequio). En esta serie de pensamientos, su mamá tiene que ser sustituida por la señora K., quien sí estaba presente en ese momento. Por tanto, usted está dispuesta a obsequiarle al señor K. lo que su mujer le rehúsa. Aquí tiene usted el pensamiento que debe reprimirse con tanto esfuerzo y que hace necesaria la mudanza de todos los elementos en su contrario {su parte contraria o contraparte}. El sueño vuelve a corroborar lo que ya le dije antes: usted refresca su viejo amor por su papá a fin de protegerse de su amor por K. Ahora bien, ¿qué prueban todos estos empeños? No solamente que usted tuvo miedo del señor K., sino que usted se temió también a sí misma, temió ceder a su tentación. De esa manera, ellos confirman la intensidad {intensiv} de su amor por él. (Luego añadí: «Por lo demás la reemergencia del sueño en los últimos días me obliga a inferir que usted considera que ha vuelto a presentarse la misma situación, y ha decidido abandonar la cura, a la que asiste únicamente por voluntad de su padre». Los acontecimientos que siguieron mostraron cuán certera era mi suposición. Mi interpretación roza aquí el tema de la «trasferencia», de suma importancia práctica y teórica, que ya no tendré más oportunidad de considerar en el presente ensayo.)

Desde luego, no quiso acompañarme en esta parte de la interpretación. En cambio, yo había conseguido dar un paso adelante en la interpretación del sueño, que parecía indispensable tanto para la anamnesis del caso como para la teoría del sueño. Le prometí a Dora que se lo comunicaría en la sesión siguiente.

En efecto, yo no podía olvidar la referencia que parecía desprenderse de las mencionadas palabras ambiguas (por la noche podría pasar una desgracia que obligase a salir). Y a esto se sumaba que el esclarecimiento del sueño me parecía incompleto mientras no se satisfaciese cierto requisito que no quiero establecer con carácter universal, es cierto, pero cuyo cumplimiento busco preferentemente. (Cf. La interpretación de los sueños (1900a), AE, 4, págs. 231 232.) Un sueño en regla se apoya, por así decir, en dos piernas, una de las cuales está en contacto con la ocasión actual esencial, y la otra con un episodio relevante de la infancia. Entre estas dos vivencias, la infantil y la presente, el sueño establece una conexión: procura refundir el presente según el modelo del pasado más remoto. (Cf. la frase final de La interpretación de los sueños (1900a), AE, 5, pág. 608.) El deseo que crea al sueño proviene siempre de la infancia, quiere trasformarla una y otra vez en realidad, corregir el presente según la infancia. Yo creía individualizar ya nítidamente en el contenido del sueño de Dora los fragmentos que podían conjugarse como alusión a un acontecimiento de la infancia.

Empecé su elucidación con un pequeño experimento que, como suele suceder, tuvo éxito. Dejé al azar sobre la mesa una gran caja de fósforos. Rogué a Dora que escudriñara sobre la mesa para ver si había algo que no -solía estar ahí. No vio nada. Entonces le pregunté si sabía por qué se prohibía a los niños jugar con fósforos.

-«Sí, por el peligro de un incendio. Los hijos de mí tío son muy afectos a jugar con fósforos».

-No solamente por eso. Se les advierte: «No juegues con fuego», y ello va acompañado de una cierta creencia.

Nada sabía Dora sobre eso.

-Y bien: se teme que se mojen en la cama. En la base de esto se encuentra, sin duda, la oposición de agita y fuego. Acaso, que sueñen con fuego y después se vean tentados a apagarlo con agua. No sé decirlo con exactitud. (Freud volvió tres o cuatro veces sobre esta cuestión; lo hizo con máxima amplitud en «Sobre la conquista del fuego»(1932a).) Pero veo que la oposición de agua y fuego le presta a usted en el sueño señalados servicios. Su madre quiere salvar el alhajero para que no se queme; en cambio, en los pensamientos oníricos se trata de que el «alhajero» no se moje. Pero «fuego» no se emplea sólo como opuesto de «agua»; sirve también como subrogación directa de amor, estar enamorado, abrasado. Por tanto, desde «fuego» parten unos rieles que, pasando por este significado simbólico, llegan hasta los pensamientos amorosos; otros rieles, a través de su opuesto «agua», y tras desprender un ramal que establece otro vínculo con «amor» (también este hace mojarse), llevan a otra parte. ¿Pero adónde? Considere usted su propia expresión: «Por la noche podría pasar algún percance que obligase a salir». ¿No significa esto una necesidad física? Y si usted traslada ese percance a la infancia, ¿puede ser otra cosa que mojar la cama? Ahora bien, ¿qué se hace para evitar que los niños mojen la cama? Se los despierta por la noche, ¿no es cierto? Lo mismo que su papá hace con usted en el sueño. Este sería, pues, el episodio real de que usted se vale para sustituir al señor K., que la despertó mientras usted dormía, por su papá. Tengo que inferir entonces que usted siguió mojándose en la cama por más tiempo que el corriente en los niños. Lo mismo debe de haber ocurrido con su hermano. En efecto, su papá dice: «No quiero que mis dos hijos... mueran». Su hermano nada tiene que ver con la: situación actual respecto de los K.; tampoco había ido a L. ¿Qué dicen sus recuerdos sobre eso?

-«En cuanto a mí, nada sé -respondió ella-; pero mi hermano hasta su sexto o séptimo año mojaba la cama, y aun muchas veces le ocurrió de día».

Estaba por hacerle notar cuánto más fácilmente se recuerda una cosa así respecto de un hermano que respecto de uno mismo, cuando ella prosiguió con su recuerdo recuperado:

-«Sí; también a mí me ocurrió durante un tiempo, pero sólo en el séptimo u octavo año. Tiene que haber sido enojoso, pues ahora sé que se consultó al doctor. Duró hasta poco antes de mi asma nerviosa».

-¿Qué dijo el doctor?

-«Declaró que era una debilidad nerviosa; ya pasaría, sostuvo, y prescribió un tónico».( Este médico era el único en quien ella confiaba, ya que notó, por esta experiencia, que no estaba en la pista de su secreto. Sentía angustia frente a cualquier otro a quien no supiera juzgar todavía; el motivo de esa angustia, ahora podemos conjeturarlo, era que pudiera colegir su secreto.)

Ahora la interpretación del sueño me pareció completa. (El núcleo del sueño, podía traducirse tal vez con estas palabras: «La tentación es muy fuerte. ¡Querido papá, protégeme como lo hacías cuando yo era niña, para que no moje mi cama!».) Pero al día siguiente Dora me aportó todavía un suplemento.

Había olvidado contar que todas las veces, tras despertar, había sentido olor a humo. El humo armonizaba muy bien con el fuego, pero además señalaba que el sueño tenía una particular relación conmigo, pues cuando ella aseveraba que tras esto o aquello no había nada escondido, solía oponerle: «Donde hay humo, hay fuego». Pero Dora hizo una objeción a esta interpretación exclusivamente personal: el señor K. y su papá eran fumadores apasionados, como también yo lo era, por lo demás. Ella misma fumó en su estadía en el lago, y justo antes de iniciar esa vez su desdichado cortejo, el señor K. le acababa de liar un cigarrillo. Creía recordar también con certeza que el olor a humo no apareció solamente en el -último sueño, sino en aquellos tres seguidos que tuvo en L. Puesto que ella rehusó ulteriores informaciones, quedó a mi cargo el intento de insertar este suplemento en la ensambladura de los pensamientos oníricos. Pudo servirme de asidero que la sensación del humo se agregase a modo de suplemento, o sea, tras haber vencido un particular esfuerzo de la represión. De acuerdo con ello, probablemente pertenecía al pensamiento mejor reprimido y más oscuramente figurado en el sueño: la tentación de mostrarse complaciente con el hombre. Difícilmente significara otra cosa, en ese caso, que la nostalgia de un beso, que dado por un fumador por fuerza sabe a humo; ahora bien, había habido un beso entre ellos unos dos años atrás y con seguridad se habría repetido más de una vez si la muchacha hubiera cedido al galanteo. Los pensamientos de tentación parecen remontarse entonces a la escena anterior y haber despertado el recuerdo del beso frente a cuyo seductor atractivo la chupeteadora se protegió en su momento por medio del asco. Por último, recogiendo los indicios que hacen probable una transferencia sobre mí, porque yo también soy fumador, llego a esta opinión: un día se le ocurrió, probablemente durante la sesión, que desearía ser besada por mí. Esta fue la ocasión que la llevó a repetir el sueño de advertencia y a formarse el designio de abandonar la cura. Así, las cosas se acuerdan muy bien, pero, en virtud de las peculiaridades de la «transferencia», se sustraen a la prueba.

Ahora podría vacilar entre considerar primero el partido que puede sacarse de este sueño para la historia del caso, o la objeción que, basándose en él, puede hacerse a la teoría del sueño. Escojo lo primero.

Vale la pena tratar con detalle la importancia que tiene el mojarse en la cama para la prehistoria de los neuróticos. En aras de la claridad me limito a destacar que el caso de Dora no era en este aspecto el habitual.
(Cf. el segundo de los Tres ensayos (1905d)) Este trastorno no sólo había proseguido más allá de la época admitida como normal, sino que, según su precisa indicación, primero desapareció y volvió a aparecer en época relativamente tardía, después del sexto año de vida. Por lo que sé, la causa más probable de una enuresis de esta clase es la masturbación, que en la etiología de la enuresis desempeña un papel no apreciado todavía suficientemente. Según mi experiencia, esta conexión se hace muy notoria para los niños mismos, y de ahí se siguen todas sus consecuencias psíquicas, como si nunca la hubieran olvidado, Ahora bien, en el momento en que Dora contó el sueño nos encontrábamos en una línea de investigación que llevaba directamente a confesar una masturbación infantil. Poco antes ella había preguntado por qué, exactamente, había enfermado, y antes que yo le respondiese echó la culpa al padre. La justificación para esto no eran unos pensamientos inconcientes, sino un conocimiento conciente. Para mi sorpresa, la muchacha conocía de qué clase había sido la enfermedad del padre. Después que este regresó de mi consultorio, había espiado con las orejas {belauschen} una conversación donde se mencionó el nombre de la enfermedad. Y en años todavía anteriores, en la época del desprendimiento de la retina, un oculista llamado a consulta debe de haber señalado la etiología luética, pues la curiosa y alertada muchacha oyó esa vez decir, a una tía: «Estaba enfermo ya antes de casarse», y agregó algo incomprensible para ella, que más tarde interpretó entre sí como referido a una cosa indecente.

Por tanto, el padre había enfermado por llevar una vida disipada, y ella suponía que le había contagiado la enfermedad por vía hereditaria. Me guardé bien de decirle que yo, según consigné, sostengo también la opinión de que los descendientes de luéticos están particularmente predispuestos a contraer graves neuropsicosis. Esta ilación de pensamiento de acusación al padre proseguía a través de un material inconciente. A lo largo de algunos días se identificó con su madre en pequeños: síntomas y singularidades, lo que le dio oportunidad de descollar por lo insoportable. Me hizo colegir, además, que -estaba pensando en una estadía en Franzensbad que había visitado acompañando a su madre -ya no sé en qué año-. La madre padecía de dolores en el bajo vientre y de un flujo (catarro) que hicieron necesaria una cura de aguas en Franzensbad. Su opinión -también justificada, probablemente- era que esa enfermedad se la debía a su papá, quien había contagiado a su madre su afección venérea. Era bien comprensible que en esta inferencia confundiera, como lo hacen la mayoría de los legos, gonorrea con sífilis y el contagio por comercio carnal con lo hereditario. La persistencia en la identificación [con su madre] me forzó casi a preguntarle si también ella tenía una enfermedad venérea, y entonces me enteré de que estaba aquejada por un catarro (fluor albus) que no podía recordar cuándo empezó.

Comprendí entonces que tras la ilación de pensamiento que acusaba expresamente al padre se escondía, como es habitual, una autoacusación. Le salí al paso asegurándole que el fluor de las jóvenes solteras era a mi juicio indicio preferente de masturbación, y que yo relegaba a un segundo plano todas las otras causas que suelen mencionarse además para ese achaque. (Nota agregada en 1923. Es esta una concepción extrema, que hoy no sustentaría.) Así, ella estaba en vías de responder a su pregunta por las razones de su enfermedad confesando haberse masturbado, probablemente en su infancia. Negó de la manera más terminante poder acordarse de una cosa así; pero días después hizo algo que yo debí considerar como otro acercamiento a la confesión. En efecto, ese día trajo colgando una carterita portamonedas de la forma que se había puesto de moda (cosa que no había hecho antes ni haría después), y jugaba con ella mientras hablaba tendida en el diván: la abría, introducía un dedo, volvía a cerrarla, etc. La miré unos instantes y luego le expliqué qué es una acción sintomática. (Véase mi Psicopatología de la vida cotidiana ( 1901b) [AE, 6, págs. 188 y sigs.]) Llamo así a aquellos manejos que el ser humano realiza, como: suele decirse, de manera automática, inconciente, sin reparar en ellos, como jugando. Preguntado, querrá restarles todo ¡significado y los declarará indiferentes y casuales. Pero una observación más cuidadosa muestra que tales acciones, de las que la conciencia nada sabe o nada quiere saber, expresan pensamientos e impulsos inconcientes. Así, son valiosos e instructivos en cuanto exteriorizaciones permitidas del inconciente. Hay dos modos de conducta conciente hacia las acciones sintomáticas. Si es posible atribuirles una motivación corriente, se toma conocimiento de ellas; si falta un pretexto de esa clase ante lo conciente, por lo general no se repara en que se las ejecuta. En el caso de Dora la motivación era fácil: « ¿Por qué no llevaría una carterita así, que está tan de moda?». Pero una justificación de esa índole no elimina la posibilidad del origen inconciente de la acción respectiva. Por otra parte, ni este origen ni el sentido que se atribuye a la acción pueden demostrarse convincentemente. Hay que limitarse a comprobar que ese sentido armoniza de manera notable con la trama de la situación presente, con la orden del día del inconciente.

En otra oportunidad presentaré una colección de esas acciones sintomáticas, tal como se las puede observar en personas sanas y neuróticas. A menudo las interpretaciones son muy fáciles. La carterita bivalva de Dora no es otra cosa que una figuración de los genitales, y su acción de juguetear con ella abriéndola y metiendo un dedo dentro, una comunicación pantomímica, sin duda desenfadada, pero inconfundible, de lo que querría hacer: la masturbación. Hace poco me sucedió un caso similar, muy divertido. Una dama anciana extrae en mitad de la sesión, supuestamente para refrescarse con un bombón, una pequeña caja de hueso; se esfuerza por abrirla, y después me la alcanza para que me convenza de lo difícil que es hacerlo. Yo manifiesto mi desconfianza: esa caja tiene que significar algo en particular, pues hoy la veo por primera vez, a pesar de que su propietaria me visita desde hace ya más de un año. Y la dama, impaciente: «¡A esta caja la llevo siempre conmigo, dondequiera que vaya!». Sólo se tranquiliza después que le hago notar, riendo, lo bien que sus palabras se adecuan a otro significado. La caja -box, puxiz, como la carterita, como el alhajero, no es sino otro subrogado de la vulva, de los genitales femeninos.

Hay en la vida mucho simbolismo de esta clase, que solemos no advertir. Cuando me propuse la tarea de traer a la luz lo que los hombres esconden, y no mediante la compulsión de la hipnosis, sino a partir de lo que ellos dicen y muestran, lo creí más difícil de lo que realmente es. El que tenga ojos para ver y oídos para oír se convencerá de que los mortales no pueden guardar ningún secreto. Aquel cuyos labios callan, se delata con las puntas de los dedos; el secreto quiere salírsele por todos los poros. Y por eso es muy posible dar cima a la tarea de hacer conciente lo anímico más oculto.

La acción sintomática de Dora con la carterita no fue la precursora inmediata del: Sueño. La sesión que nos aportó el relato de este último se inició con otra acción sintomática. Cuando entré en la sala donde ella esperaba, escondió rápidamente una carta que estaba leyendo. Desde luego, pregunté de quién era, y primero se negó a decírmelo. Después resultó que se trataba de algo en extremo indiferente y sin relación alguna con nuestra cura, Era una carta de la abuela, que la exhortaba a escribirle más a menudo. Creo que sólo quería jugar al «secreto» conmigo, e indicar que ahora se dejaría arrancar su secreto por el médico. Su renuencia frente a cualquier médico nuevo me la explico por la angustia de que, ya sea al examinarla (por el catarro) o al indagarla (por la comunicación de que se mojaba en la cama), pudiera llegar a colegir la razón de su sufrimiento, la masturbación. En lo sucesivo siempre hablaría muy despreciativamente de los médicos a quienes antes, era evidente, había sobrestimado.

Acusaciones al padre, culpable de su enfermedad, con la autoacusación que había detrás; fluor albus; jugueteo con la carterita; enuresis después del sexto año; un secreto que no quería dejarse arrancar por los médicos: considero establecida sin lagunas la prueba indiciaria de la masturbación infantil. En el caso de Dora yo había empezado a sospechar la masturbación cuando me contó acerca de los espasmos estomacales de la prima y después se identificó con esta quejándose todo un día de idénticas sensaciones dolorosas. Sabido es que justamente a los masturbadores les sobrevienen con mucha frecuencia espasmos estomacales. Según una comunicación personal que me ha hecho Wilhelm Fliess, precisamente esas gastralgias son las que pueden interrumpirse mediante la aplicación de cocaína en el «punto gástrico» de la nariz, por él descubierto, y curarse mediante su cauterización. ([Se hallará un comentario sobre esto en la sección I de la «Introducción» de Ernst Kris a la correspondencia de Freud con Fliess (Freud, 1950a)) Dora me corroboró que tenía conciencia de dos cosas: que ella misma había padecido a menudo de espasmos gástricos, y que tenía buenos fundamentos para considerar a su prima una masturbadora. Es muy común en los enfermos individualizar en otro un nexo que una resistencia afectiva les imposibilita conocer en su propia persona. Pero ya no lo desconoció más, aunque todavía no recordaba nada. Consideré también susceptible de uso clínico la datación del mojarse en la cama «hasta poco antes que sobreviniese el asma nerviosa».. Los síntomas histéricos casi nunca se presentan mientras los niños se masturban, sino sólo en la abstinencia; expresan un sustituto de la satisfacción masturbatoria, que seguirá anhelándose en el inconciente hasta el momento en que aparezca una satisfacción más normal de alguna otra clase, si esta todavía es posible. Esta última condición es el punto en que se inserta una eventual curación de la histeria por el matrimonio y el comercio sexual normal. Si la satisfacción en el matrimonio vuelve a interrumpirse, por ejemplo a raíz del coitus interruptus, en la enajenación psíquica, etc., la libido busca otra vez su viejo cauce y se exterioriza en síntomas histéricos.

Me gustaría agregar una información cierta acerca del momento en que la masturbación de Dora se interrumpió, así como del factor particular que produjo ese efecto. Pero el carácter incompleto del análisis me fuerza a presentar aquí un material lagunoso. Sabemos que se mojó en la cama casi hasta el momento en que tuvo su primera disnea. Y bien; lo único que sabía indicar para el esclarecimiento de ese primer estado era que en esa época su papá había salido de viaje por primera vez después de su mejoría. Esta partícula de recuerdo que se había conservado no podía sino apuntar a la etiología de la disnea. Ahora bien, las acciones sintomáticas y otros indicios me proporcionaron buenas razones para suponer que la niña, cuyo dormitorio se encontraba contiguo al de sus padres, espió con las orejas {belauschen} una visita nocturna del padre a su mujer y lo oyó jadear en el coito (de por sí, respiraba habitualmente con dificultad). En tales casos, los niños vislumbran lo sexual en el ruido ominoso {unheimlicb}. Los movimientos expresivos de la excitación sexual ya están preparados en ellos como unos mecanismos innatos.

Hace ya años he puntualizado que la disnea y las palpitaciones de la histeria y de la neurosis de angustia son sólo unos fragmentos desprendidos de la acción del coito. ([En su primer trabajo sobre la neurosis de angustia (1895b), AE, 3, pág. 111. Mucho después dio otra explicación de los concomitantes somáticos de la angustia en Inhibición, síntoma y angustia (1926d), AE, 20, págs. 125 y sigs. ) Y en muchos casos, entre ellos el de Dora, pude reconducir el síntoma de la disnea, del asma nerviosa, al mismo ocasionamiento: el espiar con las orejas el comercio sexual de personas adultas. Bajo la influencia de la coexcitación que le sobrevino esa vez, muy bien pudo producirse el ímpetu subvirtiente en la sexualidad de la pequeña, quien sustituyó la inclinación a masturbarse por la inclinación a la angustia. Tiempo después, estando el padre ausente y añorándolo la niña enamorada, aquella impresión {impronta} se le repitió como ataque de asma. A partir de la ocasión para contraer esta enfermedad, ocasión conservada en el recuerdo, puede colegirse todavía la ilación angustiada de pensamientos que acompañó al ataque. Lo tuvo por primera vez tras haberse fatigado en una excursión a la montaña, durante la cual probablemente sintió en alguna medida una falta de aliento real. A esto se sumó la idea de que el padre tenía prohibido trepar montañas, pues no podía fatigarse a causa de su hipopnea; después, el recuerdo de cuánto se había esforzado por la noche con la mamá (¿no le habría hecho daño?); además, la preocupación de que ella misma se hubiera esforzado en demasía por la masturbación, que igualmente llevaba al orgasmo con algo de disnea, y, por último, el retorno reforzado de esta disnea como síntoma. Una parte de este material pude tomarla del análisis, pero a la otra debí completarla por mí mismo. A raíz de la comprobación de la masturbación pudimos ver ya que el material para un determinado tema sólo se reúne fragmento por fragmento en diferentes épocas y contextos. (De manera enteramente análoga se establece también en otros casos la prueba de la masturbación infantil. El material para ello es casi siempre de naturaleza similar: presencia de fluor albus, enuresis, ceremonial manual. (compulsión a lavarse), etc. Por la sintomatología del caso siempre es posible colegir si el hábito fue descubierto o no por una persona a cargo del cuidado del niño, si se puso fin a esta práctica sexual mediante una lucha para desarraigarla o un repentino ímpetu subvirtiente. En el caso de Dora, no se le descubrió la masturbación, y esta cesó de golpe (secreto, angustia frente a los médicos, sustitución por la disnea). Es verdad que los enfermos cuestionan, por regla general, la fuerza probatoria de estos indicios, y ello aun cuando ha permanecido conciente el recuerdo del catarro o de la advertencia de la madre («Eso vuelve estúpida a la gente; es venenoso»). Pero tiempo después se establece con certeza el recuerdo tan largamente reprimido de este fragmento de la vida sexual infantil, y ello ocurre, por cierto, en todos los casos. Una de mis pacientes sufría de representaciones obsesivas que eran retoños directos de la masturbación infantil. Los rasgos del prohibirse y castigarse, de no permitirse hacer una cosa cuando habla hecho otra, el no-poder-ser-perturbada, la intercalación de pausas entre una manipulación cualquiera y la siguiente, el lavarse las manos, etc., resultaron ser fragmentos, que se habían conservado intactos, del trabajo que se tomó su niñera para quitarle el hábito. La advertencia « ¡A¡! Eso es venenoso» era lo único que había guardado siempre en su memoria. Cf. sobre esto mis Tres ensayos de teoría sexual (1905d) [la sección sobre «Las exteriorizaciones sexuales masturbatorias»)

Ahora se plantean una serie de cuestiones, y de las más importantes, sobre la etiología de la histeria: ¿Es lícito considerar típico el caso Dora en cuanto a la etiología? ¿Representa el único tipo de causación?, etc. Pero creo correcto diferir la respuesta hasta comunicar una serie más vasta de casos analizados de manera parecida. Por lo demás, debería empezar por rectificar el planteo. En lugar de pronunciarme por un «sí» o un «no» cuando se me pregunta si la etiología de este caso patológico ha de buscarse en la masturbación infantil, tendría que elucidar primero el concepto de la etiología de las psiconeurosis. ([En su segundo trabajo sobre la neurosis de angustia (1895f), Freud analizó los distintos usos del término «etiología» en su relación con las neurosis.]) El punto de vista desde el cual podría responder resultaría sustancialmente desplazado respecto de aquel desde el cual se me formula la pregunta. Con relación a nuestro caso, es suficiente que nos convenzamos de que puede pesquisarse una masturbación infantil, y de que ella no es nada contingente ni indiferente para la conformación del cuadro patológico. (El hermano tiene que haber estado conectado de alguna manera con el hábito de la masturbación, pues en este contexto ella me contó, con un énfasis que delataba un «recuerdo encubridor», que su hermano solía contagiarle todas las enfermedades infecciosas; él las tenía leves, pero a ella la afectaban en forma grave. Además, en el sueño también al hermano se lo resguardaba de «perecer»; él se había mojado en la cama, pero dejó de hacerlo antes que su hermana. En cierto sentido era, asimismo, un «recuerdo encubridor» esto otro que ella dijo: hasta su primera enfermedad había andado pareja con su hermano, pero desde entonces se retrasó respecto de él en el aprendizaje. Como si hasta entonces hubiera sido un varón, y sólo entonces se hubiera convertido en una niña. Y en realidad era una criatura salvaje, pero desde el «asma» se volvió tranquila y decente. La contracción de esta enfermedad marcó en ella la frontera entre dos fases de la vida sexual; de ellas, la primera tuvo carácter masculino, y la segunda, femenino)

Vislumbramos una comprensión más amplia de los síntomas de Dora si consideramos el fluor albus confesado por ella. La palabra «catarro» con que aprendió a designar su afección cuando un padecimiento similar forzó a su madre a visitar Franzensbad no es sino otro «cambio de vía» a través del cual toda la serie de pensamientos referidos a la culpa de su papá en la enfermedad encontró abierto el acceso hacia su manifestación en el síntoma de la tos. Esta tos, sin duda surgida originariamente de un ínfimo catarro real, era además una imitación de su padre, aquejado de una afección pulmonar, y pudo expresar su compasión y su cuidado por él. Pero también proclamaba al mundo, por así decir, algo que quizás a ella todavía no le había devenido conciente: «Soy la hija de papá. Tengo un catarro como él. El me ha enfermado, como enfermó a mi mamá. De él tengo las malas pasiones que se expían por la enfermedad». (Idéntico papel desempeñó esta palabra [catarro] en la muchacha de. catorce años cuyo historial clínico resumí en pocas líneas. Yo había instalado a la niña en una pensión, en compañía de una inteligente dama, que la cuidaba como un servicio hacia mí. La dama me informó que la pequeña paciente no toleraba que ella estuviera presente en el momento en que se acostaba, y que una vez en cama tosía llamativamente, cosa que en todo el día no se le oía hacer. Cuando se le inquirió acerca de este síntoma, a la pequeña sólo se le ocurrió que su abuela tosía de ese modo, y se decía que tenía un catarro. Era claro, entonces, que también ella tenía un catarro, y no quería ser notada a raíz de la limpieza que se hacía al anochecer. Este catarro, que por medio de la palabra había sido desplazado de abajo hacia arriba, mostraba incluso una intensidad no habitual.)

Ahora podemos intentar reunir las diversas determinaciones (determinismos} que hemos hallado para los ataques de tos y de afonía. Debajo de todo en la estratificación cabe suponer un estímulo de tos real, orgánicamente condicionado, vale decir, el grano de arena en torno del cual el molusco forma la perla. Este estímulo es susceptible de fijación porque afecta a una región del cuerpo que conservó en alto grado en la muchacha la significación de una zona erógena. Por tanto, es apto para dar expresión a la libido excitada. Quedó fijado por lo que probablemente fue el primer revestimiento {Umkleidung} psíquico -la imitación compasiva del padre enfermo- y, después, por los autorreproches a raíz del «catarro». Este mismo grupo de síntomas se muestra además susceptible de figurar las relaciones con el señor K., de lamentar su ausencia y expresar el deseo de ser para él una mejor esposa. Después que una parte de la libido se volcó de nuevo al padre, el síntoma cobra el que quizás es su último significado: la figuración del comercio sexual con el padre en la identificación con la señora K. Quiero consignar, empero, que esta serie en manera alguna es completa. El carácter incompleto del análisis no permite, desdichadamente, seguir la cronología de los cambios de vía del significado, ni aclarar la sucesión y la coexistencia de diversos significados. Sólo es lícito plantear tales exigencias a un análisis completo.

No puedo dejar de ahondar en ulteriores nexos entre el catarro genital y los síntomas histéricos de Dora. En tiempos en que se estaba todavía lejos de alcanzar un esclarecimiento psíquico de la histeria, escuché de labios de colegas mayores, más experimentados, la aseveración de que en el caso de las pacientes histéricas con fluor un empeoramiento del catarro tenía por consecuencia regularmente una agudización de los achaques histéricos, en particular la desgana para comer y los vómitos. Nadie tenía en claro los nexos, pero yo creo que se tendía a adherir a la opinión de los ginecólogos, quienes, como es sabido, suponen una muy vasta y directa influencia, orgánicamente perturbadora, de las afecciones genitales sobre las funciones nerviosas; no obstante. el examen terapéutico que corre por nuestra cuenta es casi siempre infructuoso. Dado el estado actual de nuestros conocimientos, tampoco es posible excluir esa influencia directa y orgánica. Pero en todos los casos su revestimiento psíquico es más fácil de pesquisar. En nuestras mujeres, el orgullo por la conformación de sus genitales es una parte muy especial de su vanidad; y las afecciones de estos, consideradas capaces de inspirar repugnancia o aun asco, operan increíblemente a modo de afrentas: disminuyen el sentimiento de sí, provocan un estado de irritabilidad, susceptibilidad y desconfianza. Se considera que la secreción anormal de la mucosa de la vagina provoca asco.

Recordemos que a Dora, tras el beso del señor K., le sobrevino una viva sensación de asco, y que hallamos razones para completar el relato que nos hizo de esta escena conjeturando que en el abrazo sintió la presión del miembro erecto contra su vientre. Averiguamos, además, que la misma gobernanta a quien ella hizo echar a causa de su infidelidad le había dicho, basándose en su propia experiencia, que todos los hombres eran frívolos e inconstantes. Para Dora esto debió de significar que todos los hombres eran como su papá. Ahora bien, ella consideraba que su padre sufría una enfermedad venérea, y creía que se la había contagiado a ella y a su madre. Pudo imaginarse entonces que todos los hombres sufrían de enfermedades venéreas, y el concepto que sobre estas se había formado derivaba, desde luego, de su propia experiencia personal. Por tanto, padecer esa enfermedad significaba para ella estar aquejada por un asqueroso flujo. ¿No habrá sido esto otra motivación del asco que sintió en el momento del abrazo? Este asco, trasferido al contacto con el hombre, sería entonces un asco referido en última instancia a su propio fluor y proyectado según el mencionado mecanismo primitivo.

Conjeturo que están en juego aquí unas ilaciones inconcientes de pensamiento urdidas sobre una trama orgánica prefigurada, como lo está la guirnalda sobre el armazón de alambre, de manera que en otro caso podemos hallar intercalada otra vía de pensamientos entre los mismos puntos de partida y de llegada. Pero el conocimiento de las conexiones de pensamiento que han adquirido eficacia en el individuo es de valor insustituible para la solución de los síntomas. El hecho de que en el caso de Dora tengamos que valernos de conjeturas y completamientos se debe únicamente a la prematura interrupción del análisis. Lo que yo presento para llenar las lagunas se apuntala por entero en otros casos, analizados a fondo.

El sueño mediante cuyo análisis obtuvimos las anteriores informaciones corresponde, según vimos, a un designio que Dora retomó durmiendo. Por eso se repitió todas las noches hasta que el designio fue cumplido, y reapareció años más tarde al presentarse una ocasión para que ella formara un designio análogo. El designio podría formularse concientemente del siguiente modo: «Alejarme de esta casa en la cual, según he visto, mi virginidad corre peligro; partiré con papá y por la mañana, al hacerme la toilette, tomaré mis precauciones para no ser sorprendida». Estos pensamientos hallan nítida expresión en el sueño; pertenecen a una corriente que en la vida de vigilia alcanzó la conciencia y se volvió dominante. Tras ellos puede colegirse un itinerario de pensamientos de subrogación más oscura que corresponde a la corriente contraria y por eso cayó bajo la sofocación. Culmina en la tentación de entregarse al hombre en agradecimiento por el amor y la ternura que él le había demostrado en los últimos años, y convoca quizás el recuerdo del único beso que hasta entonces había recibido de él. Ahora bien, de acuerdo con la teoría desarrollada en mi libro La interpretación de los sueños, estos elementos no bastan para formar un sueño. Un sueño no es un designio que se figure como ejecutado, sino un deseo que se figura como cumplido, y en lo posible, además, un deseo que proviene de la vida infantil. Tenemos la obligación de examinar si esta tesis no es contradicha por nuestro sueño.

El sueño contiene, de hecho, un material infantil que no guarda relación alguna, discernible a primera vista, con el designio de escapar tanto de la casa del señor K. como de la tentación que emana de él. ¿A raíz de qué emerge el recuerdo de cuando se mojaba de niña en la cama y del trabajo que entonces se tomaba el padre para habituarla a la limpieza? Puede responderse: sólo con ayuda de este itinerario de pensamientos era posible sofocar los intensos pensamientos de tentación y hacer que prevaleciera el designio formado contra ellos. La niña se resuelve a huir con su padre; en realidad, huye a refugiarse en su padre por angustia frente al hombre que la asedia; convoca una inclinación infantil hacia el padre destinada a protegerla de su inclinación reciente hacia el extraño. Del peligro presente, el padre mismo es culpable, pues llevado por sus propios intereses amorosos la ha ofrecido al extraño. Cuánto más lindo sería que ese mismo padre no quisiera a nadie más que a ella, y se empeñara en salvarla de los peligros que en esa época la amenazaban. El deseo infantil, hoy inconciente, de poner al padre en el lugar del extraño es un poder-ser {PotenzJ formador de sueños, Si existió una situación parecida a una del presente, aunque diversa de ella por esta subrogación de personas, pasará a ser la situación principal del sueño. Y esa situación existe; justamente como la víspera lo estuvo el señor K., una vez su padre estaba frente a su cama y la despertó tal vez con un beso, como quizás el señor K. se proponía hacerlo. El designio de huir de la casa no es, pues, en sí y por sí soñable; se convierte en tal asociado con otro designio que se apoya en un deseo infantil. El deseo de sustituir al señor K. por el padre presta la fuerza impulsora {pulsional} para el sueño. Recuerdo aquí la interpretación a que me obligó el itinerario de pensamientos reforzado, referido a la relación del padre con la señora K.: se había despertado, evocado, una inclinación infantil hacia el padre a fin de poder mantener en la represión {esfuerzo de desalojo} el amor reprimido hacia el señor K. Este ímpetu subvirtiente en la vida anímica de Dora es el que el sueño refleja.

Acerca de la relación entre los pensamientos de vigilia que se prosiguen mientras se duerme -los restos diurnos- y el deseo inconciente formador del sueño, he consignado en La interpretación de los sueños algunas observaciones que cito aquí inmodificadas, pues nada tengo que agregarles, y el análisis de este sueño de Dora vuelve a probar que las cosas no son de otro modo:

«Concedo que existe toda una clase de sueños cuya incitación proviene de manera predominante, y. hasta exclusiva, de los restos de la vida diurna, y opino que aun mi deseo de llegar a ser por fin professor extraordinarius habría podido dejarme dormir en paz aquella noche si el cuidado por la salud de mí amigo no se hubiera conservado activo desde el día. Pero ese cuidado no habría producido ningún sueño; la fuerza impulsora que le hacia falta a este tenía que ser aportada por un deseo; incumbía a la preocupación el procurarse tal deseo como fuerza impulsora. Para decirlo con un símil: Es muy posible que un pensamiento onírico desempeñe para el sueño el papel del empresario; pero el empresario que, como suele decirse, tiene la idea y el empuje para ponerla en práctica, nada puede hacer sin capital; necesita de un capitalista que le costee el gasto, y este capitalista, que aporta el gasto psíquico para el sueño, es en todos los casos e inevitablemente, cualquiera que sea el pensamiento diurno, un deseo que procede del inconciente».

Quien haya aprendido a conocer la fina estructura de esos productos que son los sueños no se sorprenderá si halla que el deseo de que el padre sustituyera al hombre tentador no trajo el recuerdo de un material infantil cualquiera, sino justamente de aquel que mantiene también las relaciones más íntimas con la sofocación de esta tentación. En efecto, si Dora se siente incapaz de ceder al amor por ese hombre, si llega a reprimirlo en vez de entregársele, con ningún otro factor se entrama esta decisión de manera más íntima que con su prematuro goce sexual y sus consecuencias, el mojarse en la cama, el catarro y el asco. Una prehistoria así puede, según cuál sea la sumatoria de las condiciones constitucionales, ser el fundamento de dos tipos de conducta hacia el reclamo de amor en la edad madura: o bien la plena entrega a la sexualidad, sin resistencia alguna y lindante con lo perverso, o bien, por reacción, su desautorización y la contracción de una neurosis. La constitución de nuestra paciente y el nivel de su educación intelectual y moral habían dado el envión para esto último.

Quiero señalar todavía, en particular, que a partir del análisis de este sueño hemos tenido acceso a detalles de las vivencias de eficacia patógena que de otro modo no habrían sido asequibles al recuerdo, o al menos a la reproducción. Según se vio, el recuerdo de la mojadura en la cama durante la niñez ya había sido reprimido. En cuanto a los detalles del asedio por parte del señor K., Dora nunca los había mencionado, no se le habían ocurrido.

Haré algunas observaciones más sobre la síntesis de este sueño. (En las ediciones anteriores a 1924 lo que resta de esta sección apareció como una nota al pie. Sobre el tema de las «síntesis» de los sueños, cf. La interpretación de los sueños (1900a), AE, 4, pág. 316) El trabajo del sueño comienza la siesta del segundo día tras la escena en el bosque, después que notó que ya no podía cerrar más con llave su habitación. Entonces se dijo: «Aquí corro serio peligro», y se formó el designio de no permanecer sola en la casa, de partir con su papá. Este designio devino susceptible de formar un sueño porque pudo continuarse en el inconciente. Ahí tuvo su correspondiente: convocó al amor infantil por el padre como protección contra la tentación actual. La vuelta {revolución} que así se consuma en ella se fija y la lleva hasta la postura subrogada por su ilación hipervalente de pensamiento (celos por la señora K. a causa del padre, como si estuviera enamorada de él), Luchan en ella la tentación de ceder al hombre que la corteja y la renuencia compuesta a hacerlo. Esta última está compuesta por motivos de decoro y prudencia, por mociones hostiles como resultado de la revelación de la gobernanta (celos, orgullo herido) y por un elemento neurótico, la repugnancia sexual a que estaba predispuesta y que tenía raíces en su historia infantil. El amor hacia el padre, llamado para protegerla de la tentación, proviene de esa historia infantil.

El sueño muda el designio de refugiarse en el padre, ahincado en el inconciente, en una situación que muestra cumplido el deseo de que el padre la salve del peligro. Para ello es preciso hacer a un lado un pensamiento que estorba, pues es el padre quien la ha expuesto a ese peligro. De la moción hostil hacia el padre (inclinación a la venganza), aquí sofocada, tomaremos conocimiento como uno de los motores del segundo sueño.

De acuerdo con las condiciones en que se forman los sueños, la situación fantaseada se escoge de suerte que repita una situación infantil. Es un triunfo singular que se logre mudar una situación reciente, justamente la que ocasionó el sueño, en una situación infantil. En nuestro caso, ello se consigue gracias a una pura contingencia del material. Tal como el señor K. apareció ante su sofá y la despertó, a menudo solía hacerlo su padre en la niñez. Toda la vuelta puede simbolizarse certeramente sustituyendo en esa situación al señor K. por el padre. Pero el padre, en aquel tiempo, la despertaba para que ella no se mojase en la cama. Este «mojar» pasa a ser determinante respecto del resto del contenido onírico, en el cual, empero, sólo está subrogado por una alusión distante, y por su opuesto.

El opuesto de «mojadura», de «agua», fácilmente puede ser «fuego», «quemar». La contingencia de que el padre, al llegar a aquel lugar, expresara angustia frente al peligro de fuego contribuye a decidir que el peligro del cual el padre la salva sea un incendio. En esta contingencia y en el opuesto a «mojadura» se apoya la situación escogida de la imagen onírica: Hay un incendio, el padre está frente a su cama para despertarla. La proferencia casual del padre no habría conquistado esta importancia en el contenido del sueño si no armonizara tan excelentemente con la corriente afectiva que triunfó, la que a toda costa se empeña en que aquel sea el auxiliador y el salvador. ¡El vislumbró el peligro no bien llegó, y tenía razón! (En realidad, había expuesto a la muchacha a ese peligro.)

En los pensamientos oníricos, la «mojadura» recibe, por vinculaciones fácilmente discernibles, el papel de un punto nodal para varios círculos de representaciones. «Mojadura» no pertenece sólo al mojarse en la cama, sino al círculo de los pensamientos de tentación sexual que, sofocados, están presentes tras este contenido onírico. Ella sabe que hay también un mojarse a raíz del comercio sexual, que en el coito el hombre regala a la mujer algo líquido en forma de gotas. Ella sabe que el peligro reside justamente en eso, que es asunto de ella precaverse de que los genitales le sean mojados.

Con «mojadura» y «gotas» se abre al mismo tiempo el otro círculo asociativo, el del asqueroso catarro, que en sus años más maduros tiene sin duda el mismo significado vergonzoso que el mojarse en la cama en la niñez. «Mojado» tiene aquí el mismo significado que «ensuciado». Los genitales, que deben mantenerse limpios, ya han sido ensuciados por el catarro; por lo demás, lo mismo le ocurrió a su mamá. Parece comprender que la manía de limpieza de su mamá es la reacción contra este ensuciamiento.

Ambos círculos coinciden en uno: La mamá ha recibido las dos cosas del papá, la mojadura sexual y el fluor, que ensucia. Los celos hacia la mamá son inseparables del círculo de pensamientos del amor hacia el padre, llamado aquí como protector. Pero este material no es todavía susceptible de figuración. Ahora bien, si se halla un recuerdo que mantenga con los dos círculos de la «mojadura» una relación parecidamente buena, pero evite lo chocante, ese será el que podrá tomar sobre sí la subrogación en el contenido del sueño.

Tal recuerdo se encuentra en el episodio de las «gotas», que la mamá deseaba como alhaja. En apariencia, el enlace de esta reminiscencia con los dos círculos, el de la mojadura sexual y el del ensuciamiento, es exterior, superficial, mediado por las palabras, pues «gotas» se usa como «cambio de vía», como palabra de doble sentido, y «alhaja» en lugar de «limpio» es un opuesto algo forzado a «ensuciado». ([La palabra alemana «Schmuck»tiene un sentido mucho más amplio que «alhaja», aunque es en esta acepción que aparece en el compuesto «Schmuckkästchen», «alhajero». Usada como sustantivo, «Scbmuck»designa las «galas» o «adornos» de toda índole, no sólo los personales, sino también los objetos que integran la decoración de un ambiente. Como adjetivo, puede significar «bonito», «aseado», «elegante», «bien vestido».]) En realidad, pueden pesquisarse los más sólidos enlaces en cuanto al contenido. El recuerdo proviene del material de los celos hacia la mamá, celos de raíz infantil, pero proseguidos hasta mucho después. A través de ambos puentes verbales, todo el significado que adhiere a las representaciones del comercio sexual entre los padres, de la contracción del fluor y de la martirizadora manía de limpieza de la mamá puede ser trasferido a una única reminiscencia, la de las «gotas-alhaja».

No obstante, hace falta todavía otro desplazamiento para que todo ello pueda entrar en el contenido del sueño. En este no se recogió «gotas», más cercano al originario «mojadura», sino «alhaja», más alejado. Por tanto, al insertarse este elemento en la situación onírica ya fijada antes, pudo decirse: «Mamá quiere todavía salvar sus alhajas». Ahora bien, en la nueva modificación, «alhajero» (Schmuckkästchen}, se hace valer la influencia de elementos que provienen del círculo subyacente de la tentación por el señor K. Este no le ha obsequiado alhajas {Schmuck}, pero sí una cajita {Kästchen} para ellas: el subrogado de todas las distinciones y ternezas a cambio de las cuales ella debería ahora mostrarse agradecida. Y el compuesto «alhajero» que ahora se engendra tiene todavía un particular valor subrogador. ¿No es «alhajero» una imagen usual para los genitales femeninos intactos e impolutos? ¿Y no es, por otra parte, una palabra inocente, y entonces apropiadísima para ocultar los pensamientos sexuales que hay tras el sueño y para aludir al mismo tiempo a ellos?

Así, en el contenido del sueño se dice en dos lugares: «alhajero de la mamá», y este elemento sustituye a la mención de los celos infantiles, de las gotas; por lo tanto, de la mojadura sexual, del ensuciamiento por el fluor y, por otra parte, de los pensamientos de tentación actuales y contemporáneos que presionan a retribuir el amor contrario {Gegenlíebe} y pintan la situación sexual inminente -anhelada y amenazadora-. El elemento «alhajero» es, como ningún otro, un resultado de la condensación y el desplazamiento y un compromiso entre corrientes opuestas. Su múltiple origen -en fuentes tanto infantiles como actuales- es atestiguado por su doble aparición en el contenido del sueño.

El sueño es la reacción frente a una vivencia fresca, de efecto excitador, que necesariamente despierta el recuerdo de la única vivencia análoga que ella tuvo años antes. Fue la escena del beso en la tienda, a raíz del cual surgió el asco. Ahora bien, puede llegarse a esta escena asociativamente desde otras direcciones: desde el círculo de pensamientos del catarro y desde el de la tentación actual. Por tanto, hace una contribución propia al contenido del sueño, la que tiene que adaptarse a la situación preformada. Hay un incendio... el beso supo a humo {tabaco} y por eso en el contenido del sueño se huele a humo, y se lo sigue oliendo tras el despertar.

Desdichadamente, por inadvertencia dejé una laguna en el análisis de este sueño. Se atribuye al padre este dicho: «No quiero que mis dos hijos, etc. (partiendo de los pensamientos oníricos hay que agregar aquí, sin duda: a consecuencia de la masturbación) perezcan». Por regla general, tales dichos oníricos están compuestos por fragmentos de dichos reales, pronunciados u oídos. (Cf. La interprelación de los sueños (1900a), AE, 5, págs. 419 y sigs,) Yo habría debido inquirir por el origen real de este dicho. El resultado de esta averiguación habría complicado más el edificio del sueño pero también habría permitido conocerlo con mayor transparencia.

¿Debe suponerse que este sueño tuvo en L. exactamente el mismo contenido que en su repetición durante la cura? No parece necesario. La experiencia enseña que los seres humanos suelen afirmar que ya han tenido el mismo sueño, mientras que en verdad las manifestaciones singulares del sueño recurrente se diferencian por numerosos detalles y otras importantes variaciones. Así, una de mis pacientes me informa que hoy ha tenido de nuevo, y de igual manera, su sueño preferido recurrente: nadaba en el mar azul, hendía gozosa las olas, cte. Después se vio, en un estudio más atento, que sobre la base común se agregaba ora tal detalle, ora tal otro; en una ocasión nadaba en el mar congelado en medio de unos témpanos. Otros sueños que ella no procuraba presentar como idénticos resultaron íntimamente enlazados con el recurrente. Por ejemplo, ve en una fotografía de tamaño natural al mismo tiempo la parte superior y la inferior de la isla de Helgoland; en el mar, un barco dónde se encuentran dos personas a quienes conoció en su juventud, etc.

Es seguro que el sueño de Dora sobrevenido durante la cura cobró un nuevo significado actual -quizá sin modificar su contenido manifiesto- Entre sus pensamientos oníricos incluyó una referencia a mi tratamiento; correspondía a una renovación del designio de entonces, el de escapar a un peligro. Si su recuerdo de que ya en L. había percibido el humo tras el despertar no era un espejismo, se admitirá que mi proverbio «Donde hay humo, hay fuego» fue introducido muy diestramente en la forma acabada del sueño, donde parece usado para sobredeterminar el último elemento. Fue innegablemente una casualidad el hecho de que su última ocasión actual, el cierre del comedor por parte de la madre, a raíz de lo cual el hermano quedaba encerrado en su dormitorio, le aportara un anudamiento con el asedio del señor K. en L., donde maduró aquella decisión cuando no pudo ya encerrarse con llave en el dormitorio. Quizás el hermano no apareciera en los sueños de entonces, de manera que el dicho «mis dos hijos» llegó al contenido del sueño sólo tras la última ocasión.


Palabras preliminares. (1º Parte)

El cuadro clínico. (2º Parte)

El Segundo sueño y el Epílogo. Se publicará el día 25/5/08 (4º Parte)